La podredumbre de la Meca

fuerza mayor

2015 aún no ha llegado a la adolescencia y ya nos ha regalado, cuanto menos, dos escenas memorables. La primera, en orden de llegada a cartelera, pertenece a Fuerza mayor, la magnífica película de Ruben Östlund que nadie debería perderse. Más o menos al cuarto de hora de proyección, cuando ya conocemos a la feliz familia protagonista (matrimonio y dos hijos, de vacaciones cortas en una estación de esquí alpina), un plano general ilustra la terraza del restaurante donde desayunan una mañana muy soleada, con una vista fantástica de la montaña nevada al fondo; de repente, todos los presentes se asombran al ver una avalancha y los móviles empiezan a registrar el bello espectáculo, hasta que el asombro deriva en pánico porque el alud se acerca, se acerca y se acerca más, y prácticamente todo quisque sale por pinreles. La pantalla se queda en blanco por el polvo de la nieve, se hace el silencio y poco a poco recobramos la visibilidad, la gente retorna algo desconcertada a su lugar, uno de los retoños pregunta “¿dónde está papá?”… Un solo plano, largo y cargado de electricidad, de emoción contenida. El caso es que algo ha pasado con el padre, lo hemos podido ver aunque no se ha hecho énfasis del incidente, y ese plano general no únicamente es brillante por su composición y su controlada fuerza dramática, sino porque, al minuto lo confirmamos, será el detonante del conflicto que centrará el resto de la película.

La otra gran escena la protagoniza Julianne Moore en Maps to the Stars, de David Cronenberg, donde encarna caricaturescamente a una actriz en proceso de declive que desea interpretar el remake de una película que protagonizó su madre, una actriz legendaria, pero el papel acaban dándoselo a otra. En un momento dado, y no entraremos en más detalles para no estropear la función a futuros espectadores, Moore recibe, en su mansión, la noticia del fallecimiento por accidente de un niño, noticia que viene acompañada de otra que la beneficia; de inmediato, Moore sale al jardín canturreando y dando saltos de alegría por lo que comporta esa tragedia, ¡la muerte de un niño! Ya desde los tiempos del cine silente, cuando Hollywood se mira al espejo acostumbra a no encontrarse guapo, y docenas son las obras significativas ambientadas en la Meca del cine que han escupido veneno sobre la hoguera de sus vanidades. Pero es posible que nunca a través de los tiempos haya alcanzado la autocrítica tan alto grado de ferocidad como en esa escena despiadada y depredadora de Maps to the Stars, película por la que además de la Moore circulan otras criaturas de elevada monstruosidad. La sustancia es de culebrón, con drogas, incesto, envidias, famoseo infecto, niñatos mocosos que ya se creen dioses por eventuales éxitos, gurús cantamañanas de la autoayuda y algunos fantasmas como proyección de múltiples conciencias averiadas. Maps to the Stars, pues, se añade a la larga lista de películas que nos recuerdan que Hollywood quizás sí es la fábrica de sueños, pero siempre de puertas afuera; de puertas adentro, no es más que una fábrica de maelströms. El cineasta canadiense pone la mirada, que es pertinentemente glacial y ecuánime, pero la chicha procede del talentoso guionista Bruce Wagner. Wagner conoce a la perfección los entresijos de la industria, entre otras cosas porque había sido chófer de limusinas (como Robert Pattinson en la película) y la oreja la debía tener bien conectada. No es precisamente nuevo en esta plaza: en 1990, Paul Bartel realizó, a partir de un guión suyo, Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills, una sátira excéntrica y vitriólica sobre la clase pudiente en la que ya se detectaba el gusto del escritor por los personajes disfuncionales y aun los fantasmas. Wagner, que es un fanático de El crepúsculo de los dioses (1950), de Billy Wilder, confiesa que la idea de los fantasmas se la inspiró el personaje de William Holden en aquella película, el fiambre que nos cuenta con palabras la historia.

Y ya que hemos traído a colación la conjunción de Hollywood, Wilder y Holden, no está de más señalar la reciente edición de A Contracorriente, en Blueray y DVD, de la testamentaria Fedora (1978), la penúltima película (y última obra maestra) del autor de El apartamento (1960). Fue un fracaso comercial inmerecido, pero hoy resplandece como fascinante canto de cisne del clasicismo. Un relato de Tom Tryon, filtrado por la aguda pluma de Wilder y su colega I. A. L. Diamond, sobre el fin de una era dorada del cine, expuesto como un cuento de horror gótico (la recóndita e inaccesible Villa Calypso en Corfú, donde un mad doctor en toda regla ha creado su criatura frankensteiniana con perfume de glamur). Hollywood seguía sin verse guapo en sus reflejos: “Había 63 espejos en la casa –dice Fedora–, pero dadas mis condiciones sobraban 63”. A diferencia de la película de Cronenberg, la crueldad en Wilder está teñida de romanticismo, un romanticismo de alta graduación arropado por la partitura magistral y no menos testamentaria de Miklos Rozsa.

Anuncios