Las películas soñadas

day the clown cried

En la primavera de 2012, Desirée de Fez y Ángel Sala me invitaron a colaborar en el libro colectivo Neoculto, editado por Calamar Ediciones y presentado en el festival de Sitges de aquel año. El encargo consistía en un texto más o menos extenso sobre el VHS, unas breves reseñas de películas susceptibles de formar parte de esa escurridiza etiqueta a la que llamamos cult movie y, para el apéndice de la publicación, en el que participaron algo así como un centenar de especialistas, mis cinco películas favoritas de la susodicha modalidad. Quise diferenciar en esa selección lo que para mí es una película de culto canónica y consensuada (Plan Nine from Outer Space, 1958), una de nivel superior en su impronta digamos intelectual (Los asesinos de la luna de miel, 1969), otra exclusiva de nuestra geografía (El extraño viaje, 1964) y otra estrictamente personal, mía y únicamente mía, Santo contra los asesinos de la mafia (1970), a la que tengo, muy por encima de la de Ed Wood, por la peor película de la historia (y una de las más desternillantes, por descontado involuntariamente). Sí, queda una quinta. Esa quinta fue Fear and Desire (1953), y si la puse en la lista fue por ser el prototipo de cult movie legendaria por su invisibilidad. Por desgracia (aunque es una suerte), pocos meses después esa elección dejaba de tener sentido porque el primer largometraje de Stanley Kubrick, sesenta años después de su producción, veía la luz pública por primera vez.

Fear and Desire pertenece a esa familia de películas de grandes maestros del cine que permanecen ocultas una eternidad por razones de diverso orden. Fruta prohibida durmiendo en un injusto purgatorio a la espera del primer mordisco, que tal vez tarde tanto en llegar que ya no la podamos saborear en este mundo. Cuando finalmente alguna, como la de Kubrick, se libra de la maldición y nos la podemos llevar a casa, se dispara un raro estremecimiento. No sabes si ponerla ya en el aparatado DVD antes de quitarte los zapatos o dejarla reposar unas horas, unos días o semanas, demorar un poco más la epifanía después de tantas décadas de espera. Una vez vista, puede ser que salgas hecho puré por el comprensiblemente inflamado nivel de expectativas: Fear and Desire es muy buena, de acuerdo, pero sólo un esbozo de lo que ha de venir en el futuro; ráfagas de talento las hay, qué duda cabe, pero no están a la altura, etc. Y lo peor de lo peor: ya no podrás nunca más soñarla. Antes de Fear and Desire estuvo el Don Quijote de Orson Welles, y poco después We Can’t Go Home Again, de Nicholas Ray, y otra vez Welles con su mediometraje Too Much Johnson. Welles es particularmente reincidente en este negociado: The Other Side of the Wind es una de las dos más grandes películas soñadas por mí. La otra, sin pestañear: The Day the Clown Cried, de Jerry Lewis.

Con motivo del setenta aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, la revista Caimán. Cuadernos de cine publica este mes tres excelentes reportajes sobre tres directores que se aproximaron al tema del holocausto: Billy Wilder, Alfred Hitchcock y Jerry Lewis. Jean-Michel Frodon es uno de los pocos seres humanos afortunados que ha logrado ver The Day the Clown Cried (o tal vez sólo la ha soñado) y nos lo cuenta, nos la cuenta, en ocho páginas de la revista que valen un potosí. Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, haber salivado, a comienzos de los años setenta, viendo las fotos del rodaje en La Vanguardia y Fotogramas, y prometérmelas felices: qué gustazo, dentro de un año, día más día menos, ya tendremos una más del genial cómico. Pues nada, han pasado más de cuarenta años y seguimos esperándola. Problemas financieros, custodia de los rushes rodados y una compleja telaraña de asuntos legales congelaron el filme. Los derechos del guión, propiedad de Joan O’Brien, tentaron después, según cuenta Frodon, a otros productores a rodar una nueva película, pensando en Richard Burton primero, en Robin Williams años más tarde. Proyectos que quedarían en agua de borrajas, bloqueando todavía más (¿definitivamente?) la obra de Lewis.

Lewis se adelantó 25 años a Roberto Benigni estableciendo la relación entre la risa y el horror del genocidio nazi. En la película, el cómico interpreta a un payaso alemán encargado de entretener a los niños judíos antes de ser llevados a la cámara de gas. ¡Toma castaña! Frodon constata lo que ya intuíamos: que The Day the Clown Cried para nada es una película divertida, al contrario, “es una de las películas más tristes que haya visto”. El crítico la define como “un cuento muy negro” (cita a los hermanos Grimm y cita Hansel y Gretel), y atribuye su originalidad y su fuerza a su “mezcla de violencia, gags, negrura, sentimentalismo y dulzura”. Es evidente que The Day the Clown Cried es una película que debería verse ya, como patrimonio de la humanidad al que todos tenemos derecho. Y el adverbio que insinúa urgencia no obedece tanto a la ganas que todo lewisiano tiene de verla como a una razón crucial: a diferencia de The Other Side of the Wind, su autor está hoy vivo, lúcido y, como actor por lo menos, todavía activo a sus casi noventa años; nadie como él, pues, para dar el visto bueno, la bendición, a la copia que deberíamos degustar. De momento, mientras seguimos soñando, el aperitivo está en Youtube: un making of y algunas escenas del clown en acción.

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