Un verano con la comedia americana (III): Dúos

wheeler y woolsey

1: Dos zoquetes de mucho cuidado

Fogueados en el vaudeville, Bert Wheeler y Robert Woolsey consiguieron un gran éxito en 1927, de la mano de Florenz Ziegfeld, con el show titulado Rio Rita, que dos años después interpretarían en la pantalla bajo la dirección de Luther Reed. RKO, la compañía que acogió el evento, halló en la pareja una pequeña mina de oro. Hasta 1938, año del fallecimiento de Woolsey, interpretaron juntos alrededor de cuarenta películas. Su humor bebía del disparate y la excentricidad, del slapstick y de la verborrea, juegos de palabras y frases idiotas de Woolsey, que venía a ser un híbrido de Groucho Marx (nunca se despegaba de su puro y pulverizaba/ridiculizaba/humillaba a las damas con sus improperios, incluso a la mismísima Margaret Dumont, el objeto predilecto de los dardos de Groucho, en Dos y medio, 1934) y Harold Lloyd, de quien copió no pocos gestos y las mismas gafas redondas con montura de carey. Wheeler ostentaba un físico más corriente, era si cabe más estúpido que su compañero (que llevaba, como Oliver Hardy con respecto a Stan Laurel, la voz cantante y las riendas en cada enredo) y acostumbraba a travestirse para sortear momentos conflictivos: en The Cuckoos (1930) reduce a una legión de gitanos furiosos con sus encantos. Una actriz joven y atractiva, Dorothy Lee, fue ya desde Rio Rita una presencia habitual en sus enloquecidas comedias, todas ellas, como la de los Marx, cortocircuitadas por (plúmbeos) números musicales. De la popularidad de Wheeler & Woolsey en aquel tiempo da fe su caricaturizada comparecencia, junto a iconos del jaez de Greta Garbo, Chaplin, Clark Gable, Laurel & Hardy, los Marx, Drácula y el monstruo de Frankenstein, entre otros, en el cartoon de Walt Disney Mickey’s Gala Premier (1933).

El universo demente de este par de zoquetes luce en todo su esplendor en Hips Hips Hooray (aquí, Amor y alegría, 1934). Por ejemplo, en ese coche multiusos que les sirve para dormir, vestirse, preparar el desayuno con la ayuda del motor y el huevo de una gallina guardada bajo el asiento delantero, etc. O en la delirante partida de billar que ambos disputan con los dos detectives que andan tras ellos. De la labia de Woolsey da buena cuenta el dictado a su secretaria de una carta al presidente de la nación, donde sólo bastan tres palabras (“Mi querido presidente”) para generar un frondoso galimatías. La película concluye con una monumental carrera de coches en el más puro estilo Sennett elevado al cubo.

 2: George & Gracie

La caracterización de Robert Woolsey (gafas de lentes circulares, habano en la boca, peinado con superávit de brillantina, palabrería propensa al retruécano) puede recordar a la de otro cómico de la época, el egregio George Burns, el noveno de los doce hijos de una familia del Lower East Side neoyorquino que entró en el show business a la edad de siete años, como cantante de una orquesta. Su fama fue compartida: formó pareja (en los escenarios, en la radio, en la gran pantalla, en la pequeña y en la vida real) con Gracie Allen, también en el mundo del vaudeville desde que era una chiquilla. En cine protagonizaron algunos cortos a principios del sonoro y aparecieron, como secundarios, en comedias musicales como Lluvia de estrellas (1935), The Big Broadcast of 1937 (1936) o Señorita en desgracia(1937), película donde su humor absurdo se desplegaba en frases como éstas: Burns, el jefe, amonesta a Allen y le advierte que “de lo contrario, tendré que buscarme otra secretaria”, a lo que ella responde “¿Y para qué quiere dos secretarias?”. Burns, que, fallecido en 1996, llegó a cumplir los cien años fumando todavía diez puros al día, tuvo un memorable comeback cinematográfico, tras 35 años de ausencia, en 1975 al protagonizar, junto a Walter Matthau, La pareja chiflada, por cuyo papel (que le venía como anillo al dedo: una vieja leyenda del music hall) obtuvo el Oscar al mejor actor secundario.

 

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