Sobre el gag visual (II): Laurel & Hardy en tres tiempos (y un texto ejemplar)

laurel y hardy

1: “La batalla del siglo”

¿Dónde empieza la auténtica grandeza del Gordo y el Flaco, la más grande pareja cómica de la historia? Pongamos un título y una fecha: La batalla del siglo (1927). La batalla del siglo es la película número 15 de Stan Laurel y Oliver Hardy, si bien conviene señalar que en la primera, Forty-Five Minutes from Hollywood (1926), apenas llegaron a compartir un (brevísimo) plano, en las seis siguientes fueron tanteando su química y no fue hasta la octava, Do Detectives Think? (1927), que el dúo adquirió ya sus rasgos característicos, así como sus trajes algo desgastados y sus sombreros hongo. El año 1927 fue decisivo: interpretaron catorce cortos de dos rollos donde fueron imprimiendo un sello muy peculiar de humor, que ya jamás abandonarían, e impusieron su propio ritmo a las historias, como demuestran la excelente The Second Hundred Years, sobre todo en la escena en que simulan ser pintores y pringan de blanco todo cuando está a su alcance, incluso las posaderas de una bella señorita, y La batalla del siglo, que toma los dos estadios más elementales del chiste visual (la piel de plátano en una acera y la tarta de nata arrojadiza) para llevarlos a un terreno paroxístico nunca antes visto. En efecto, una piel de plátano causa la caída de un hombre que transporta unos pasteles. La circunstancia de que, además de la pastelería de la que salía el pobre sujeto, tengamos a mano un camión lleno de pasteles, propicia el caótico enfrentamiento bélico-dulce entre todos los transeúntes y vecinos de la calle, casi un centenar. Tres mil pasteles se utilizaron para rodar esa escena, lo que da buena cuenta del macroespectáculo ofrecido a nuestros ojos: que popularmente a las cómicas mudas se las llamara custard pie comedies, contuvieran o no tartas, es indicativo del éxito de la fórmula.

2: “Ojo por ojo”

Poco antes de empezar a hablar, Laurel & Hardy alcanzaron el culmen de su ansia enfermiza de destrucción. Entre las obras maestras de aquel período brillan con luz propia Un par de marinos (Two Tars, 1928), donde un enorme atasco en una carretera en obras concluye, gracias a las inigualadas artes para la demolición de la pareja, con varias docenas de vehículos desguazados, y Ojo por ojo (Big Business, 1929), en la que nuestros héroes, repartidores de árboles de Navidad, se enfrentan, como tantas otras veces, con James Finlayson, propietario de la casa que acabará, como el coche de Laurel y Hardy, desbaratada por completo. La catástrofe se despliega, como de costumbre, con un inflexible control de los movimientos: mientras Finlayson rompe el reloj de Hardy o les arranca el volante del coche, ellos observan impasibles la acción del enemigo, sin intervenir; acabada la gran obra, se pone en marcha la pareja, destrozando algo de Finlayson (una puerta, una ventana, el árbol de jardín….), mientras éste lo contempla impávido. Y, así, sucesivamente. Es el método tan milimétricamente llevado a cabo por Laurel & Hardy, el slow burn estudiado por Manuel Garin en las páginas de El gag visual. De Buster Keaton a Super Mario.

3: “Laurel y Hardy en el Oeste”

En 1937, Laurel & Hardy enfilaban el ocaso con un comprensible desgaste de sus fórmulas debido a los ya muchos e intensos años de emparejamiento, pero todavía les quedaba sobrada munición en el buche como para no defraudar. A Laurel y Hardy en el Oeste, uno de sus largos más divertidos, aún le seguirían otros de la eficacia de Quesos y besos (1938), Locos del aire (1939) o Estudiantes en Oxford (1940). Parodia afectuosa del western, en Laurel y Hardy en el Oeste, el Gordo y el Flaco nos ofrecen, generosos, todo lo que de ellos esperamos. Si cruzan un humilde río con su asno, sabemos de antemano que será Ollie quien acabará hundiéndose de cuerpo y bombín enteros, para que al emerger pueda mirar de frente al espectador reprobando la conducta de su compañero. Ese gag aguado se repetirá (running gag) media hora después. Otros momentos para el recuerdo: su amanerada coreografía bailando juntos a las puertas del saloon, la pelea a ocho brazos en el cuarto de la chica por la posesión de una preciada escritura (dos de esos ocho brazos pertenecen, otra vez, a James Finlayson) y el intento infructuoso de subir a la ventana del primer piso del saloon, ayudados los dos merluzos por una cuerda y el susodicho asno, el único en alcanzar el objetivo. Tenemos también el gag de Laurel de encender el fuego con el dedo pulgar de su mano derecha, que prende como un mechero de la manera más natural del mundo. Pese a la palpable oxidación, Laurel & Hardy seguían donde siempre: adueñándose de nuestro corazón y nuestras risas.

4: Rafael Sánchez Ferlosio

En un artículo en el que exploraba la noción de cargarse de razón (El País, 24 de julio de 1993), el autor de El Jarama definió con magistral exactitud el método cómico de la pareja. Antes de entrar en materia, Sánchez Ferlosio señalaba que en esa noción de cargarse de razón “está implícitamente entendido que el que se carga de razón no es alguien que haga algo, sino alguien que permanece inmóvil mientras otro, añadiendo torpeza sobre torpeza, error sobre error, injusticia sobre injusticia o maldad sobre maldad, viene de alguna forma a convertirse en un auténtico motor que carga de razón (y creo que cuadra la eléctrica metáfora) la dinamo o la batería del primero, como si acumulase un potencial moral a favor de éste”. Ahí va el largo párrafo que concluía su texto modélico:

“¡Oh que maravillosamente sabía representar el cargarse de razón aquel inolvidable Oliver Hardy! Cuando Stan, aproximando desmedidamente a la faena sus diminutos, minuciosos ojos y concentrado en ella hasta la más ensimismada y distraída inadvertencia, seguía pintando con tan diligente aplicación la jamba de la puerta que no se apercibía de cómo ésta se ensanchaba acaso un tanto más de lo esperado, extendiéndose a lo que tal vez guardaba subconscientemente un extraño, remoto e inexplicable parecido con la manga, la solapa, los faldones o la botonadura de la chaqueta de su compañero… ¿quién podría olvidar de qué manera éste permanecía inmóvil e impasible, con los brazos cruzados y los labios prietos, dejándose impertérritamente embadurnar, fija la vista en la actuación de Stan, con una inefable mezcla de infinitamente paciente indignación y a cada instante más agigantado asombro? (“¡Quiero esperar a ver qué extremos inauditos es capaz de alcanzar el nunca visto grado de tu estupidez y de tu ineptitud, o hasta dónde es preciso que tengas que llegar con los enardecidos, entusiastas y tan generosamente largos y chorreantes lengüetazos de tu brocha para que empieces siquiera vagamente a sospechar que acaso hasta podrías estar dejándome mi traje nuevo, mi camisa limpia, mi corbata de lazo fantasía, no digo ya para la tintorería, sino directamente para la basura!”). Hasta que, al cabo, Stan empezaba a dar muestras de advertir con el rabillo del ojo alguna insignificante anomalía apenas en el codo de la manga de Oliver, y sin alzar la vista ni volverse apenas y como tratando de minimizar, limitándolo a aquella única manchita, el embadurnamiento general, procedía, con el torpe y desesperado disimulo del culpable que aún trata –bien a sabiendas de que en vano– de difuminarse y escurrirse de la evidencia misma, a amagar alguna suerte de somero y enteramente ineficaz simulacro de limpieza, en el que, sin embargo, justamente lo patente y hasta provocativamente irónico de su inequívoco carácter de ficción, la declarada y aun descarada imitación de la humildad perruna que jamás suplica sino que sólo trata de hacerle recordar al amo la indulgencia ante la culpa, mantenía bien en alto, acaso pesarosa, pero siempre enhiesta, la dignidad de Stan (“Otra vez, Ollie, me temo que he vuelto a equivocarme, pero yo sé que tú no vas a aprovecharte para pisotearme, porque tú nunca negarías que yo soy Stan ni dejarías de llamarme por mi nombre”). Oliver Hardy se cargaba de razón mejor que nadie supo hacerlo jamás en este mundo, pero la suya era una pompa tan grande, tan hinchada, tan turgente como un globo de fiesta que se eleva hacia el cielo solamente para terminar siendo triunfalmente pinchado por la risa de la felicidad. Nadie ha representado y destruido más definitivamente el cargarse de razón que aquella pareja de mimos inmortales, Stan Laurel y Oliver Hardy”.

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