Los “transformers” de la Marvel

una luz en el hampa

En Forty Guns (1957), Sam Fuller resolvió un clímax por la vía expeditiva: en la polvorienta calle de rigor, el villano se escuda en el cuerpo de la chica para salvar el pellejo, pero el héroe no se amilana y dispara primero a la chica, que cae al suelo herida, y luego agujerea mortalmente al malvado. Fuller parecía tener prisa casi siempre, había que zanjar los conflictos a la brava, sin rodeos, como una flecha: “run of the arrow”, diría él. En Underworld USA (1960) ejecutó una escena feroz, brutal, en cuatro planos tan raudos como contundentes: plano medio del sicario encendiendo una cerilla, primer plano de la cara sudorosa y angustiada de su víctima, retenida en el interior de un coche, otro plano del sicario lanzando la cerilla encendida y un plano general del coche estallando en llamas. Incomparable la elegancia con la que Fuller filmó el asesinato de la vendedora de corbatas de Manos peligrosas (1953) tras concederle unos momentos de honda ternura: un simple movimiento de cámara, del rostro de la mujer sentada en la cama al tocadiscos que todavía gira en su mesita de noche, posición desde la que oímos el disparo. Nadie que haya visto Una luz en el hampa (1964) podrá olvidar su fulgurante arranque, esa paliza monumental que una prostituta le propina a un cliente, con ráfagas de planos subjetivos del agredido, y cuya violencia provoca en un momento dado que a la protagonista le caiga la peluca y aparezca completamente calva.

Estas escenas de acción regidas por la economía narrativa contrastan hoy con el exhibicionismo vehemente de las superproducciones estándar de nuestro tiempo, entre ellas las epopeyas de superhéroes fabricadas por Marvel. Esta semana tenemos Vengadores: La era de Ultrón, una película agradable, muy agradable, pero que lo sería más, mucho más, si su duración (a todas luces exagerada: casi dos horas y media) se ajustara, o por lo menos se aproximara un poco, al reloj fulleriano. El mentado prólogo de Una luz en el hampa duraba un minuto y medio, el de Vengadores (deslumbrante) más o menos un cuarto de hora, quizás veinte minutos. Como es el principio y tenemos hambre de Stark, Banner, Thor y compañía, ese primer servicio del ágape entra sin embargo la mar de bien. Pero el buche se va llenando a lo largo del recorrido gracias a otras atalayas de explosión centrífuga, y llegamos al final más empachados que en Nochebuena. ¿Es necesario ver cómo se destruyen 200 robots si con 25 el efecto sería el mismo y se evitaría la saturación ocular y anímica? De cada cien planos, más de la mitad son iguales a sí mismos o parecidísimos, de modo que la belleza de los singulares queda sepultada por el torbellino de la acumulación. La rabieta de Hulk en la gran ciudad, de escaso valor en el desarrollo dramático de la trama, requeriría sin lugar a dudas los cuatro planos de la escena de Underworld USA, o el doble, pero no más; los más brillantes, sólo los más brillantes. Predicar hoy la síntesis en este tipo de productos es tarea condenada al fracaso. Cada nuevo capítulo de una saga de éxito debe ser, forzosamente, más grande, largo y reluciente que el precedente; la cacharrería ha de acoger cada vez a más elefantes. A la película de Joss Whedon le pasa lo mismo que a la última entrega (cuarta) de la franquicia Transformers: el anacondismo y la lujuria digital merman sus valores. En última instancia, la longitud tampoco habría de ser un problema si la película tuviera suficiente sustancia para desarrollar, que no es el caso. Superman (1978), por ejemplo, duraba exactamente igual que estos Vengadores recién llegados y no le sobraba ni un minuto, porque tenía mucha tela que cortar (la ciencia-ficción espacial, el relato rural de juventud, la comedia de periodistas a lo The Front Page, el cine de catástrofes…) y la cortaba con precisión, sin alargar más de lo debido ninguna escena. Claro está que Superman forma ya parte de un pasado, como el de Fuller, irrecuperable: hoy tenemos el cine que la mayoría quiere ver (un nuevo conservadurismo estético, de difícil aunque no imposible encaje en el ámbito de la libertad creativa), y punto. Que les aprovechen los Vengadores: vianda la hay como para saciar el apetito de tres leones.

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