Tenemos dos problemas: Nolan y Loach

bugarach

Vaya por delante que ni Interstellar, estrenada la pasada semana, ni Jimmy’s Hall, que llega a nuestras pantallas la próxima, son obras menospreciables, pero sí decepcionantes para muchos aficionados, incluyendo este bloguero. En Jimmy’s Hall, el veterano Ken Loach vuelve a la línea de El viento que agita la cebada (2006), evocando la Irlanda de después de la guerra civil y a un irlandés verídico, héroe de izquierdas, que regresa de Estados Unidos al terruño y, claro está, se enfrenta al sistema, o más bien el sistema se enfrenta a él. A Loach se le va la mano en la pintura de los caracteres, no ya unidireccionales, sino cargados de un didacticismo que da grima. Aquí los buenos son muy buenos (al parecer, sólo quieren un espacio para bailar y aprender como buenos hermanos) y los malos, muy malos, desalmados y crueles. Hay un terrateniente que castiga a su hija díscola, que lo ha humillado en la iglesia, con unos latigazos que asustarían al mismísimo capitán Bligh. Y hay un sacerdote despiadado, carcomido por el odio, que actúa con las peores armas de su vileza. Es cierto que el cine clásico que tanto admiramos podía crear ficciones propias o adaptar a Dickens o a Victor Hugo (no hacía falta recurrir a Mallarmé) y cincelar ultravillanos diabólicos, pero en esas películas, salvo raras excepciones, la vocación realista permanecía exiliada. Loach, en cambio, adalid del realismo social, no debería permitirse estos registros de folletín desaforado. Ha caído en un maniqueísmo impensable; y del error, que su fiel guionista Paul Laverty cargue con la parte que le toca, que no es poca. Eso sí, el autor de Agenda oculta (1990) sigue siendo un maestro en la descripción de un ambiente y de las gentes de una comunidad.

Christopher Nolan mantiene erguida en Interstellar la misma postura de Origen (2010), que es la del cineasta encantado de haberse conocido. Dotada una vez más de imágenes muy bellas, su película pretende hacernos tragar la píldora apelando a la ciencia ficción seria y rigurosa, de alto valor intelectual, sobre las paradojas temporales. La primera hora, atravesada por la voz secreta de Shyamalan, es preciosa, pero la última, una empanada mental que pretende estar a la altura de 2001: Una odisea del espacio (1968). En este frente, Sergi Sánchez atina en su crítica: “Las comparaciones son odiosas pero necesarias. Kubrick también investigó lo que no está escrito para su odisea metafísica, consultó a los más prestigiosos científicos, diseñó un futuro plausible recogiendo información de un completo plantel de asesores, pero su película se explicaba sola, contaba con la inteligencia del espectador, reducía al mínimo sus diálogos para que pudiéramos acompañar a su protagonista al otro lado del origen del mundo. Nola, que ha contado con el eminente físico Kip Thorne para certificar que la interminable cháchara teórica del filme tuviera una base científica, necesita que el espectador sepa que se ha documentado y lo escrito en el guión puede ocurrir según los cánones de la teoría de la relatividad. Pero, ¿es el cine física cuántica?”. Concedamos también la parte del fiasco que le corresponda al coguionista de Nolan, su hermano Jonathan.

El mismo día que se estrenaba Interstellar, las carteleras acogían una modesta película firmada por Salvador Sunyer, Ventura Durall y Sergi Cameron, Bugarach, que a su manera también habla de ciencia ficción y del posible fin del mundo. Se trata de un documental que recoge los días que precedieron al 21 de diciembre de 2012, fecha del apocalipsis según la profecía maya, en el pueblo francés del título, que según las predicciones sería el único lugar del mundo que se salvaría. Es una obra delicada y aromática, cuya mirada a ratos es netamente gueriniana y en otras ocasiones (¡esa charcutería ambulante!) entronca con la observación costumbrista de Jacques Tati.

P.D.: Da la casualidad que esa misma fecha, el 21 de diciembre de 2012, reaparece en Asmodexia, de Marc Carreté, estrenada esta semana. Se trata de una horror movie casera, de serie B, por la que circulan posesiones y exorcismos, rituales y profecías. Es un producto muy cuidado formalmente, pero su espíritu remite a ese terror ibérico de pipas y cacahuetes (las palomitas aún no habían ganado la batalla) que tuvo en Paul Naschy a su figura imperial.

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