Disculpen, pero la olla a veces… (I)

la invasión de los ladrones de cuerpos

1: Cine y gastronomía (o cocine)

Entre otros manjares, Guillermo Montoliu guisaba como nadie los caracoles, con su punto exacto de jamón de bellota y una sabia dosificación de la pimienta molida al momento, operación que él llamaba “pimimento”. Y amaba el cine con locura. Fue, en consecuencia, y con secuencia, la víctima idónea del experimento, para el que se convocaron, como testigos y notarios, las más distinguidas testas intelectuales del ruedo gastronómico internacional: el armenio Damegaz Pacho, el canadiense Mel Ymateau y el estadounidense de origen chileno Tomalca Parra. Guillermo y yo escogimos el fotograma: uno de La conquista del Oeste donde Richard Widmark monta no a caballo, que sería lo lógico de montar en un western, sino a locomotora, ora con cara enfurecida, ora con dura compostura. Hinojo sin enojo, sal y un poco, no mucho, de vinagre de jerez fueron los sucintos aderezos del compuesto químico que Guillermo masticó y masticó y se tragó, con visible resignación y sin salario, para que, después del pequeño paraíso de la duda (“¡Mmmmm!, no está mal, pero….”), la razón del mundo volviera a su vera: las angulas saben mucho mejor que el celuloide y se digieren más bien. A 24 angulas por segundo se despejarían las sempiternas dudas sobre la superioridad del cine sobre la vida, o viceversa.

2: ¿Pienso? Luego paloma

Mirando bien las cosas, hay que convenir en lo siguiente: el verdadero artista no piensa. Es una criatura arrebatada por la pasión, crea por impulsos no racionales. Entonces debería ser su crítico quien pensara, pero el crítico ha de ser también impulsivo, guiado por una pasión flamígera. El crítico del crítico sería en esa correspondencia quien habría pues de cavilar, pero el crítico del crítico anda muy atareado con su plato de macarrones. ¿Quién piensa?

3: “El coloso en llamas”, de John Guillermin

Casimiro era un estoico cachazudo: se pasaba horas y más horas delante del cartel de “Salida de incendios”; pretendía saber, decía, qué aspecto tendría un incendio saliendo.

4: “Neighbours”, de Norman McLaren

Miro la casa de mis vecinos y la veo tan y tan diferente de la mía. Para empezar, en su casa hay vecinos; en la mía, ninguno.

5: “A través de los olivos”, de Abbas Kiarostami

Debió ser un invento nuestro, señor profesor, pues dudo que jamás una aceituna y una anchoa coincidieran por sí mismas, y mucho menos que establecieran una alianza mercantil y se metieran voluntariamente en una lata.

6: “La invasión de los ladrones de cuerpos”, de Don Siegel

Mi abuela siempre decía “Centollos del desierto” y llamaba a su protagonista Joan Vaina.

 

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