Mark Hartley, de profesión cinéfilo

Electric Boogaloo

Se acaba de estrenar, casi de tapadillo, un documental apasionante para cinéfilos todoterreno, Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films, dirigido por el australiano Mark Hartley, un buceo por la productora comandada por los israelís Yoram Globus y Menahem Golan (fallecido el año pasado), tan esencial en el desarrollo de la industria del cine-espectáculo a lo largo de los años ochenta. Golan y Globus, que eran primos hermanos, echaron a andar a principios de los años sesenta. En pocos años, situaron al cine israelí en el mapa internacional, logrando incluso que algunas de sus producciones obtuvieran nominaciones a los Globos de Oro (el musical Kazablan, 1974) y al Oscar en el apartado de mejor película de habla no inglesa (Salla Shabati, 1964; Rosa, te amo, 1972). En 1979, doce años después de su fundación, se hicieron cargo de Cannon Films y, ya instalados en el mercado yanqui, supieron mover ficha con rapidez: las secuelas de la saga Death Wish protagonizadas por Charles Bronson y el espaldarazo de Chuck Norris en epopeyas bélicas deudoras de Rambo, series B puras y duras, fueron taquillazos de aúpa y les hicieron millonarios y famosos. Era fácil denostar a Cannon por las triviales explosiones de adrenalina de aquellos artefactos u otros de Michael Dudikoff o Dolph Lundgren: celuloide trash, exploitation de pacotilla, etc. Pero el tándem, que acabaría produciendo más de doscientas películas, tenía aspiraciones variadas, en las que entrarían y entraron, por ejemplo, John Cassavetes (Love Streams, 1984), Andrei Konchalovsky (Los amantes de María, 1984; El tren del infierno, 1985) y Norman Mailer (Los hombres duros no bailan, 1987), entre otros. A mediados de los ochenta vivieron sus años de gloria. Parecían haberse vuelto locos, podían con todo, anunciaban a los cuatro vientos proyectos cada vez más ambiciosos, como ese Spider-man que nunca llegó a ver la luz bajo su pabellón, aunque sí produjeron Superman IV, una de las 35 películas (han leído bien: 35) que la Cannon lanzó en 1987. La cúspide de esa locura fue el contrato que firmaron en el festival de Cannes de 1985, en la servilleta de papel de un restaurante, con Jean-Luc Godard (el salto de Norris a Godard es de categoría olímpica y nadie ha batido el récord todavía), para realizar una versión del Rey Lear de Shakespeare. El proyecto era de mojar pan y más pan hasta el reventón intestinal: el guión lo firmaría precisamente Mailer y los intérpretes serían, agárrense, Marlon Brando y Woody Allen. El caso es que la película se llevó a cabo en 1987, sin Brando ni guión de Mailer (ni de nadie) pero con el escritor y Allen en el reparto; cuando vieron el resultado, Golan y Globus debieron agradecer no estar en un ático.

El documental de Mark Hartley sigue cronológicamente la carrera de Golan & Globus desde sus inicios, con profusión de tráilers e imágenes, un generoso puñado de testimonios y múltiples anécdotas. Nada se jerarquiza en el universo Cannon: todo vale, todo tiene su sentido y su significado en esa gran fábrica de todo a cien que, curiosamente, también el año pasado dio origen a otro documental gemelo, The Go-Go Boys: The Inside Story of Cannon Films, dirigido por Hilla Medalia. Hartley ya había realizado previamente dos documentales de este estilo sobre cinematografías estratosféricas: Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008), un repaso a fondo de la edad dorada (años 70-80) del cine australiano de género, y Machete Maidens Unleashed (2010), sobre el rugiente cine filipino de acción. Ambas películas contaban con las presencias de otros entusiastas del celuloide extremo: en la primera, además de muchos cineastas australianos señeros, Quentin Tarantino, verborrágico dando cuenta de su rendida admiración por Stone (1974), Long Weekend (1978), Next of Kin (1981) y todas las películas de Brian Trenchard-Smith; Corman, Dante o Landis en la segunda. Precisamente la pasión de Hartley por el cine de su país le llevó a rodar en vídeo evocaciones de varios de sus clásicos (Picnic en Hanging Rock, The Chain Reaction, Razorback…) y, en 2013, a rodar su primer largometraje de ficción, el remake de Patrick (1978), de Richard Franklin, protagonizado por Charles Dance y Rachel Griffiths. Un remake en verdad solvente: elegante, de personal atmósfera, con impecable sentido de la tensión e inquietante partitura del prolífico Pino Donaggio. Con este tan atractivo y sanguíneo bagaje empapado de cinefilia, no se descarta que Hartley nos sorprenda en el futuro con un carrerón.

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