Disparad, malditos, disparad

silvered water

1: Clint el (desconcertante) solitario

El primer rasgo de originalidad de Clint Eastwood es que jamás ha escrito ni siquiera coescrito ningún guión de sus películas y, sin embargo, es impepinable que hay en ellas un sello personal, la voz de un auteur con todas las de la ley. Podrán ser sus obras encargos o, en tiempos pretéritos, productos alimenticios que le mantuvieran en el podio de la fama, pero lo que está claro es que ha tenido el privilegio de poder elegirlas con plena libertad: Eastwood hace las películas que le apetece hacer, aquellas en cuyos guiones detecta algo que le conviene a su pensamiento. Y ahí viene el desconcierto: ¿cuál es su pensamiento? ¿Liberal, conservador, directamente derechista? Sus películas saludan sin monsergas cuatro o cinco cosas que están en el riego sanguíneo del cine americano clásico desde los años dorados de Griffith: la leyenda y la épica, la fuerza del individualismo frente al poder, la melancolía derivada de un mundo que perdió sus valores tradicionales, la inquebrantable dignidad del loser, etc. Es decir, unas gotas de Ford, unas gotas de Capra, unas gotas mezcladas de Huston y Peckinpah…  Con estas cartas boca arriba sobre la mesa, el tópico de que Eastwood es el último de una estirpe ya sin descendencia posible es una absoluta realidad. Y el hecho de que algunas de sus películas parezcan exaltación y otras desmitificación es donde anida la ambigüedad o aparente contradicción ideológica de su pensamiento, desplegado igualmente en sus actuaciones: por si no había quedado claro que Harry Callahan podía tener su lado oscuro, ahí quedó como prueba concluyente su personaje de En la cuerda floja (1984); ¿puede haber dos tipos tan antitéticos como el tuberculoso cantante de El aventurero de medianoche (1982) y el militar de El sargento de hierro (1986)? Este escurridizo talante alcanza su más alto nivel de controversia en su último trabajo, El francotirador, el retrato (¿el panegírico?) de Chris Kyle, el miembro de los Navy Seals que se cargó a casi doscientos iraquíes con su fusil. Un héroe nacional, claro está. Y no hay nada en la mirada de Eastwood que contradiga esa realidad. ¿Una película fascista? Discutible. ¿La película de un fascista? En absoluto: alguien que antes de abordar la figura de un asesino legal abordó la de un Premio Nobel de la Paz nunca deberá ser tachado de fascista. Lo que a Eastwood le fascinó de este personaje es, otra vez, la leyenda (así le llamaban a Kyle: la Leyenda). El protagonista, que es de Texas y cowboy, tiene en su columna vertebral las esencias del western. Su obsesión por cazar al francotirador iraquí que se le resiste, un rival tan infalible como él, es la misma de Harry Callahan por liquidar a Scorpio. De ser todavía joven, no cabe la menor duda de que el propio Eastwood habría encarnado a Kyle. El francotirador, en fin, es una obra quintaesencialmente eastwoodiana, espléndidamente fabricada aunque necesariamente monótona y reiterativa (del frente al hogar y del hogar al frente, y así hasta cuatro veces), con una puesta en escena muy cuidada, planos de honda elocuencia y soberbio control de las elipsis. Para zanjar la polémica ideológica, el cineasta debería rodar, como hizo con la toma de Iwo Jima, otra película desde el punto de vista contrario: un biopic del francotirador iraquí, aunque por lo leído en los papeles estos días, este sujeto, Mustafa, aunque al parecer existió (y obtuvo medalla olímpica como tirador), toma en la película un protagonismo que no tuvo en los hechos verídicos.

2: La película que hay que ver… con los ojos cerrados

Francotiradores como los del filme de Eastwood los hay también, a puñados, en las apocalípticas calles de Homs, como vemos en Silvered Water, el estremecedor documental que firman Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan. Aquí no hay filtro ficcional que rebaje, deforme o mixtifique el horror indescriptible de la barbarie, todo es tan real como esas mil y una imágenes rodadas en directo por sirios con sus cámaras domésticas o teléfonos móviles: un rosario de sangre, cadáveres, torturas, mutilaciones, etc. El valor testimonial de esas imágenes ya sería suficiente para considerar Silvered Water una obra necesaria y útil, pero su estructura y  vocación ensayística elevan todavía más su interés: el diálogo entre Mohammed y Simav, explícitamente inspirado en el clásico de Resnais Hiroshima mon amour (1959), y un gusto muy godardiano por analizar el sentido de las imágenes, leerlas a conciencia (el plano del chico humillado y apalizado y la bota del soldado); un amor muy puro, en definitiva, por el gesto de filmar, hacen apasionante esta película por mucho que su crudeza cause profundas heridas en nuestra conciencia.

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