Un paseo por las carreteras secundarias de la cartelera

la canción del mar

1: “Sparks movies”, el género que nunca pedimos pero nos colaron por la escuadra

Hay algo que siempre funciona: la melancolía. Basta con poner a un actor atractivo contemplando el mar, al caer el sol, con la faz ensimismada, los ojos clavados en el horizonte inalcanzable. O a una actriz guapa escrutando el cielo de noche, creyendo leer en las estrellas su destino, o la llamada del amor. Todo muy romántico, de un romanticismo que perfora esófagos. Pero que, en efecto, funciona. Busquen el centro de una línea imaginaria que vaya de Frank Borzage a Corín Tellado y allí exactamente pillarán in fraganti, tecleando como un poseso, a Nicholas Sparks, mozo de Omaha que, además de ser escritor de novelas rosa, es un imán: imanta las imágenes de sus adaptaciones con el reprobable procedimiento de romper corazones frágiles y llenar toneles de lágrimas ajenas. La epidemia comenzó a expandirse hace ya algunos años. Abrió fuego en 1999 Mensaje en una botella, con Kevin Costner como náufrago sentimental y Robin Wright Penn a guisa de buque salvavidas. Era un toque de alerta: Hollywood inauguraba la bombonería más grande jamás contada, cuyos artículos de lujo fueron incorporándose a su almacén sin prisas ni pausas: Un paseo para recordar (2002), El diario de Noa (2004), Noches de tormenta (2008), Querido John (2010), Cuando te encuentre (2012), Un lugar donde refugiarse (2013)…

Y ahora, de repente, dos Sparks movies compartiendo cartelera: Lo mejor de mí y El viaje más largo. Hay razonables parecidos entre ambas (Sparks, auteur como la copa de un pino), como la presencia de un anciano más bueno que el pan en una y otra en funciones de árbitro del amor que ayuda a solidificar parejas (el gran Alan Alda en El viaje más largo). Lo mejor de mí es mucho más exagerada: Sparks es extremadamente hábil (y extremadamente sádico) introduciendo tragedias bruscas que rompen de cuajo la placidez sentimental, y aquí no se anda con chiquitas: la muerte del amigo a causa de un disparo accidental es una cúspide, pero esperen al final porque hay propina, y de la no dejar pañuelo seco. El viaje más largo es algo más comedida, y también más generosa, pues no hay una love story, sino dos: a la media hora de película, cuando ya estás hasta la coronilla de flores, picnics junto al lago y sonrisas de oreja a oreja patrocinadas por Cupido, un accidente de coche y una cajita que probablemente encantaría a Luis Buñuel y a los hermanos Coen nos introducen el personaje de Alda y, con él, su particular romance del pasado, que pasa por su retorno de la Segunda Guerra Mundial con trauma inconfesable, el principal obstáculo para el desarrollo de su futura vida marital. La chica del presente es, cómo no, rubia y muy mona, y el chico, un apuesto cowboy con síndrome de Junior Bonner, es Scott Eastwood, el hijo de Clint, que viene a demostrar que el carisma y el talento no se heredan. En esta pareja, el obstáculo a vencer es más modesto, casi una anomalía en el terreno tremendista consustancial a Sparks: las incompatibilidades entre las vidas elegidas, ella el mundo del arte de ámbito urbano; él, asilvestrado como papá Clint aunque mil veces más blando, montar toros salvajes y jugarse el pellejo en los rodeos.

¿Cómo combatir la plaga Sparks? El sabio de Paul Newman lo tenía claro y lo hacía desde dentro de la propia película: en Mensaje en una botella, se pasaba todo el metraje apurando una cerveza tras otra. Ahora mismo, no concibo una alternativa/antídoto mejor.

2: Y el género que sigue creciendo

Si los balances de fin de año se hicieran no por películas, sino por géneros, hace ya un mogollón de lustros que resplandecería imbatible el cine de animación, el más fértil, flexible y con capacidad de evolución de todos los géneros. Su universo es prácticamente inabarcable, acoge los títulos más comerciales que todo el vecindario verá (Disney, Pixar, Aardman, DreamWorks, Blue Sky, etc.) y un extenso, extensísimo y variopinto abanico de joyas inconmensurables que sólo testarán las minorías informadas: ¿cuántos espectadores conocen Pánico en la granja (2009) o Bienvenidos a Belleville (2003)?, ¿tuvo la repercusión que se merecía Fantástico Sr. Fox (2009)?, ¿por qué no se estrenó en nuestros cines una maravilla como Mary and Max (2009)? Ahora, después de la magistral La oveja Shaun. La película y la más que notable Pos eso, dos proezas de la animación en plastilina, esta semana han aterrizado otro par de títulos que merecen la visita. Uno es Minúsculos: El valle de las hormigas perdidas, revisión en formato largometraje de la serie de animación Minuscule. Aunque la gracia de aquella serie era la brevísima duración de cada episodio, ahora un tanto malograda por el alargamiento, su espíritu y su original estética (imágenes reales de la naturaleza con insectos animados superpuestos) perviven en esta aventura de hormigas y mariquitas que cuenta con momentos trepidantes (el largo recorrido por montañas y ríos agitados con el botín de los terrones de azúcar en una cajita de hojalata) e imágenes para el recuerdo: el saqueo de los restos de un picnic abandonado es una escena brillante y divertidísima. Impecable, por lo demás, el expresivo uso de los pequeños ojitos de las criaturas protagonistas, capaz desde el minimalismo más extremo de comunicar perplejidad, sorpresa, alegría, miedo… Pero la perla verdadera es La canción del mar, la nueva película del irlandés Tomm (El secreto del libro de Kells) Moore, un precioso cuento mágico de trazos limpios, colores cálidos y un profundo amor por los enigmas del océano. Un poema encantador por el que circulan los ecos de Hayao Miyazaki, el Miyazaki de Ponyo en el acantilado, y de la fábula de John Sayles El secreto de la isla de las focas (1994), entre otras joyas de elevada imaginería.

 

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