¡Marchando unas birras!

vale

A las puertas del verano de 1985, José Luis Guarner, Joan Mateu, Àlex Gorina y un servidor esperábamos babeando una cinta de vídeo que había salido de Roma con destino Barcelona. Era el año en que la Setmana de Cinema dedicaba un homenaje a Federico Fellini, con una exposición espléndida, la publicación del libro de Jordi Grau Fellini desde Barcelona y, acontecimiento irrepetible, la visita del homenajeado y Giulietta Masina. El contenido del VHS de marras era el spot publicitario que el creador de Amarcord (1973) había realizado para la marca Campari. Incluso se había organizado un cóctel, patrocinado por la propia Campari, para presentarlo públicamente a prensa e invitados del certamen. Por fin llegó la cinta, la pusimos en el magnetoscopio del despacho de Guarner (o quizás el de Mateu, poco importa), nos sentamos y alguien de nosotros le dio al play. El anuncio duraba un minuto, era de veras majo y ciento por ciento felliniano. En el compartimento de un tren, una jovencita rubia se aburre cambiando de paisajes (egipcios, lunares, de todo tipo y con el proverbial toque mágico del autor) con un mando a distancia, la ventanilla a guisa de gigantesca pantalla de televisión. Hasta que el viajero sentado delante toma el mando, hace click y justo junto a la torre de Pisa aparece una botella enorme de Campari. En ese momento entra en el compartimento una camarera con una bandeja, dos copas y la bebiba anunciada. Al término de este monumento a la brevedad ya nos estábamos mirando las caras, más mudos que Harpo. Ya está, ya pasó, como un suspiro, el anhelado trabajo del maestro. ¿Había para tanto? Una semana soñando con un minuto de Fellini entra ya, con toda probabilidad, en terreno enfermizo, en lo maniático. El afán cinéfilo del completismo se entiende, pero no es lo mismo un largometraje, que se supone obra personal, en la que el cineasta se ha dejado el corazón y las tripas, que el ganapán que supone una labor de estas características. Pasa lo mismo con los videoclips con firma, y en ambos casos la sensación de decepción tras su visionado es frecuente.

Viene a cuento el recuerdo felliniano por el en estos días tan anunciado corto publicitario de Alejandro Amenábar (la cosa tiene narices, y del tamaño de la napia de Jimmy Durante o después: se hace publicidad… ¡de un producto publicitario!), titulado Vale (hay versión catalana: D’acord), para la campaña veraniega de Estrella Damm, y protagonizado por Quim Gutiérrez, Dakota Johnson, Natalia Tena y Carles Francino. Las teles emiten el breve constantemente y te remiten a la web para degustar íntegros sus doce minutos (diez más dos de créditos). Y Fotogramas dedica dos páginas al acontecimiento. Porque de un acontecimiento se trata: desde Ágora (2009) que Amenábar no estrena película, y este refrescante aperitivo viene a saciar la sed de sus seguidores, que en octubre podrán ver su esperadísimo nuevo largometraje, Regresión. Dentro de las limitaciones del filme publicitario (el corsé del producto anunciado), Vale es un corto de sofisticada factura, ingenioso, fresco y pertinentemente dionisíaco, pues vende la cerveza estelar desde Ibiza, con profusión de fiestas en la disco, comidas al aire libre, puestas de sol, trajes de baño y paseos por sus preciosas calles, todo ello espléndidamente fotografiado por Edu Grau, el operador de Buried (2010). La sal de esta explosión de la joie de vivre la pone el personaje interpretado por Gutiérrez, que quiere ligar con la guiri Johnson con una noción muy peregrina del idioma inglés, lo que propicia algunos gags verbales divertidos (la confusión entre guys y gays). La cerveza, obviamente muy mimada en la multitud de planos en que aparece, se reserva el papel de deus ex machina como fuente de conocimiento, una idea singular que se podría acompañar con este eslogan: traga birras Estrella Damm y tu cultura subirá como su propia espuma. Quién lo iba a decir: Amenábar dándole sopas con honda a Fellini.

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