Alegría y tristeza

Dos a la carta

1: Las virtudes del aire ampurdanés

Òscar (Adrià Collado) es un broker a una corbata pegado, ávido de dinero; el prototípico urbanita estresado que necesita ingerir pastillas hasta para respirar (incluso las mezcla con las hojas de lechuga de una ensalada). Su mujer, pija guapa (Carolina Bang), anda todo el día tirando de la tarjeta en tiendas carísimas. Por razones de guión, ambos han de abandonar la ciudad y acudir a la casa rural-restaurante de los padres de Òscar, que es donde se crió. Un bello paisaje ampurdanés donde se cocinará a fuego rápido el enredo mayúsculo de Dos a la carta, la comedia de Robert Bellsolà que se estrena esta semana. El caso es que la estancia de Òscar en su antiguo hogar le procurará varias sorpresas; una de ellas es que ya no necesita las pastillas que olvidó en Barcelona, pues duerme como un tronco y de un tirón por primera vez en años. A su mujer, en cambio, eso del campo a la primera de cambio le produce erupciones cutáneas. Y es que ella no es trigo limpio y no se merece el paraíso. Está claro que Dos a la carta viene a ser una celebración de las bondades de la vida rural. Es una comedia muy, muy ligera, de un humor de grado uno con puntuales apeaderos en el grado cero. Pero es una comedia tónica, a ratos tan grata como el aire puro ampurdanés en que se teje su enloquecida trama.  Por momentos parece la respuesta catalana a Siete apellidos vascos (un vasco, de hecho, es el coprotagonista, cuya relación con Òscar hace pensar en Rain Man, y de él hace una jocosa composición el actor Andoni Agirregomezkorta dentro del registro manido de tonto con corazón de oro). También tiene un parecido con la serie de televisión catalana Gran Nord , y su misma evanescencia. Irremediablemente descompensada, tiene sus buenos momentos de comedia, sobre todo las escenas de grupo (la de la falsa pareja gay con niño adoptado, en el intermedio que convoca a Sergi López como estrella invitada, es muy divertida), y se deja ver gustosamente.

 

2: Un triste adiós

De repente caes en la cuenta: llevabas más de cuarenta años (¡¡cuarenta!!) leyéndole, sin otra interrupción que la maldita mili, a finales de los setenta. El novelista y crítico de cine José María Latorre empezó a escribir de cine en los años sesenta, destacando ya en Film Ideal. Pero su casa, su hogar mejor dicho, fue Dirigido por, donde escribió indesfalleciblemente desde 1973 hasta hace dos meses. Fue redactor jefe en esa revista, durante décadas, y de alguna manera la perfumó con su talante. En la páginas de Dirigido por, Latorre publicó textos y estudios de enormísimo valor. En primer lugar, los de sus dioses principales: Fellini, Hitchcock, Fisher. Yo diría que de estos tres maestros nadie ha escrito tanto, ni tan bien, ni con tanta precisión y hondura como él. Pero amaba a otros, claro está, y atinaba siempre: Walsh, Ford, Vidor… Y Nino Rota, otro dios de Latorre, cuya vida y obra musical (no sólo la fílmica) exprimió como un limón en el libro La imagen de la música. Otros libros de cine suyos imprescindibles, los tres publicados por Dirigido por: El cine fantástico, Luces y sombras del cine negro, éste escrito en colaboración con Javier Coma, y La vuelta al mundo en 80 aventuras. En Dirigido por se responsabilizó también del comentario de las películas proyectadas en las televisiones, sección que, con el tiempo, se reformuló dedicándose exclusivamente al mercado del DVD, que Latorre llevó a su terreno analizando no las novedades más obvias sino, esencialmente, las más ocultas perlas de serie B o los clásicos de su cuerda. En cualquiera de esas reseñas se podía constatar que Latorre, aunque voluntariamente había dado la espalda, desde hacía tiempo, al cine de ahora, seguía siendo un lince a la hora de leer un plano, un encuadre, un movimiento de cámara. El fantástico fue uno de sus géneros predilectos, también como novelista. Yo aproveché esa debilidad para encargarle, año tras año y durante un par de lustros, artículos para las publicaciones del Festival de Sitges. En los viejos catálogos y diarios del certamen suburense hay magníficos textos de Latorre que habría que desempolvar si a alguien se le ocurre, como sería deseable, publicar una antología de sus escritos sobre cine. Porque Latorre nos dejó el pasado viernes día 14, y a estas horas ya debe de estar tomándose una copa de vino blanco con Hitch y preguntándole, seguro, sobre cierto movimiento de cámara circular de Topaz. Brindo yo también por ti desde aquí.

 

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