It’s a Mad, Mad, Mad Max World

mad max. furia en la carretera

Febrero de 1980. El cine Regio del Paralelo barcelonés estrena algo llamado Mad Max: Salvajes de autopista. Clasificada S, tiene por el anuncio en el diario aspecto de subproducto, tal vez una coproducción europea: ¿qué oculto cineasta italiano estará detrás del seudónimo (casi tan fácil como John Smith) de George Miller? Pues no, nada de eso: Mad Max es una película australiana, George Miller no es un seudónimo y de inmediato nos llegan las voces fiables con incontenibles ataques de entusiasmo: Alejandro Gorina en las páginas del vespertino El Noticiero Universal (título contundente de su crítica: De repente, una obra importante) y José Luis Guarner desde Fotogramas. Gorina: “Cada imagen parece haber sido dibujada previamente con una finalidad concreta. Ello permite un montaje muy complicado, que debe manejar a veces mínimos planos a ráfaga, pero suficientes para otorgar un sentido preciso a la escena: la cara de un cuervo tras una muerte, unas abigarradas nubes tormentosas como último acorde del film, los ojos fuera de las órbitas de un personaje que va a morir. Objetos y perspectivas explican razones y hechos, o sea, Eisenstein. La posición de la cámara es a menudo esforzada. Lo notas después, meditando sobre el film. Antes sólo era una mirada lógica para dar la versión oportuna de la acción, o sea, Orson Welles. Mad Max lleva a la perfección el cine de la escuela Roger Corman, recuperación de los valores narrativos clásicos, depurados”. Guarner, recordando que Miller fue médico cirujano antes que director de cine: “Su trabajo, eficaz y sintético como una intervención quirúrgica, desprende esa alegría inconfundible que procura el hacer cine, el placer tónico e inagotable de contar una historia en imágenes”.

Fue, claro está, leer estas dos reseñas y coger el primer metro hacia el Paralelo. Y constatar que, efectivamente, Mad Max era una lección, una grandísima lección de cine-cine. Cine de acción llevado a tal grado de abstracción que resultaba poco menos que una obra de vanguardia. Gorina citaba a Eisenstein, Welles y Corman. Guarner también a Corman, además de a Murnau y Lang. ¿Demasiados dioses referenciados? No, porque las imágenes de Miller aglutinaban ochenta años de cine bien asumidos y dosificados. Podríamos añadir a Budd Boetticher, pues Miller hace con el cine de acción algo parecido a lo que hiciera aquél con el cine del Oeste en su ciclo de westerns protagonizados por Randolph Scott: trabajar con un esquema de género tradicional vaciándolo de retórica, dejando sólo el hueso mondo y lirondo, la esencia. Mad Max: El guerrero de la carretera (1981) y Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno (1985) agigantaron sus presupuestos y espectacularidad gracias al éxito obtenido por el título original, el diseño se enfatizó (los vehículos estrambóticos, el aliento tribal de los personajes, etc.), pero Miller siguió ofreciéndonos generosas raciones de cine químicamente puro. De repente, el grifo se cerró. Pasaron los años y Miller anunció un regreso al universo apocalíptico de Max. A punto estuvo de rodar la cuarta entrega en 2001, pero han tenido que pasar otros tres lustros para ver el sueño cumplido.

Al reemprender la serie que le dio fama mundial, George Miller afronta en Mad Max: Furia en la carretera un reto comparable al que asumió Steven Spielberg cuando rodó Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: entre la tercera (1989) y esa cuarta (2008) aventura del intrépido arqueólogo habían transcurrido casi veinte años. Pues bien, entre el tercer título de Mad Max y el cuarto ahora recién estrenado han pasado exactamente treinta, lo que no es moco de pavo ni baba de faisán. Tanto Spielberg como Miller abandonaron a sus héroes en una era predigital y lo reencuentran en pleno auge del efecto por ordenador, sin el cual el público no parece atender a razones. ¿Cómo reciclar a sus criaturas en el nuevo orden visual sin que sus señas de identidad sufran alteraciones? Tan sabio como Spielberg, Miller utiliza la magia digital como una capa de pintura sobre unas imágenes que siguen siendo, como en las tres obras precedentes, tremendamente físicas, viscerales, casi minerales. La peripecia, genuinamente madmaxiana en su brutalidad, es un encadenado de persecuciones y batallas en el desierto entre una fauna indescriptible con más detritos, purulencias, tumores y deformidades que nunca, un panorama desalentador por el que se cuela un discurso religioso. Acción sin tregua sometida, una vez más, a una planificación, un montaje y un sentido de la narración brillantes, deslumbrantes. El trabajo de fotografía de John Seale es prodigioso, sobre todo las escenas nocturnas casi en blanco y negro, que exhalan un perfume dantesco perturbador; de hecho, toda la película describe un infierno delirante y dislocado desde la velocidad constante: la figura del guitarrista heavy montado en su decibélico bólido tiene un poder alucinatorio descomunal. En su género, una pieza sencillamente magistral: la mejor action movie en lo que llevamos de siglo. Y con una asombrosa capacidad para transmitirnos el placer por el movimiento perpetuo que remite a los clásicos silentes de acrobacias sobre ruedas de Billy Bevan, Harold Lloyd o Snub Pollard. Cine radicalmente de hoy sin dejar en momento alguno de ser cine de siempre. Un milagro.

 

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