Sobre el gag visual (III): Harold Lloyd

harold lloyd

1: “El hombre mosca”

Los equívocos visuales conforman uno de los más sólidos cimientos de la comedia muda. El hombre mosca (1923) arranca con uno memorable: el actor Harold Lloyd entre rejas, con una soga al fondo del plano, dos mujeres llorosas despidiéndose de él, más un guardián de la prisión y un sacerdote que le informan que “la hora ha llegado”. Los planos siguientes desmienten de raíz el supuesto dramón de la pena capital: el escenario es una estación de tren, las rejas son de una verja, la soga es un aviso para el maquinista de la locomotora, las mujeres (la novia del héroe y su madre) lloran porque el joven deja el pueblo para abrirse camino en la gran ciudad, el guardián es el jefe de estación y el sacerdote, el párroco local. Y ha llegado la hora de partir, claro está.

Luego están los equívocos de la trama, no menos jugosos. La novia llega por sorpresa a los almacenes donde trabaja Lloyd como modesto dependiente, creyendo que ocupa un cargo importante. En los minutos previos ya habíamos visto cómo el protagonista improvisa la vida a cada segundo; ahora, en un imparable caudal de situaciones extremas, Harold hace creer a su amada que es el gerente de la empresa, logrando incluso que el propio gerente, en su propio despacho, obedezca sus órdenes y le traiga un vaso de agua. A lo largo de una hora sacando punta al ingenio, descubrimos la cara más luminosa del personaje paradigmático que Lloyd desarrolló en la cima de su carrera: el americano corriente que no da su brazo a torcer bajo ninguna circunstancia, por muy adversa que sea. Y de llevar esa testarudez irrompible (transparente metáfora del american way of life) a sus últimas consecuencias trata el último y antológico tramo de la película, esa espectacular escalada (ascensión física como espejo de ascensión social) por la fachada de un edificio que Lloyd se ve obligado a emprender sustituyendo al acróbata previsto. Esa larga secuencia de puro vértigo es el no va más de la thrill comedy, o comedia de suspense, pues las incidencias que sufre este spiderman avant la lettre son numerosas: unas palomas molestas, un ratón que se le mete por el pantalón, una cuerda no atada, el tablón de unos pintores y, entre otras, el enorme reloj de cuyas manecillas queda suspendido en la imagen más famosa de su filmografía.

Fue realmente la hazaña de un human fly la que inspiró la película: Lloyd la vio un día en Los Ángeles y pensó que ése podía ser el clímax espectacular de una comedia. Se lo propuso a Hal Roach, que escribió, en colaboración con Sam Taylor y Tim Whelan, una historia a partir de este big concept. El happy end (abrazo y beso de Harold Lloyd y Mildred Davis) anuncia, como manda la tradición, boda, pero esta vez más allá de la pantalla: el actor y la actriz se casarían inmediatamente después, durante la filmación de la siguiente comedia de Lloyd, ¡Venga alegría!

2: “El tenorio tímido”

La escena cumbre, en la selva, de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), donde el epónimo héroe del látigo, sin dejar de ser él, se muta en Scaramouche, James Bond y Tarzán, en un arrebatador morceau de bravoure del cine de acción, es sin duda un hito del cine contemporáneo, pero a muchos de sus espectadores les sorprendería comprobar cómo ya el cine cómico silente nos brindó escenas tan espectaculares como la realizada por Steven Spielberg. Y sin recurrir, dato importante, al más mínimo efecto especial. Ahí están los esplendorosos veinte minutos finales de El tenorio tímido (1924), una comedia sentimental atravesada de punta a punta de toques ingeniosos: la tartamudez de Harold Lloyd, que sistemáticamente interrumpe cualquier silbato; el constante recurso a las cajas de galletas como delicados fetiches amorosos, etc. En ese clímax prodigiosamente acelerado, Lloyd ha de viajar de su pueblo al palacio donde va a tener lugar la boda que él pretende evitar. Tras perder absurdamente el tren, el hasta entonces pusilánime Lloyd, desesperado, saca pecho, tensa músculos y piernas y utiliza, a un ritmo in crescendo que, de no ser muda la película, rompería la barrera del sonido, nada menos que siete coches (se monta en marcha en ellos o directamente los roba: ni que decir tiene que cada coche es objeto de un gag o una brevísima microhistoria, como el automóvil al que persiguen por traficar alcohol), un caballo, un coche de bomberos, un tranvía (Harold lo toma prestado, lo conduce y cuando, debido a la alta velocidad, el trole sale de su cable, intenta encarrilarlo quedando colgado de él y desbocado el vehículo), una moto y un carro tirado por otros dos caballos que nuestro héroe maneja por las calles de la ciudad con la destreza de Ramon Novarro su cuadriga, al año siguiente, en Ben-Hur (1925). Con él llega finalmente a destino y detiene la boda de manera muy parecida a Dustin Hoffman en El graduado (1967). Veinte minutos de cine cómico a pleno pulmón. Insuperable.

 

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