Un verano con la comedia americana (II): “El maquinista de la General”

el maquinista de la general

El maquinista de la General se inspira en el libro The Great Locomotive Chase, de William Pittinger, que cuenta un episodio de la guerra civil americana: en abril de 1862, un grupo de soldados de la Unión (Pittinger uno de ellos) intentó apoderarse de una locomotora de los confederados, la General. Clyde Bruckman le dio a conocer ese texto a Buster Keaton, que vio en él una potente historia para releer la guerra de Secesión en clave cómica. Keaton se hallaba en un momento óptimo de su carrera y, alentado por el proyecto, Joseph M. Schenck le dio carta blanca y todos los medios a su disposición: 350.000 dólares de presupuesto, 18 semanas de rodaje e infinidad de extras para las escenas de masas. El cineasta fue madurando una obra extremadamente realista. La auténtica General estaba en un museo de Chattanooga, Tennessee, uno de los escenarios de la acción, y no pudo disponerse de ella, pero Keaton consiguió una réplica exacta, además de otras dos locomotoras de la época, y aprendió a manejarlas. Rechazó, en aras de la verosimilitud, su manipulación mecánica y exigió que funcionara con leña, carbón y agua. No pudo, sin embargo, rodar en los paisajes auténticos por un problema de ancho de vía y tuvo que hacerlo en los bosques de Oregón, donde la vía estrecha sí permitía la circulación de los viejos trenes. Y se permitió el lujo, en la escena del puente en llamas, de arrojar al vacío una auténtica locomotora, se dice que en la toma más cara de todo el cine mudo.

El resultado fue una obra irrepetible (la preferida del propio Keaton con El navegante, 1924), que combinaba en un todo cohesionado cine bélico, acción y aventura, romance y humor en una estructura presidida por la simetría. En el minuto quince de proyección,al protagonista le roban la General, donde por un azar viaja (secuestrada) su novia. A partir de ese momento, se lanza a un desesperado rescate con otra locomotora, persiguiendo al ejército nordista en un aluvión incesante de incidencias. Pues bien, una vez recuperadas locomotora y chica, se reemprende la acción en sentido exactamente contrario, repitiéndose acción e incidencias, ahora perseguidos los héroes por el enemigo. La excelsitud de los gags es impresionante: baste analizar detenidamente el del cañón que arrastra en una vagoneta la primera locomotora, su disposición visual y sus microgags, para concluir que es imposible alcanzar un más alto nivel de maestría. En esa hora de acción sin tregua, el cuerpo de Keaton es movimiento perpetuo: recorre mil veces, y a la velocidad del relámpago, todos los rincones de la máquina o los vagones, se apea otras mil con la locomotora detenida o en marcha para recoger leña o cambiar las agujas, se precipita por un barranco y vuelve a subir por él, cae accidentalmente al río…

Esta compulsiva agitación corporal forma parte del carácter perfectamente dibujado de Johnnie Gray, el personaje encarnado por Keaton. Gray será héroe de guerra malgré lui, porque está claro que el conflicto armado no va con él. Cuando la guerra estalla y el padre y el hermano de Annabelle salen escopeteados a alistarse, él permanece inmóvil en el sofá de cortejar a la novia, y sólo cuando ésta le recrimine su postura levantará el culo del asiento para intentar enrolarse. Y es que a Gray lo único que le importa en la vida son sus dos amores (la General y Annabelle, presumiblemente en este mismo orden); por ellos, y sólo por ellos, enfilará el sendero de la épica, aunque siempre encerrado en la invisible campana de cristal que es su mundo, como demuestra la soberbia escena en que, subido al ténder de la General recogiendo leña, ni se entera de que el ejército nordista avanza en masa por un lado de la vía y, por el otro, el ejército confederado.

En su día, la crítica reprochó a Keaton que hubiera adoptado el punto de vista sureño del relato de Pittinger, olvidando que una de las grandes cintas de la historia, El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915), era sudista con todas las de la ley. Que el arte no tiene que ir del brazo de las idelogías y que la perspectiva sureña tiene un grato sabor romántico-decadente volvería a demostrarlo tiempo después otra titánica superproducción como Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939). De restituir el enfoque nordista del libro ya se encargaría la factoría Disney en 1956 al dar a luz Héroes de hierro (Francis D. Lyon), film de aventuras de hermosos paisajes y minúscula entidad.

 

 

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