Un verano con la comedia americana (I): Los De Mille

cecil b. de mille

El pasado verano, este blog celebró los cien años de la primera aparición de Charlot en la pantalla con siete artículos conmemorativos de otros tantos largometrajes de Charles Chaplin. Este verano repetimos la experiencia y seguimos en la comedia americana clásica, una de las muchas razones por las que merece la pena haber venido a este mundo. La fiesta empieza con los hermanos De Mille. Felices chapuzones.

1: La isla democrática

Cecil B. De Mille, el emperador del colossal, realizó dos versiones de Los diez mandamientos (1923 y 1956) y un puñado de píos epics religiosos, leía cada noche unas páginas de la Biblia antes de dormir y estuvo casado durante 56 años con Constance Adams. Su conservadurismo ultracatólico, sin embargo, se vio dañado por su nada disimulada tendencia al adulterio. Una de sus más conocidas amantes, Jeanie Macpherson, fue también su guionista habitual a lo largo de tres lustros, entre mediados de los años diez y principios del sonoro. Una etapa muy fecunda consagrada a comedias más o menos frívolas y desaforadas, varias de ellas protagonizadas por Gloria Swanson, indiscutida diosa del cine silente, que tras sus inicios a la vera de Mack Sennett, encontró la horma de su zapato artístico bajo la férula de De Mille.

Adaptación de El admirable Crichton, la obra de J. M. Barrie escrita en 1902, Macho y hembra (1919) es uno de los títulos más representativos del tándem De Mille & Swanson, una sátira de amos y criados que anticipa, en su mezcla de comedia costumbrista y melodrama, logros mayores del séptimo arte (La regla del juego, de Jean Renoir, 1939) o la televisión (la serie británica Arriba y abajo, 1970-1975) e invierte los roles sociales cuando la fauna protagonista (una familia aristocrática y sus sirvientes, de crucero por las aguas del Pacífico) recala en una isla desierta donde lo que importa para mandar, para ser líder, no es el dinero, sino la astucia de superviviente nato que caracteriza al mayordomo Crichton. Dotada de un finísimo sentido de la observación de conductas y un dinamismo en el interior del plano que contrasta con la gestualidad un tanto estatuaria de los filmes hablados y en Technicolor de De Mille, Macho y hembra incluye de manera más bien arbitraria una secuencia babilónica en la que Crichton y Lady Lasenby (Swanson) ejercen de rey y esclava y ésta acaba dando con sus huesos en la fosa de los leones. Esa escena la interpretó, arriesgando el pellejo, la propia Swanson, tumbada en el suelo boca abajo con las garras de la fiera sobre su desnuda espalda y antes de saber (se lo confesaron después de la toma) que ese felino, meses antes, había despedazado a una persona.

2: ¿El hermano más listo de Cecil?

A diferencia de Cecil B. De Mille, que ha pasado a la historia como un titán del gran espectáculo, su hermano mayor, William Churchill De Mille, permanece sepultado en el olvido. Injustamente, pues no escasean los historiadores que consideran el cine de William mejor y más inspirado que el de Cecil. William De Mille llegó a Hollywood tras cosechar alto prestigio como comediógrafo en Broadway, y realizó alrededor de cincuenta películas, casi todas desaparecidas en la actualidad. Las que se conservan, pertinentemente restauradas, dan fe de un talento mayor para la comedia de costumbres, así como de un refinamiento e inventiva en la composición de la imagen y una dirección de actores flexible, briosa, muy suelta: Midsummer Madness (1920), Conrad in Quest of His Youth (1920), saludada por la revista Variety como la mejor película jamás realizada, o la no menos afortunada Miss Lulu Bett (1921), en la que el realizador calza un ácido discurso sobre las buenas y las malas reputaciones casi sin salir de la cocina y el comedor de una estirada familia pequeñoburguesa. Según José Luis Guarner, “mientras Cecil B. fue el último victoriano, William C. aparece como el primer moderno, el cineasta que hizo películas modernas antes que Stroheim, Chaplin, Lubitsch, Lang y Murnau”. En cualquier caso, las comedias de uno y otro constituyen infalibles termómetros para tomar la temperatura, moral y psicológica, de la sociedad de su tiempo.

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