Sobre el gag visual (y IV): Tres inolvidables olvidados

ben turpin

1: Larry Semon

Larry Semon: otra de las máscaras egregias del cine cómico silente. De rostro enharinado, ojos siempre muy abiertos y larga nariz, dirigía o codirigía sus propias películas, participaba en la producción y era minucioso, maniático en los platós, megalómano. Stan Laurel y Oliver Hardy, que con frecuencia actuaron (por separado) con Semon, constataron lo extenuante que era trabajar con él. Conocido en España con los nombres de Tomasín en su época y Jaimito cuando sus éxitos volvieron a las pantallas tiempo después, Semon practicó un slapstick exacerbado, agresivo, ciclónico. No le importaba repetirse si un gag era de su agrado: en School Day (1920), roba unos huevos de unas gallinas, se los coloca en el bolsillo trasero y, cuando está agachado, el campesino le propina una patada en el culo, que los destroza y provoca la aparición, por los bajos del pantalón, de unos polluelos; pues bien, ese gag ya estaba en Huns and Hyphens (1918), en una escena en la barra de un bar, sólo que allí era Stan Laurel quien robaba los huevos y Semon el autor del patadón. Fruto de su exigencia, las películas de Semon eran caras, muy caras. The Sawmill (1922) pasa por ser el cortometraje cómico más costoso de la historia, no en vano se construyeron decorados espectaculares (el aserradero entero, con sus casas, depósitos de agua, raíles para transportar troncos descomunales, etc.) y alrededor de ochenta técnicos colaboraron en su confección, sin contar actores y stuntmen. Todo al servicio de un slapstick desmedido, paroxístico: una batería de caídas, saltos vertiginosos, peleas, persecuciones y demolición sistemática de toda arquitectura a concurso. Es una cima, pero no la cima, pues otros cortos de Semon atesoran niveles parejos: el arrollador clímax ferroviario de The Show (1922) es de verlo para creerlo. Autor también, en 1925, de una versión corta de El mago de Oz (en España, Tomasín en el reino de Oz) interpretada por su esposa Dorothy Dwan y con él mismo y Oliver Hardy en los roles del Espantapájaros y el Hombre de Hojalata, Semon falleció en 1928, cuando todavía no contaba cuarenta años y tras un período de fuertes crisis nerviosas. Poco antes había sorprendido a propios y extraños con su insólita caracterización en una película de gángsters memorable: La ley del hampa (1927), de Josef von Sternberg.

2: Harry “Snub” Pollard

Una pluma de ave conectada al despertador hace cosquillas a los pies del durmiente Harry “Snub” Pollard (una imagen calcada a la que abría el corto de Larry Semon The Hick, 1921), que una vez despierto se dispone a desayunar sin moverse de la cama, sólo utilizando las múltiples cuerdas que penden del techo (similares a las de llamar al mayordomo), cada una con su función: encender la cocina, hacer poner a la gallina dos huevos, desplegar la mesita para comer… Una vaca de cerámica le dará leche moviendo la cola, una pequeña noria le suministrará el azúcar. Tirando de una cuerda, la sábana se recicla en cortina. Tirando de otra, ya de pie el inventor de gadgets, se viste en un periquete. Una escoba movida por el gramófono limpia sombrero y zapatos. En su ajardinada parcela, un cubo de basura se transforma en diminuto garaje mediante un juego de palabras (una puertecita tapa la “b” de “garbage” y queda “garage”) y de él sale el vehículo más demencial de la historia: un pequeñito triciclo con forma de supositorio en el que Harry se mete no sin dificultad. De él extrae un imán, el clásico imán con forma de herradura, que será el carburante: con su magnetismo sigue a los coches que circulan por la calle en una cascada de gags centelleantes que remata la monumental explosión final de la docena de automóviles testados con el revolucionario gas de su invención, antes de comprobar que, desplegando unas alitas, el supositorio de marras puede igualmente volar. Sin un segundo de desfallecimiento, este cortometraje genial, It’s a Gift, puso en solfa, en una fecha tan temprana como 1923, el maquinismo voraz del siglo XX y el anhelo de hallar energías alternativas. La capacidad visionaria del slapstick es, como se ve, ilimitada. It’s a Gift es, sin duda, la obra más emblemática de “Snub” Pollard, un cómico escuchimizado y con ostentoso bigote de morsa (y cejas a juego con él), de mirada triste, ágil y elástico. Descubierto por Hal Roach, entre 1915 y 1919 colaboró con Harold Lloyd en numerosos cortos, y a partir de los años veinte fue protagonista de otros tantos que le dieron fama. Halló luego a un colega en el gordo Marvin Loback, con quien formó una pareja pintiparada a Laurel & Hardy. Aunque, como a tantos otros, la llegada del sonoro le dio esquinazo, siguió haciendo cine sin interrupción, en breves apariciones casi siempre sin acreditar, hasta 1962, año de su fallecimiento: Chaplin le confió un pequeño papel (uno de los músicos callejeros) en Candilejas (1952). Pasatiempo para cinéfilos juguetones: descubrir sus cameos en Cantando bajo la lluvia (1952), El rostro impenetrable (1961) o El hombre que mató a Liberty Valance (1962). En este largo período gris, “Snub” Pollard tuvo una pequeña segunda edad de oro, entre 1936 y 1938, al comparecer como secundario, con el nombre de Pee Wee, en varios westerns románticos (puro camp) del cantante country Tex Ritter, padre del actor John Ritter.

3: Ben Turpin

En 1907, George K. Spoor y Gilbert M. Anderson (el popular Broncho Billy) fundaron, en Chicago, la Eassanay (sus iniciales: “S and A”), esencial compañía del cine mudo en la que ese mismo año entró Ben Turpin, un artista procedente del vaudeville cuyos ojos estrábicos, mostacho corto pero frondoso y baja estatura invitaban ya a la risa. Participó allí en varios cortos, pero volvió pronto a los escenarios y no regresó a las pantallas, a la Eassanay de nuevo, hasta 1914, donde trabajó en algunos filmes con Chaplin, que veía en él a un gran rival. En 1917 lo fichó Mack Sennett, que lo catapultaría a la fama. A su peculiar físico hay que añadir su inclinación por una poética del absurdo (en The Daredevil, de 1923, entra en un establo con una silla de montar a caballo y acto seguido sale de él sentado en la silla y montado en… ¡el capó de un coche!) y sus grandes dotes de parodista: en When a Man’s a Prince (1926) y The Pride of Pikeville (1927) se atrevía a imitar, acentuando la sevicia, a los villanos interpretados por Erich von Stroheim, vistiendo el mismo uniforme que éste en Esposas frívolas (1922); en The Shreik of Arabia (1923) formulaba una feroz caricatura de Rodolfo Valentino. Al llegar el sonoro, su estrella se ofuscó, pero de su talla icónica da fe la escena en que Maurice Chevalier, en El desfile del amor (1929), bromea sobre el mal fario de los vizcos y Ernst Lubitsch hace aparecer por una de sus proverbiales puertas, en un único plano, a Turpin, cuyos ojos, dicho sea de paso, había asegurado el actor, por 50.000 dólares, a la prestigiosa Lloyd’s of London. Si tuviéramos que elegir uno de sus cortos, podríamos quedarnos con Yukon Jake (1924), una de sus más brillantes parodias. Del western en su primer tramo, donde Turpin, un patoso sheriff, se enfrenta con unos espantosos forajidos. Y del cine de aventuras a lo Jack London en el segundo: el héroe viaja por tierras heladas con un trineo tirado por perros hasta que, exhausto, cae rendido sobre la nieve; de repente, deslizándose como por arte de magia, llegan a su alrededor media docena de iglús, de los que salen, sorpresa, sorpresa… ¡las bathing beauties de Sennett, sonrientes y en bañador! En realidad, todo es un sueño (húmedo, of course), del que le despierta un oso, pero el efecto es abracadabrante.

4: Apéndice

En su día, Semon, “Snub” Pollard y Turpin fueron tan populares como los más historiografiados Chaplin, Keaton, Lloyd o Laurel & Hardy. Hubo otros cómicos, claro está, hoy semiolvidados o completamente ignorados. Harry Langdon y Roscoe “Fatty” Arbuckle todavía tienen capítulos destacados en las monografías de la comedia americana, pero ya no tanto otro grande entre los grandes, Charley Chase. La lista ocuparía mucho espacio: Edgar Kennedy, Chester Conklin, Billy Bevan (otro bigotazo, como Pollard o Turpin, y otro torpedo), Ford Sterling, Al St. John, Mack Swain… Y cómicas, desde luego: Louise Fazenda, la enormísima Marie Dressler, la incomparable Mabel Normand (“as beautiful as a spring morning”, dijo de ella Sennett), etc. La suma de todos estos talentos, a los que habría que añadir la categoría de directores, gagmen, técnicos y productores, ha dado al séptimo arte una de sus páginas de oro, quizás la más fértil de todas. Su influencia en la comedia clásica sonora, de Preston Sturges a Blake Edwards, es indiscutible. Frank Tashlin y Jerry Lewis no serían lo que son, dos gigantes del slapstick moderno, sin ese pasado glorioso: el gag de la aspiradora que se traga el perrito de una señora emperifollada, en Lío en los grandes almacenes (1963), ya lo había protagonizado Billy Bevan, cuarenta años antes, en uno de sus cortos.

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