Cosas del tío abuelo Oscar

Too Late for Tears

1: Mejor película…. “Boyhood”

Tras surcar el viento tan arriba, tan arriba, al ritmo de sus reconocimientos por doquier, Birdman tocó el cielo. Se llevó cuatro Oscar, los dos más preciados (película y director) entre ellos. Muy bien por la obra maestra de González Iñárritu, aunque muy mal por el arrinconamiento de Boyhood. A este bloguero le entusiasman las dos, pero si tuviera que votar (película y director), sin asomo de duda votaría la de Linklater. Birdman es brillante, arrolladora, inteligentísima en su desarrollo narrativo, pero Boyhood consigue algo mucho más difícil, atrapar la vida en toda su plenitud sin recurrir a la truculencia; sus imágenes son tan puras como las primeras tomas de los Lumière y la delicada transparencia con que registra el gesto cotidiano sólo tiene parangón si nos remontamos a Renoir u Ozu. Dicho en otras palabras: a mí me vuelve loco Brian De Palma, pero siempre le rogaré que se ponga a la cola si en la fila está John Ford.

2: Un olvido imperdonable

Cada año pasa lo mismo: viendo el apartado de los obituarios en la gala de los Oscar, que este año fue muy arty, te llevas de sopetón una sorpresa (desagradable, claro está). En mi caso fue Jimmy T. Murakami. No sabía que había muerto, o tal vez se me había olvidado (aunque lo dudo, porque el tipo me caía muy bien, incluso personalmente: en el 2000 estuvo en Sitges y parecía la mar de majo). Murakami fue el director de Los siete magníficos del espacio (1980), la deliciosa serie B producida por Roger Corman que hibridaba el clásico de John Sturges (con el mismísimo Robert Vaughn en el reparto) con la parafernalia galáctica de George Lucas. Pero Murakami era esencialmente un estupendo animador, y como tal nos ofreció Cuando el viento sopla (1986), conmovedora fábula sobre dos viejecitos (voces de Peggy Ashcroft y John Mills, nada menos) que asisten al fin del mundo, y una grata nueva versión de Cuento de Navidad (2001). Si lo de Murakami fue una sorpresa desagradable por presencia inesperada, lo de Lizabeth Scott fue desagradable, de juzgado de guardia, por inesperada ausencia. Lizabeth Scott falleció el pasado 31 de enero, a los 92 años, y se olvidaron de ella. No es problema de calendario, porque Louis Jourdan murió el 14 de febrero y sí salió en el repaso de ilustres fiambres. Lizabeth Scott, rubia rubísima, de fuerte temperamento y voz rauca, fue una gran dama del cine negro, el género de su vida. No tuvo el fulgor ni el aura mítica de Ava Gardner, Barbara Stanwyck o Rita Hayworth, pero andó sobrada de atractivazo y glamur y cuando se terció fue femme fatale tan deletérea como Gene Tierney en Que el cielo la juzgue (1945). Deslumbró en El extraño amor de Martha Ivers (1946), precisamente junto a la Stanwyck, a la que siguieron, entre otras, Callejón sin salida (1947, con Bogart), Al volver a la vida (1948, con Lancaster y Kirk Douglas), las extraordinarias y poco conocidas Pitfall (1948, con Dick Powell) y Too Late for Tears (1949, con Dan Duryea) o Ciudad en sombras (1950, con un jovencísimo Charlton Heston). Se despidió del cine en 1972, con una apropiada comedia criminal, Historias peligrosas, protagonizada por Michael Caine y Mickey Rooney (a éste no lo olvidaron en los obituarios).

3: Ni sonrisas ni lágrimas: ¡Viva Nicholas Ray!

El homenaje que se rindió a Sonrisas y lágrimas con motivo del cincuentenario del célebre musical, con imágenes del filme, popurrí de Lady Gaga y presencia de la venerable Julie Andrews, fue muy bonito, pero obedece al autobombo de la Academia, que cada día se mira más el ombligo. Antes cabían audacias mayores. Un ejemplo: la ceremonia celebrada el 11 de abril de 1983, que Garci debe recordar muy bien porque fue el año en que Volver a empezar se llevó la estatuilla. En la pantalla del Dorothy Chandler Pavilion apareció una secuencia de Sangre caliente (1956), joya olvidada del gran Nicholas Ray, y acto seguido salió al escenario, para presentar el Oscar al mejor maquillaje, su pareja protagonista, los veteranos Cornel Wilde y Jane Russell. Eso, al cinéfilo purasangre le pone mucho más que el Edelweiss de Stefani Joanne Angelina Germanotta.

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