George Cukor (y II): “Sylvia Scarlett” y “Chica para matrimonio”

sylvia scarlett

1: Con pantalones y a lo loco

Sylvia Scarlett (1935), estrenada en España como La gran aventura de Silvia, con las dos íes latinas, cuenta las peripecias de una chica que, para ayudar a su padre, en un aprieto tras haber robado dinero, se hace pasar por chico con el nombre de Sylvester Scarlett. Se basa en una novela del británico Sir Compton Mackenzie, escritor de afilado acento satírico: suyo es también el libro Whisky Galore, convertido en 1948, por Alexander Mackendrick, en una obra maestra del humor inglés. Fue la segunda colaboración entre George Cukor y Katharine Hepburn tras Doble sacrificio (1932) y un fracaso de público y crítica. Una vez más, el tiempo y las nuevas hornadas de críticos la han reivindicado como una de las más originales comedias de los años treinta. Y es que se trata de una película adelantada a su tiempo, de concepción muy moderna. Su mezcla de ritmo y tonos, que van de la comedia chiflada al drama y aun la tragedia, es desconcertante. En su diccionario de cine americano, Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon constatan que “todo el desarrollo de la acción juega con la ambigüedad de los roles y la incertidumbre de los sentimientos de forma tan sutil que casi resulta perversa, sin equivalente en el cine de la época”. Ebria de ecos shakespearianos (Como gustéis en cabeza), la película viene a ser una loa al carpe diem; no hay otra preocupación en los personajes que el instante presente. La manera brusca, decidida, impulsiva de Katharine Hepburn de cortarse las trenzas para disfrazarse de chico, justo en la primera escena, es en este sentido elocuente: no hay que pensar dos veces las cosas. A los protagonistas los vemos bailar desenfrenadamente en una casa aristocrática, cantar sobre los escenarios ambulantes disfrazados de Pierrots, y con esa indumentaria gozar a lo loco de una fiesta al aire libre: la vida es para ellos teatro, teatro y teatro, una actitud muy arraigada en el cine de Cukor. En ese gusto por la representación, se diría que los sentimientos estorban: “Es una lástima que nos encaprichemos de otras personas”, dice Sylvia/Sylvester. Y es precisamente en el momento en que ese capricho llamado amor prende cuando despuntan la incertidumbre y el intento de suicidio. Entre otras muchas cosas, Sylvia Scarlett demuestra que los compartimentos de un tren son espacios propicios para la comedia: Cary Grant se mueve en ellos, aquí y en otras películas venideras (preferentemente de Hitchcock), como pez en el agua.

2: Autopsia de la pareja

Judy Holliday murió joven, en 1965, poco antes de cumplir los 43 años. Tuvo una carrera cinematográfica exigua, aunque dejó una huella imborrable en la comedia, particularmente en sus cuatro memorables encuentros con George Cukor. En La costilla de Adán (1949), Holliday casi les robaba la función a los mismísimos Spencer Tracy y Katharine Hepburn. En Nacida ayer (1950), la actriz interpretaba un papel que ya le había dado un clamoroso éxito en los escenarios y ahora le reportaría el Oscar a la mejor interpretación femenina. El autor de esa obra teatral, Garson Kanin, había firmado en colaboración con su esposa Ruth Gordon el guión de La costilla de Adán, y juntos escribirían de nuevo los de Chica para matrimonio (1952) y Una rubia fenómeno (1954), las otras dos espléndidas comedias de Cukor & Holliday. En todas estas películas, Holliday esculpió magistralmente un tipo de mujer en apariencia tontita, iletrada, pasablemente alegre, pero cargada en el fondo de un rotundo sentido común. Chica para matrimonio, quizás la más compleja bajo su manto de sencillez expositiva, es una de las mejores y más penetrantes radiografías  de la pareja del cine estadounidense, ya que no propone un enredo en el sentido clásico, sino una serie de estampas absolutamente verosímiles, rayando por momentos la crueldad en su voluntad de realismo, sobre el matrimonio y sus altibajos: estados de ánimo que fluctúan imperceptiblemente entre la dicha y la tristeza, autoestimas heridas, discusiones acaloradas en la cocina, el dormitorio o el humilde comedor… Todo ello expuesto de manera frontal y eficaz, sin aspavientos ni subidas tonales. Como la vida misma, Chica para matrimonio pasa de la comedia al drama sin solución de continuidad, manteniendo mucho pudor Cukor a la hora de hacer frente a la tragedia: la muerte del hijo ahogado en el lago, escena realmente dolorosa filmada sin pulsar el resorte efectista, pone de manifiesto la sensibilidad y grandeza de un cineasta de panteón.

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