P.P.P.

pasolini

1: Ferrara en plena forma

Pasolini es la carta de amor de un cineasta, Abel Ferrara, a otro cineasta, Pier Paolo Pasolini, al que admira y respeta. No es un biopic ni mucho menos una postal hagiográfica. Ferrara se aproxima a Pasolini (y mucho: un caudal de primeros planos asfixiantes) en las últimas horas de su vida a través de pinceladas escuetas, casuales, sintéticas, sin énfasis ni en lo político, ni en lo artístico ni en lo personal, aunque todas las caras del poliedro Pasolini están presentes. Incluso más: hay espacio aún para las fugas oníricas y para ilustrar la novela Petróleo y el texto de Porno-Teo-Kolossal, que Pasolini ya no pudo llevar a cabo, donde comparece un envejecido, entrañable Ninetto Davoli, a quien, en el plano real, interpreta Riccardo Scamarcio, el galán a quien hemos visto en Manuale d’amore 2 (2007), Manuale d’amore 3 (2011) y en la comedia de Allen A Roma con amor (2012). La película de Ferrara empieza con Pasolini (Willem Dafoe, inmenso, lo clava) ante las imágenes en una moviola de Salò (1975) y contestando a su interlocutor sobre el tema del escándalo, que el autor considera “un derecho”, tachando de moralistas a quienes lo cuestionan. Más adelante hay otra entrevista con Pasolini, la última de su vida, para La Stampa, que es una escena soberbia: en pocos momentos, todo Pasolini, sus ideas, sus utopías, su filosofía sobre la verdadera sociedad y la falsa en que vivimos alienados, sus anhelos por cambiarlo todo, fluyen a borbotones de una manera franca y natural. Cuando el entrevistador le pregunta qué quedaría entonces (ya saben: abolir la educación tal como la conocemos, erradicar la televisión y el consumismo embrutecedor, etc.), Pasolini responde: “Quedaría todo: yo, mi vida, mis libros, mis películas….”. Quedaría lo esencial, lo que realmente te hace sentir vivo. Otra secuencia imborrable: tras su asesinato, del que se cumplirán cuarenta años el próximo noviembre, hay que comunicar la noticia a la madre: ¡cómo se le dice a la mamma que le han matado a otro hijo! Escena de altísima emoción, rodada sin un átomo de afectación ni sentimentalismo de cara a la galería. Otras secuencias admirables en su tono y en su emoción: Pasolini en un restaurante, con Davoli y su mujer y el bebé de pocas semanas; Pasolini invitando a comer unos espaguetis a un chapero; el asesinato en la oscura playa de Ostia… Una galería de momentos Pasolini vaciados de retórica, arrojados al natural en imágenes rugosas, ásperas, astillosas, inmediatas, intestinales, en apariencia despreocupadas, que a veces hacen pensar en el mejor Pialat. Bravo bravísimo por el autor de Teniente corrupto (1992). Ha hecho posible una película a priori imposible. Ferrara ha tenido altibajos a la largo de su ya abundante filmografía, aunque sus películas, mejores o peores, nunca dejan de tener enorme interés. Pero en Pasolini (una obra breve y concisa: 86 minutos) ha volcado todo su corazón, que lo tiene y al que descubrimos de una inesperada humanidad. Gran personaje el de Pasolini, y tremendamente humilde: un piso de clase media, restaurantes populares y sencillos, merodeos barriobajeros… Ferrara logra que de él emerja la dignidad humana. Un magnífico retrato del cineasta que más ha crecido desde su muerte: su voz, sus palabras, sus imágenes y su discurso, de Accattone (1961) a Salò (y sus poemas, ensayos, etc.) permanecen tan vigentes hoy como ayer, acaso más, actualísimos.

2: Contrastes

El mismo día que Pasolini se estrenaron también otra obra maestra, National Gallery, y un filme deleznable, Obsesión (título original: The Boy Next Door), que merecen un par de comentarios. De National Gallery podría decirse que está proyectada a 24 síndromes de Stendhal por segundo: el documental penetra en el Arte con mayúsculas y, siguiendo la estrategia de su autor, el incansable octogenario Frederick Wiseman, deja que las imágenes hablen por sí mismas, sin interferir jamás en ellas. Probablemente, si vamos al distinguido museo británico, a las dos horas ya saldremos de él (dolor de espalda, flaqueza en las piernas…), pero Wiseman obra otra vez el milagro consiguiendo que permanezcamos, mudos y fascinados, tres exactas horas de película. En su género, en el que debutó en 1967, nadie ha podido nunca toserle. A las antípodas de su grandeza, Obsesión es un psycho thriller del montón de montones, insultante por la sobredosis de elementalidad (y por pretender hacernos tragar que Jennifer López es una profesora de literatura experta en Homero y otros clásicos griegos), que definitivamente entierra el nombre de Rob Cohen, un cineasta interesante tiempo atrás pero que ya lleva más de diez años sin dar pie con bola. Lo más irritante del caso, sin embargo, no es la memez en sí, sino esos largos clips que las productoras editan para que a su vez los reediten los informativos televisivos (donde, entre múltiples escenas y declaraciones de los implicados, se cuenta y se ve todo, de pe a pa; y luego te crucifican si se te escapa un spoilercito). El otro día, zapineando que es gerundio, se me cruzó ese reportaje en un canal local y desde luego era para (a elegir) descuajeringarse de la risa o cortarse la venas ver cómo Je-Lo, Ryan Guzman y John Corbett, los tres actores protagonistas, defendían sus personajes hablando de intensidad emocional, profundidad psicológica, etc.; de pillar cuatro de esas frases fuera de contexto, uno diría que acababan de representar un Chéjov o un Ibsen.

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