El arquitecto, el pintor y maese Tarantino

10.000 kilómetros

1: Galardones

Es poco menos que un insulto a la grandeza del séptimo arte que unos premios cinematográficos lleven el nombre de un pintor y otros el de un arquitecto. En la web oficial de los Goya, la Academia justifica el desatino con argumentos tan peregrinos como que “resultaba un nombre corto y semejante a los de los Oscar o César” (y pregunto yo: ¿por qué tiene un premio que coincidir silábicamente con otro?) o que el ilustre artista “había tenido un concepto pictórico cercano al cine y varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial”. No cuela. Vamos a ver: cuando los Goya se entregaron por vez primera, en marzo de 1987, Luis Buñuel llevaba ya casi cuatro años criando malvas, y nadie dudará que él era y sigue siendo el cineasta español más importante de todos los tiempos, un genio de fama mundial, a la altura de los más grandes maestros. No podía haber otro nombre que Premios Buñuel. Con un busto del autor de Viridiana relleno de licor de melocotón de Calanda, al que se accedería sacando y poniendo el sonotone de la oreja. En fin… (Inciso: once años más tarde, en 1998, el festival de cine de Huesca creó el Premio Luis Buñuel, que cada año homenajearía a un destacado miembro de la profesión; Borau fue, muy pertinentemente, el primero en obtenerlo aquel año).

El cine catalán lo tenía más crudo a la hora de dar con su apellido más significado, y ahí quedó el de Gaudí como remedio. Pero tampoco cuela. En este caso lo más sensato habría sido recurrir al pionero, a nuestro equivalente de Lumière: Premis Gelabert, que además suena muy bien. Y para rellenar el busto, aromes de Montserrat, por supuesto, a los que se accedería, a falta de sonotone, abriendo un pequeño grifo sito en la nariz. Estos Gelabert llamados Gaudí celebraron en la noche del pasado domingo día 1 su séptima edición, en una gala presentada, como el año anterior, por un Àngel Llàcer de indiscutible savoir faire escénico que electrificó la ceremonia y nos brindó algunos momentos brillantes, entre ellos el encuentro con su otro yo, un formidable Carlos Latre. La noche discurrió sin particular acento político: el president Mas, presente en la gala, no tuvo que forzar la sonrisa porque no se lanzaron dardos con veneno. Isona Passola, la presidenta de la Acadèmia del Cinema Català, hizo un discurso largo, larguísimo, agotador incluso para ella, que en un punto coincidía con los que a diario hace Rajoy: que este 2015 va a ser el año del crecimiento, de la plena recuperación en materia de audiovisual catalán. Ojalá sea así.

Poca cosa que reprochar a los premios concedidos. Ganaron por goleada dos de las mejores películas del año para mí (ambas las voté para la revista Fotogramas entre mis cinco favoritas españolas): El Niño (siete Gelabert) y 10.000 kilómetros (cinco). Y es sano que se hayan repartido estos doce galardones entre una superproducción impecable en todos sus apartados, la de Daniel Monzón, que es genuino cine de género sin coartadas, y una película de low cost, minimalista, altamente creativa, la de Carlos Marques-Marcet, que habla el lenguaje de hoy (el chat o el e-mail como fuente primordial de nuestras relaciones) sin obliterar los registros expresivos de ayer: la extraordinaria primera escena, puro melodrama clásico. 10.000 kilómetros obtuvo el premio a la mejor película de habla no catalana, pero el de mejor largometraje hablado en catalán se lo llevó Rastres de sàndal, una obra atractiva y estimable, pero notablemente inferior a Born o Stella cadente, que en rigor se lo merecían por méritos mayores.

Seis días después (sábado sabadete día siete) llegaron los Buñuel llamados Goya. Arrasó, con diez bustos de don Francisco, La isla mínima, de Alberto Rodríguez (sin ánimo de ponerme medallas, ésta también la voté entre las cinco para Fotogramas), en una ceremonia muy lucida y amena, con escasos bajones y prácticamente despolitizada (el ministro Wert, en el patio de butacas, sólo recibió palos, muy flojitos, por lo del 21% del IVA). Dos cosas a destacar: 1), que Dani Rovira, el atribulado protagonista de Ocho apellidos vascos y presentador de la gala, es una fiera: simpático y divertido, ingenioso, locuaz y original (lo de los tráilers de pelis híbridas rompía moldes), tuvo la virtud, además, de comparecer más del doble de veces de lo que es habitual en un maestro de ceremonias, con lo cual la felicidad entraba por nuestros poros cada diez minutos más o menos, y 2) que ya fuera entre los vencedores o entre los vencidos, se respiraba un aire de placer y pasión por hacer y ver cine, por vivir en el cine, que no sólo subrayaba el buen estado de salud de la presente cosecha, de las mejores en los últimos años, sino que apuntaba hacia el futuro inminente: contra la crisis, la imaginación al poder.

2: Momentazos Tarantino

De la mano de Quentin Tarantino, Michael Parks ya había demostrado sus dotes para esculpir personajes extravagantes. Ahora repite, después de Red State, con Kevin Smith en la sarcástica comedia de terror Tusk. Dos escenas protagonizadas por Parks (en una composición inquietante, sedosa y a la vez siniestra) poseen una dimensión tarantiniana de gran alcance. Una, la larga, larguísima conversación con su invitado Justin Long (cautivo ya del anfitrión todavía sin saberlo), en la que como un viejo lobo de mar cuenta historias terribles con la figura de la morsa, esencial en el posterior desarrollo de la trama, como protagonista. Brillante diálogo, casi monólogo. La otra, en el porche de una cabaña, es la charla trufada de humor, más burlesco esta vez, entre Parks y un Johnny Depp caracterizado y abducido por el alma del inspector Clouseau. Tusk se ha estrenado cuatro semanas después de la muy fulleriana y reivindicable película de guerra Corazones de acero, que transcurre casi íntegramente en el campo de batalla. El casi es nada menos que una secuencia dilatadísima (media hora aproximadamente) en el interior de un piso modesto en el que están una mujer alemana y su prima y al que llegan primero el maldito bastardo Brad Pitt  y un soldado, poco después el resto del pelotón. Hay en esa secuencia extraordinaria distensión y tensión, una historia de amor, violencia dialectal, comida y bebida, desafíos entre la tropa, brotes de salvajismo y destellos de humanidad, un soplo de locura, una cámara fluida y un control potentísimo del tono y el ritmo interior. Las películas de Smith y David Ayer ponen de manifiesto que el cine de nuestros días ha absorbido, de modo natural y transparente, el factor Tarantino. El autor de Pulp Fiction ya no es una influencia: es una nueva manera de respirar, que ha tomado asiento en la ficción moderna con un arte al que Pere Calders denominaría invasió subtil.

Anuncios