¡Bienvenido Mr. Mickle! (y ¡hasta siempre, Mr. Taylor!)

el tiempo en sus manos

1: Un cineasta “à suivre”

Descubrir a John Mickle es como volver al pasado, treinta y tantos años atrás, cuando paladeábamos cada nueva película de Walter Hill, de John Carpenter o del primer Michael Mann, el de Ladrón (1981). Mickle es de esa raza, la de los neoclásicos que aman el cine de género puro y lo abordan con respeto y admiración pero sin necesidad de ponerse guantes para no mancharlos: Mickle salvaguarda el espíritu y las buenas formas y redimensiona códigos y texturas. Hasta la fecha, ha realizado cuatro largometrajes: Mulberry Street (2006), Stake Land (2010), We Are What We Are (2013) y Frío en julio (2014), todos ellos escritos en colaboración con Nick Damici (también actor, presente en los cuatro títulos) y fotografiados, estupendamente fotografiados, por Ryan Samul. Los tres primeros se inscriben en el cine de terror tradicional, el cuarto es un film noir seco y desasosegante. Mulberry Street y Stake Land se sumergen en el terror apocalíptico, ofreciendo un panorama de plagas que convierten a los humanos en seres sedientos de sangre. En Stake Land se habla de vampiros y, sí, tienen colmillos y se les combate con una estaca clavada en el pecho, pero la iconografía de la película es tal cual la de las películas de zombies canónicas, similar a la coetánea serie The Walking Dead: las carreteras, los grupos humanos supervivientes itinerantes, los pueblos sellados, etc. No es una mala película (está estupendamente rodada y planificada, netamente carpenteriana en muchos tramos), pero la primera gran película de Mickle es We Are What We Are, un remake muy libre de la película mexicana de Jorge Michel Grau Somos lo que hay (2010), que era algo así como un film de George Romero filmado por Arturo Ripstein. Mickle cambia el sexo de los protagonistas y se queda sólo con el esqueleto argumental, que traslada a la América rural y profunda y profundamente religiosa. Es una película tremenda y acongojante, en muchos aspectos comparable a La matanza de Texas (1974), aunque el horror y la brutalidad están medidísimos: importa mucho más la atmósfera, lóbrega y siniestra hasta decir basta, y lo sugerido que lo explícito. Mickle es un cineasta elegante, cualidad que vuelve a demostrar en Frío en julio, otra exploración de la vieja y arcaica América con una trama zigzagueante: empieza como una variación de El cabo del miedo (1991), con un soberbio Sam Shepard esculpiendo un ogro tan aterrador como Max Cady, y de repente muta en una suerte de western crepuscular con tres antihéroes prototípicos (Shepard el loser, el hombre corriente Michael C. Hall y el cowboy Don Johnson) y un marcado acento en la amistad viril (las escenas más emotivas son aquellas en que los protas comparten cervezas relajadamente), para concluir con un descenso a los infiernos (con presencia de las snuff movies) y un real enfrentamiento entre padre e hijo. La buena noticia es que Frío en julio se estrenó la pasada semana, We Are What We Are lo hará, Dios mediante, la próxima (Somos lo que somos) y Stake Land se puede encontrar en DVD editada por Versus. Vamos, que Mickle ya es nuestro.

 2: Inolvidable Chuka

Algunos crecimos con él. En la blanquinegra caja tonta de los años sesenta, en la época de El fugitivo, Rompeolas o Caravana, Rod Taylor fue el héroe de la serie de intriga Hong Kong (1960) y diez años más tarde coprotagonista, con Dennis Cole, de Bearcats, que aquí rebautizaron Dos contra el mundo; era una pintoresca serie sobre dos investigadores mercenarios que, allá por 1914, recorrían las carreteras montados en un Stutz Bearcat. En aquel tiempo nos hinchamos de ver películas de Rod Taylor en los cines de barrio. Nunca defraudaban. No, no se trata de sus contribuciones decisivas en obras de maestros (Hitchcock, Antonioni, Ford & Cardiff, Tashlin), sino de un cine de consumo sano y brillante, que hizo a nuestros ojos prodigiosa aquella década: entre otras, El tiempo en sus manos (1960), Nido de águilas (1963), Los pasos del destino (1964), 36 horas (1964), El liquidador (1965), Intriga en el Gran Hotel (1968), la portentosa Chuka (1967), que dicho sea de paso es la película favorita de mi primo Josep, de Olesa de Montserrat, Último tren a Katanga (1968), Nadie huye eternamente (1968), etc. Y dos títulos tan magníficos y tan olvidados como los demás. Uno, Los héroes están muertos (1968), donde se metía en un papel que le iba como anillo al dedo: el de un aventurero desclasado y cínico, bien acompañado por Claudia Cardinale. El otro, Más oscuro que el ámbar (1970), adaptación de una novela de John D. MacDonald en la que encarnaba al sabueso Travis McGee; el film es memorable por dos razones: por ser la última aparición cinematográfica de Jane Russell y por la escena final, la larguísima y brutal pelea entre McGee y el malo malísimo, interpretado por William Smith, el futuro y odiadísimo Falconetti de Hombre rico, hombre pobre. Taylor quizás no fue un gran actor, pero sí una presencia sólida y robusta, con rostro muy cinematográfico: el rostro del boxeador que fue en su juventud, el porte de guardaespaldas que yo exigiría si fuera astro del rock. Pero en todas estas películas lució como nadie. Taylor se despidió del cine aceptando la propuesta de Quentin Tarantino, que le quería a él y a nadie más que él para interpretar (un par de planos únicamente, pero muy emotivos) a Churchill en Malditos bastardos (2009). ¿Por qué Taylor? Conociendo el cerebro retorcido del maestro, podríamos conjeturar. Vamos a ver. En la película, Mélanie Laurent, que interpreta a Shosanna, se hace pasar por una tal Mimieux y es una heroína de la Resistencia, exactamente igual que la jovencita actriz Yvette Mimieux en Los cuatro jinetes del apocalipsis (1962), la obra maestra de Minnelli, asociación de apellidos sin duda surgida del magín de Tarantino. Pero, ¿no fue Yvette Mimieux la compañera de reparto de Rod Taylor en El tiempo en sus manos y en Último tren a Katanga? Feliz reposo, Chuka.

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