Cortocircuito

aniki bóbó

1: Desafiando a Newton

Acorralado por los malos de turno en una planta muy elevada de un rascacielos, el conductor de un coche decide atravesar con el vehículo de cuatro ruedas los cristales de una ventana y precipitarse al vacío. Pero no cae: la velocidad adquirida lo propulsa hacia el rascacielos cercano, al que penetra el automóvil rompiendo otra cristalera. No acaba aquí la cosa: por la inercia o por el capricho de los guionistas (no se descarta que ebrios o hasta las cejas de pastillas), el coche atraviesa de punta a punta ese segundo rascacielos, pulveriza otra ventana, vuela unos segundos por los aires e impacta de nuevo en un tercer rascacielos, que recorre otra vez de punta a punta. Está claro que las leyes de la gravedad se las pasan por el forro, en esta y otra docena de escenas, los creadores de Fast & Furious 7. La credulidad en permanente exilio durante dos horas veinte minutos de ininterrumpida orgía. (Entre paréntesis: lanzarse al vacío cuando la vida corre peligro y atravesar rascacielos; ¿nos están hablando del 11-S en una obra alérgica a otra ideología que no sea la de la adrenalina?).

2: La vida es un largo río tranquilo

Esta cristalera no corre peligro alguno de ser atravesada por un coche. Es la ventana de un hotel, que ofrece una preciosa vista del Duero. En plano único e inmóvil, desde el interior, mientras oímos el diálogo entre dos hombres a quienes no hemos visto todavía (es el segundo plano de la película, después del de los créditos), contemplamos el río y, de repente, observamos cómo asoma, por la derecha de la pantalla, un barco de turistas, que va vacío a causa del mal tiempo. El barco se va haciendo más grande conforme avanza (la toma tiene una  leve inclinación), cruza pausada, elegantemente la imagen y desaparece por la izquierda. Un grato sosiego nos invade en este fragmento inicial de El principio de la incertidumbre (2002).

3: Oliveira vs. Wan

Con pocas horas de diferencia nos llegaron esta Semana Santa las noticias de la muerte de Manoel de Oliveira y el superéxito de taquilla de Fast & Furious 7, muy reiterado en los informativos catalanes del 3/24. Poco menos que un cortocircuito neuronal. La película de James Wan, vista y disfrutada unos días antes, y la obra, larga y fructífera, del maestro portugués son el alfa y omega de lo que entendemos por cine. El hiperbólico vértigo de coches, cristales y rascacielos y la calma contemplativa del río tan amado por el recién fallecido. En este choque de contrarios, el peso artístico, la talla intelectual, obviamente son monopolio exclusivo del autor de Belle toujours (2006), y nadie le negará un bien ganado podio en la historia del cine por su talante gozosamente novelesco, sus figuras mayestáticas, su suave ironía y su capacidad, a veces desde un prisma filosurrealista, de explorar a fondo la naturaleza humana. Y el paso de los años y la sedimentación de los recuerdos y de lo vivido; él, que tuvo más tiempo (106 años se dice pronto) que ningún otro cineasta jamás tuviera para hacer reposar el pensamiento, y que volcó, frisando ya los noventa tacos, en la emotivísima Viaje al principio del mundo (1997), la película más melancólicamente proustiana de todos los tiempos, cuya imagen inicial eran las líneas discontinuas de una carretera significativamente vistas desde atrás del coche (el pasado, lo ya transitado), y donde las esencias de la vida se percibían palpando un árbol (sintiendo su savia) o un brazo familiar (sintiendo su sangre). Pero la grandeza de Oliveira no debería empequeñecer el saludable divertimento de Fast & Furious 7, la mejor entrega de la saga después de la primera. El cortocircuito no debería ser tal si de una vez por todas aprendiéramos que, en cine, los extremos, como las patatas bravas, se comparten. Además, en el cine de Oliveira, los términos fast y furious también tuvieron cabida: el arranque de Aniki Bóbó (1942), su primer largometraje (planos fulgurantes de un tren, unos niños jugando, uno de ellos cayendo por un precipicio y una niña gritando horrorizada), es digno no ya de Wan, qué va, sino de Sam Fuller, el más fast and furious de los cineastas.

Anuncios