Si te dicen que Mortdecai

the monsters are due on maple street

Los géneros populares se mezclan y remezclan en la filmografía del guionista David Koepp. Poca broma con un tipo que ha pergeñado, solo o casi siempre en compañía de otros, los argumentos de chupinazos de la talla de La muerte os sienta tan bien (1992), Parque jurásico (1993), Atrapado por su pasado (1993), The Paper (1994), Misión: Imposible (1996), La habitación del pánico (2002), Spider-man (2002), La guerra de los mundos (2005) e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), entre muchos otros.

¿Recuerdan a Claude Akins? Los teleadictos sin duda nos remitirán al entrañable camionero Sonny Pruitt (¡qué gran nombre!) de la serie de los setenta En ruta; los cinéfilos, al maravilloso secundario que, en el arranque de Río Bravo (1959), lanza una moneda a la escupidera del saloon para que el borracho Dean Martin se pague un trago. Pues bien, Akins era el tío de David Koepp y fue el protagonista, en 1960, de The Monsters Are Due on Maple Street, un magistral episodio de The Twilight Zone que al sobrino le causó un profundo impacto en su juventud; tanto, que el tema rector de aquel capítulo, la paranoia americana pura y dura, sembró las inquietantes atmósferas de sus primeros trabajos como director: el cortometraje Suspiciuos (1995), donde un soberbio Michael Rooker, tan amenazador como su icónico Henry, no era en realidad, ni mucho menos, lo que parecía, y los largometrajes El efecto dominó (1996), en el que había una referencia explícita al episodio de su tío, y El último escalón (1999), éste inspirado en un relato de Richard Matheson, otro nombre fundamental de la serie de Rod Serling. Les siguió una atractiva adaptación de Stephen King, La ventana secreta (2004), pero los dos trabajos posteriores de Koepp como realizador, sin ser despreciables, no estuvieron a la altura: Me ha caído el muerto (2008) y Sin frenos (2012).

Tampoco lo está la recién estrenada Mortdecai, según el personaje creado por Kyril Bonfiglioli en los años setenta. La interpreta un Johnny Depp numerero y apayasado, que parece arrastrar todavía los efectos de su secundario en Tusk. Él es Mortdecai, un coleccionista de arte de aires aristocráticos y mostacho ridículo. La intriga es banal a más no poder, la narración ostenta más baches que una vieja carretera comarcal, las situaciones son casi todas de una elementalidad de parvulario. Viendo el fiasco de Koepp, uno puede cerrar los ojos y montarse, con el material en concurso, su comedia ideal, que sería una Mortdecai realizada en los años sesenta por Stanley Donen o Blake Edwards (¿que están muy ocupados con sofisticados thrillers europeos o panteras rosas? Pongan a Richard Quine), con, im-pres-cin-di-ble-men-te, David Niven en el rol titular, Peter O’Toole o Rex Harrison (o, mejor aún, Stanley Baker) en el papel del detective que ahora interpreta Ewan McGregor y Virna Lisi en el que corre a cargo de Gwyneth Paltrow. ¡Qué grandes películas se ven con los ojos cerrados! Hay destellos de esa película soñada en la de Koepp, pero se desvanecen en un periquete. Y entre los (escasos) gags memorables que recogemos de los restos del naufragio, hay uno que es puro Edwards: el tiro accidental que, en la escena de caza, le pega Mortdecai a su sufrido y más que fiel ayudante, cuyo impacto en el cuerpo le hace desaparecer fulminantemente del cuadro, exactamente como Ted Wass en La maldición de la pantera rosa (1983), cuando, llegado a París un día de viento fuerte, abría el paraguas y el huracán lo expulsaba de la pantalla.

 

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