George Cukor (I): “Cena a las ocho”

cena a las ocho

El benemérito sello El Corte Inglés edita, dentro de su colección Doble Sesión, un jugoso programa doble con dos obras poco conocidas, no estrenadas en su día, de George Cukor, A Life of Her Own (1950), con Lana Turner, Ray Milland y Tom Ewell como protagonistas, y The Model and the Marriage Broker (1951), interpretada por Jeanne Crain, Scott Brady y los inigualables Zero Mostel y Thelma Ritter. Dos auténticos regalos que suponen un reencuentro feliz con un titán, un inmortal de la gran pantalla, porque Cukor lo era, lo es, más allá de etiquetas reduccionistas (cineasta de estudio, director de actrices, elegante adaptador) que encorsetaban su grandeza. Momento óptimo, pues, para recordar al maestro a través de tres películas (una a continuación, las otras dos en el próximo texto del blog) quizás no tan masivamente reconocidas como Historias de Filadelfia (1940), Ha nacido una estrella (1954) o My Fair Lady (1964), pero rotundas obras maestras. La primera, del 33, Cena a las ocho.

Cena a las ocho responde a dos anhelos. Uno, general y característico de los primeros años del sonoro, es la obsesión por el trasvase Broadway-Hollywood (aquí una obra de los egregios George S. Kaufman y Edna Ferber), a ser posible acompañado de nombres de fuste en el medio teatral, como es el caso de Cukor, que tres años antes había sustituido las bambalinas por los platós. El otro anhelo es particular de la MGM: repetir el éxito de Gran Hotel  (1932), cuya fórmula consistía en reunir a las estrellas de la casa más queridas del público, todas ellas en papeles principales a través de varias historias individuales. Tres ilustres actores de Gran Hotel, los hermanos John y Lionel Barrymore y Wallace Beery, volvían a coincidir en Cena a las ocho, de la misma manera que Beery y Jean Harlow coincidirían después en Mares de China (1935), un suculento cóctel de melodrama, comedia y cine de aventuras cortado por el mismo patrón.

La película es una sátira cruel de la high society neoyorquina, con frases cortantes como un bisturí (ahí se nota la mano del gran Donald Ogden Stewart, acreditado como autor de los “diálogos adicionales”) y un registro de alta comedia intermitentemente saboteado por el melodrama. Estructurada como un encadenado de escenas largas que se empujan una a otra como si tuvieran prisa por llegar a la cena titular (un mero macguffin, pues el filme concluye en el momento en que invitados y anfitriones entran en el lujoso salón para cenar), Cena a las ocho es pura gloria actoral. La (en todos los sentidos) gigante Marie Dressler esculpe un personaje inconmensurable, hecho a la vez de presencia corpórea potentísima, vestuario hiperbólico y un gag reincidente, pero formulado de variadas maneras, concerniente a su edad. Nadie mejor que John Barrymore para dar vida a un ídolo de la pantalla y del teatro completamente acabado, en perpetuo estado de ebriedad y sin un centavo para pagar la suite del hotel donde reside. El matrimonio que forman Beery y la incomparable rubia platino Harlow (él, un self made man brutote y deslenguado; ella, una iletrada tontita, vulgar, coqueta y adúltera envuelta en seda y cosméticos caros) es otro puntazo: cada una de sus escenas compartidas, furibundas batallas verbales, valdría ya por toda la película. Citemos, en fin, a la prodigiosa Billie Burke, la anfitriona Sra. Jordan, en una actuación dinámica que estalla en un momento de histeria desatada, un auténtico tour de force, cuando recibe la noticia de que sus esperados lores ingleses no acudirán a la cita.

Un breve diálogo entre Dressler y Harlow, justo al final, rubrica la genialidad de Cena a las ocho. La segunda le cuenta a la primera que acaba de leer un libro (brillante el gesto de sorpresa, de asombro, de Dressler ante esta insospechada veleidad literaria) donde se pronostica que pronto las máquinas sustituirán a las personas en todos los oficios, a lo que Dressler contesta: “¡Oh, querida!, esto a ti no te ha de preocupar en absoluto”. Pese a tanto estallido de comicidad (cínica hasta decir basta), Cena a las ocho es una obra desasosegadora, tanto por la realidad que sabe hacernos ver detrás de sus puertas señoriales (la Gran Depresión) como por el patético catálogo de sanguijuelas exhibido a lo largo del metraje, una panda de desalmados que sólo buscan enriquecerse (más) a costa de los demás. Patetismo que toca techo con el suicidio del actor fracasado en una escena que Cukor rueda magistralmente en la penumbra: Barrymore abre la llave del gas, se sienta en el sillón y coloca una lámpara (la única luz de la solitaria habitación) sobre su cabeza; un rayo ilumina su perfil, el glamuroso perfil de la vieja estrella al que minutos antes se había aludido, mientras sus párpados ceden. Sofisticación cargada de significado: así las gastaban Cukor y otros maestros de antaño.

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