Que no nos quiten el “sense of wonder”

el séptimo hijo

De las películas que han descorchado el 2015 cinematográfico, es obvio que hay que ver Frío en julio (la próxima semana hablaremos del novísimo e interesantísimo Jim Mickle), Levitán y El jugador, pero también merece la atención una fantasía que a priori podía parecer otro innecesario relleno de pavo navideño y, sin embargo, resulta un manjar sabroso y reconfortante: El séptimo hijo. La concatenación de talentos en una sola película no siempre es sinónimo de garantía, pero aquí están conjuntados con armonía. Tomen nota. El guión lo firma Steven Knight, el autor de la reciente Locke (2014) y guionista de David Cronenberg en Promesas del este (2007). El diseño de producción corre a cargo del veterano maestro Dante Ferretti, creador de los decorados de muchas películas de Fellini y Scorsese, tres veces oscarizado y muchas más nominado. Tres Oscar tiene también el montador, Michael Kahn, los tres por obras de Spielberg, de quien es fiel colaborador desde hace décadas. Otro veterano, éste con dos estatuillas, John Dykstra, insigne creador de efectos especiales, de La guerra de las galaxias (1977) a Spiderman 2 (2004), pasando por Star Trek: La película (1979) o Lifeforce (1985), se responsabiliza de la magia visual. Y por último (pero no el último: luego hablamos de las dos vacas sagradas que dan la cara y el morro), el director, Sergei Bodrov, de quien recordamos gratamente Mongol (2007).

El séptimo hijo se inscribe en el género fantástico de espadas y brujería, que prácticamente no ha bajado la guardia desde su refundación en tiempos de Conan el bárbaro (1982). Su aspiración es la de competir en taquilla con otras obras-sagas (la tolkeniana-jacksoniana en cabeza) inspiradas en éxitos literarios, en este caso los libros del escritor británico Joseph Delaney, una serie iniciada en 2004 y que hasta la fecha ya lleva trece entregas. Dependerá del tirón taquillero que El séptimo hijo tenga continuidad como franquicia fílmica. El caso es que la película de Bodrov, pese a la confluencia de tanto genio en el apartado técnico, no se nos vende como un mamut o el rien ne va plus de la aventura digital. Es espectacular y brillante, sí, pero no babea ante sus logros, ni alarga más de lo necesario cada escena de acción. Se diría que no le interesa tanto plasmar las batallas del Bien contra el Mal como el proceso iniciático que conducirá a ellas, pues en el fondo ésta es una buddy movie más o menos tradicional. Un encallecido caballero experto en el exterminio de las fuerzas del mal recluta a su nuevo pupilo (el anterior, lo vemos en la escena introductoria, muere en acto de servicio y, por lo que se nos dice, parece que la lista de alumnos suyos fallecidos en las mismas circunstancias, es larga), lo entrena con dureza y ambos parten en busca de la bruja a exterminar. El recorrido es clásico y tiene el sabor de una película del Oeste (¿no era Mongol algo parecido a un western?): itinerario, acción, pausa, amistad, más itinerario, más acción, más pausa… El héroe veterano nos es presentado en una escena de taberna maloliente, demostrando sus dotes para la pelea, como tantos otros héroes en el tradicional saloon. La belleza del paisaje, muy bien descrito visualmente, nos remite directamente a Anthony Mann. El séptimo hijo, en fin, posee ante todo al alma del trabajo artesanal. En su reseña del film, Jordi Costa lo compara con las viejas y añoradas fantasías de Ray Harryhausen. Bienvenido sea siempre un pasatiempo con el sense of wonder tan bien afinado.

En la película hay brujas buenas y brujas malas. La peor, la mala malísima, es Julianne Moore, admirable por el sencillo hecho de no recurrir a las truculencias histriónicas de gran divo/diva en las que suelen caer tantos actores y actrices célebres en productos de este tipo; bastan sus miradas de áspid y el rictus sutil de sus labios para cincelar una villana de campeonato. El otro titán es, claro está, Jeff Bridges, que se limita (y con ello basta y sobra) a repetir el mismo registro de su Rooster Cogburn de Valor de ley (2010), cabalgando ahora con un adolescente en vez de con una niña: duro pero con corazón, curtido ya en todas las guerras, crepuscular pero todavía épico y… con la petaca siempre disponible en el bolsillo para ir dando lingotazos de tanto en tanto.

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