Liberty balance (2014)

el viento se levanta

1: Tres cielos

En una de las imágenes más bellas de un film rebosante de imágenes bellas, Jauja, Viggo Mortensen, tumbado sobre una roca en pleno desierto, contempla el cielo estrellado en un plano largo, larguísimo y sereno. Al principio de Boyhood, el todavía niño protagonista, también tumbado boca arriba, ahora de día y sobre césped, mira el cielo y a las nubes, otra imagen cargada de poesía celeste. El cielo es desde siempre un lugar muy querido de Hayao Miyazaki, y por supuesto está muy presente en El viento se levanta, su último largometraje, último quizás en sentido estricto, testamentario. Cielos imborrables hermanan pues estas tres películas, las tres obras maestras absolutas, redondas, estrenadas en 2014. Del clasicismo impoluto del maestro japonés en su propuesta más realista (aun sin renunciar a la fuga onírica puntual) al desafío estético y conceptual de Jauja, que podríamos describir como un western patagónico realizado por un John Ford que imitara a David Lynch imitando a Lisandro Alonso (quien acaba firmando la película), pasando por la maravillosa experiencia de ver crecer a un niño de la manera más natural (y conmovedora) en la obra de Richard Linklater. Henri Langlois decía que las películas de Ozu poseían algo extraordinario: “la pureza de la vida”; algo, según el ilustre francés, “inherente al cine americano”. Claro que sí: esa pureza de la vida, tirando del hilo hacia atrás, es la que hacía (y sigue haciendo) el encanto de Gentleman Jim (1942), de Raoul Walsh, o Steamboat Round the Bend (1935), de Ford, y que pervive, perdura en cada plano de Boyhood. Estas tres grandísimas películas demuestran que todavía hay vida inteligente y enorme talento creativo en el planeta Cine, pero no son las únicas que han colmado nuestro goce de espectadores este año.

2: Un menú rico y variado

Títulos de notable alto o directamente sobresalientes ha habido muchos en 2014. Citemos un puñado, más o menos la mitad de la rica cosecha para no cansar: Snowpiercer (Bong Joon-ho), 10.000 kilómetros (Carlos Marques-Marcet), Jimmy P. (Arnaud Desplechin), El amor es extraño (Ira Sachs), Joven y bonita (François Ozon), Her (Spike Jonze), El último de los injustos (Claude Lanzmann), Magical Girl (Carlos Vermut), Dos días, una noche (los Dardenne), A propósito de Llewyn Davis (los Coen), El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves), Ida (Pawel Pawlikowski), La imagen perdida (Rithy Panh), Hermosa juventud (Jaime Rosales), La isla mínima (Alberto Rodríguez), El congreso (Ari Folman), La mujer invisible (Ralph Fiennes), Locke (Steven Knight), El Niño (Daniel Monzón), Nebraska (Alexander Payne), El gran hotel Budapest (Wes Anderson) y Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch), la mejor película de vampiros de arte y ensayo desde The Addiction (1995), de Abel Ferrara. En este apartado habría que situar también una de las obras más brillantes del año en la creación de un espacio muy personal y una atmósfera sugerente: El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, ejercicio de estilo minimalista ambientado en un escenario único (un plácido lago, zona a la vez de amores furtivos y fugaces y crimen). En El desconocido del lago, las aguas cristalinas pasan a ser turbias y, poco a poco, el tono naturalista cambia y deriva en una suerte de thriller (muy lograda la figura insistente del delgado inspector de policía, la única criatura vestida del lugar), con inesperado desenlace y un plano final turbador, que perfectamente podría haber firmado el tailandés Apichatpong Weerasethakul. Admirable, en fin, la capacidad de Guiraudie para la elaboración de un ambiente persuasivo y original.

3: Veteranos en buena forma

Párrafo aparte para cuatro gigantes que este año que acaba han cumplido, respectivamente, 72, 79 y 84 (los dos últimos) años, y siguen indesfallecibles haciendo cine. El más joven, Martin Scorsese, estrenó El lobo de Wall Street, otra suculenta ración de cine histérico narrado con metralleta, en la línea de Casino (1995), con la mayor cantidad de cocaína por metro cuadrado jamás vista en una pantalla. Woody Allen, en Magia a la luz de la luna, nos ha regalado una deliciosa alta comedia, a lo Noel Coward, con un aire de Oscar Wilde en el personaje del descreído Colin Firth. Me atrevería a decir que la escena más sutil y elegante del año la atesora Magia a la luz de la luna. Es el momento del observatorio, donde se refugian los dos protagonistas mientras no cese la tormenta. Sentados en una banqueta, ella (Emma Stone), empapada, le pide un abrazo a él (Firth). Tras una breve charla abrazados, él confiesa tener sueño y se estira en la banqueta; una pequeña elipsis lo muestra tumbado y dormido al mismo tiempo que las piernas de ella cruzan por el encuadre: Stone está despierta, muy despierta y algo nerviosa, porque la llama del amor acaba de prender en ella; Firth, señorialmente dormido y relajado porque su corazón todavía no ha comenzado a latir por ella. A ver si eso no es Lubitsch, no es Leisen. Los octogenarios, en fin, Clint Eastwood (Jersey Boys) y Jean-Luc Godard (Adiós al lenguaje), siguen también en buena forma, aunque de la forma del segundo no hemos podido paladear su sentido cabal, pues la distribuidora decidió no estrenarla en 3-D.

4: I. F. I.

Un pequeño recuerdo: en este 2014 se han cumplido veinte años del fallecimiento de Ignacio F. Iquino, una máquina de hacer cine (como director, productor, guionista y cazatalentos) funcionando a pleno rendimiento durante medio siglo (de 1934 a 1984). Como realizador, Iquino supo estar en cada momento donde tocaba: comedia de enredo, cine religioso, folletín, cine histórico, melodrama taurino, policíaco barcelonés, panegírico de la Benemérita, parodia de agentes secretos, escudella western en Esplugues City y, ya en días de destape, melodramas eróticos desarmantes. Su superpoblada filmografía suele despacharse con un profundo desprecio por su calidad y un reconocimiento a su (impepinable) trascendencia industrial. Sin embargo, una obra como la suya requiere un juicioso análisis a fondo. Pues, al margen de que es imposible no divertirse con sus productos, pertenezcan a la modalidad que pertenezcan, algunos de ellos revelan a un director más inspirado de lo que apresuradamente dejan intuir. Las comedias de su primera etapa, por ejemplo, están muy bien dirigidas, con una conciencia clara del ritmo, del encuadre y los movimientos de cámara: el arranque sin diálogos de El difunto es un vivo (1941), una efervescente farsa de fingimientos propulsada por Antonio Vico (una dínamo de constante energía) y de la que el propio Iquino produciría un remake en 1955 bajo la dirección de Juan Lladó, con las tareas diarias del protagonista al despertar y el elegante recorrido por las habitaciones de su casa, no desmerecería firmado por Gregory La Cava. Y entre sus títulos más ignotos están también sus perlas a redescubrir, como Camino cortado (1956), un febril thriller de serie B de perfume clásico, con argumento y diálogos de Iquino, Alfonso Paso y José Luis Dibildos, cuya acción transcurre en un pueblo fantasma, Sant Romà de Sau, pocas horas antes de que las aguas de la presa lo conviertan en el famoso pantano de Sau. La alegre etapa que precede a su retiro, en fin, nos permitía montarnos tardes de estreno altamente estimulantes: por ejemplo, ir a ver Mujer entre perro y lobo (1979), de André Delvaux, y, después (o antes), Las que empiezan a los 15 años (1978). O La religiosa (1966), de Jacques Rivette, y, después (o antes), La basura está en el ático (1979). Decididamente, eran otros tiempos. Irrepetibles.

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