¡Un Oscar para Takahata!

el cuento de la princesa kaguya

Este año, entre los cinco largometrajes de animación nominados al Oscar figura una película, El cuento de la princesa Kaguya, del veterano (ochenta años cumplirá en octubre) Isao Takahata, compañero de fatigas de Hayao Miyazaki, algo más joven que él (cumplió 74 el mes pasado). Miyazaki ya obtuvo una estatuilla por El viaje de Chihiro y precisamente acaba de recibir, juntamente con Maureen O’Hara y Jean-Claude Carrière, el Oscar honorífico de la presente edición (seguramente, en la ceremonia que pronto veremos, a estos tres venerables primeras espadas se les concederá un escaso minuto de atención cuando, en otros tiempos más felices, el Oscar honorífico constituía el clímax de la gala). Takahata se lo merece no ya por la calidad de la obra en concurso, una rotunda pieza maestra, sino porque ya toca: su carrera es un manantial de grandes logros, de maravillas catedralicias. Echó a andar en 1963, en televisión, en una serie en la que ya contó como diseñador gráfico con Miyazaki, con quien en 1985 fundaría Studio Ghibli, el templo de la animación nipona. También comparecería Miyazaki en los dos primeros hitos de Takahata, el largometraje La princesa encantada (1968), una fantasy jovial de espadas y hechizos rebosante de imágenes memorables (el gigante de piedra, el mamut de hielo…), y la imperecedera Heidi (1974), esencial punto de referencia e inflexión del anime y fuente nutricional de un buen puñado de generaciones de niños.

Takahata tocó techo en 1988, con La tumba de las luciérnagas, una de las películas más tristes y conmovedoras de la historia. “El día 21 de septiembre de 1945 yo morí”, dice al principio la fantasmal voz en off del joven protagonista. Lo que no dice es que unos días antes también murió su hermana pequeñita, tan dulce, alegre e ingenua como la misma Heidi. La caída de Japón y los estragos y secuelas de la guerra (hambre, enfermedad y muerte) se ceban en estas dos criaturas puras e inocentes a través de una odisea infernal, tintada en negro y rojo, como La guerra de los mundos, pero de una belleza trémula apabullante. Es una obra realista y cruda, agónica, necesariamente fúnebre, que Takahata concibe desde un humanismo sin coartadas, apelando no tanto al sentimiento del espectador como a su conciencia. A una altura aproximada a la de La tumba de las luciérnagas cabe situar otras cúspides del cineasta japonés. Por lo menos cuatro: 1) Recuerdos del ayer (1991), con sus colores cálidos y estivales, es la menos obvia de sus obras maestras por la delicadeza de su concepto, pero una sobresaliente meditación sobre contrarios (vida urbana/vida campestre, pasado/presente), rebosante de genuina nostalgia y fino sentido de la observación: la escena de la familia sentada en la mesa degustando por primera vez una piña contiene una visión de la vida doméstica muy aguda. 2) Pompoko (1994), brillante fábula ecológica de filiación miyazakiana (no en vano es Miyazaki el autor de la idea original), confronta a unos mapaches, o tanukis, con los desalmados humanos que deforestan su territorio natural para levantar una moderna urbanización, y recurre a la magia como arma de combate: los tanukis tienen el don de metamorfosearse y lo emplean para sabotear sistemáticamente al enemigo. La moraleja de esta película cargada de discurso (político: terrorismo contra sistema) es inquietante: la supervivencia pasa por la integración de los animales en la sociedad bípeda. 3) Mis vecinos los Yamada (1999) sorprende por el cambio de registro de Takahata. Como sea que se inspira en un manga de Isaichi Ishii, el director apuesta por la estética del comic strip, relegando la imagen, esencialmente blanca, blanquísima, al trazo esquemático de personajes y decorados, que con cuatro líneas certeras quedan más que definidos. Una ligerísima acuarela para el retrato de una familia japonesa tradicional (abuela, padre y madre, hijo e hija menores de edad) más o menos adaptada a la vida moderna. La profundidad psicológica de este retrato, estructurado en una serie de sketches de humor hilarante, y el ojo clínico con que se observan conductas y situaciones cotidianas de todo orden, son sencillamente extraordinarios. Un peliculón a reivindicar hasta rajarnos las cuerdas vocales.

Y 4) El cuento de la princesa Kaguya (2013), la hasta ahora última joya del autor y la película más larga (137 minutos) en la historia de los estudios Ghibli. Pudo verse el pasado octubre en el festival de Sitges y el próximo mes Vértigo Films la edita en DVD y Blu-Ray. En esta historia preciosa, recreación de una antigua leyenda del folklore japonés, el pincel de Takahata, empapado de noble artesanía, alcanza plena madurez y una serenidad expositiva digna de maestros de la talla de Ozu o Naruse. Una vez más, lo que el animador nos cuenta con toneladas de melancolía es la vida, en toda su amplitud y complejidades, y su clausura, la muerte, ejemplificadas en escenas tan emotivas como la del bebé que, siguiendo a unas simpáticas ranas, pasa de gatear a dar sus primeros pasos, o la mágica secuencia final, con un plano poético que Pasolini definiría como “la Tierra vista desde la Luna”. Muchos fans de Takahata pronostican que El cuento de la princesa Kaguya será su última película, de la misma manera que El viento se levanta parecer ser la última de Miyazaki. Ojalá no fuera así, pero, de serlo, no cabe imaginar un final de trayecto tan apasionante, tan redondo. Por favor: ¡Un Oscar para Takahata!

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