Disculpen, pero la olla a veces… (y II)

el olor de la papaya verde

1: Sobre la crítica de cine (1)

“Siga usted, lector, las prescripciones de la ciencia siempre que se acomoden a su gusto y siga siempre las prescripciones de su gusto, aun cuando no coincidan con las de la ciencia”. (Julio Camba en La casa de Lúculo)

2: Grandes enigmas (1)

¿Por qué cuando alguien tiene la boca llena y dice “patata”, la gente, entiéndase la gente que le ve y le oye, se echa a reír? Otrosí: ¿por qué dice “patata” esa persona con la boca llena? Podría ser, incluso, que tuviera la boca llena de patata. En este caso, tal vez decir “patata” querría decir “otra patata”. O “quiero más patata”. O, encabritado ante la indiferencia del entorno, “quiero más, ¡leche!”, lo que en ningún caso significaría (los signos de puntuación son invisibles en el habla) que quisiera más leche. (Aviso a posibles despistados: si alguien dice “quiero más, ¡patata!”, que es algo improbable de decir, no necesariamente significa que esté pidiendo más leche).

3: Sobre la crítica de cine (2)

“La interpretación es el último margen para resolver una contradicción entre una revelación y la realidad del mundo”. (Jorge Wagensberg en Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?)

4: Grandes enigmas (y 2)

¿Por qué a una barbacoa se invita a tantos amigos, conocidos o familiares, si lo más sensato es compartirla entre uno?

5: Sobre la crítica de cine (3)

Antes de que tus dedos empiecen a teclear la primera frase de tu reseña, recuerda siempre que Allan Dwan existió.

6: “El olor de la papaya verde”, de Tran Anh Hung

Tenía un amigo, Mario González (q.e.p.d.), de mi misma quinta y mi mismo balanceante signo del zodíaco, que, sin ser especialmente cinéfilo, hilaba fino en apreciaciones singulares y dotes de observación. Afirmaba, por ejemplo, que viendo películas podía detectar perfectamente a qué actores (actores, no personajes) les cantaban los pinreles, y ponía como ejemplos de pies apestosos como pocos a James Garner y Glenn Ford. Siempre envidié su hocico.

7: Sobre la crítica de cine (y 4)

“El humor es un buen principio de crítica”. (Wagensberg de nuevo)

8: Valor y coraje

Ver a los trece años La leyenda del indomable (1967) es una prueba de fuego que marca una vida entera. La secuencia en que Paul Newman se zampa cincuenta huevos duros es sin lugar a dudas la más repugnante de la historia. Por lo menos para quienes detestamos los huevos duros con la intensidad de los grandes odios (que es la intensidad de las grandes pasiones puesta del revés), y su hedor a cloacas antes de las lluvias de abril, y su textura (la yema compacta, concentradísima, y la clara vestida de novia inmaculada anunciando una falsa suavidad), y su aspecto del peor pop art, amén de su farisaica tendencia a la ubicuidad: entero, partido en dos o cuatro partes simétricas, rayado, espolvoreado o hecho añicos a mano, dilapida las más atrayentes ensaladas, las merluzas más esponjosas y el bacalao, las crujientes empanadillas, o contamina potajes maestros (los humildes, deliciosos garbanzos vienen a ser los más perjudicados en esta plaga bíblica). En El que hem menjat, un tratado notabilísimo de cocina, antropología y conservadurismo, Josep Pla define certeramente el huevo cocido como comida de astronauta. Ver a los trece años La leyenda del indomable y que esas imágenes de Newman devorando huevos duros por una estúpida apuesta no le apartaran a uno del camino del cine es la más concluyente prueba de la grandeza del séptimo arte.

9: Grand finale (o cómo morir de oulipotimia)

Rómulo remó.

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