Algunos hombres (actores) buenos

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La voluntaria jubilación de gigantes como Sean Connery o Gene Hackman fue un duro golpe para quienes llevábamos medio siglo admirándolos puntualmente. Como dura fue la desaparición inesperada de James Gandolfini, otro titán, un inmenso robaescenas con el ADN de los grandes secundarios de antaño: un Edward Arnold, un Sydney Greenstreet o un William Conrad, por citar sólo tres corpachones de su volumen. Gandolfini aparecía diez minutos (Mátalos suavemente o In the Loop) y la película ya era suya. Quedan pocos de esa raza, pero entre los llegados en los últimos lustros, de los noventa en adelante, hay ya algunos nombres llamados a permanecer en el recuerdo. Jeremy Renner, por ejemplo, que en breve estrena Matar al mensajero, donde está impecable, es a estas alturas algo más que una promesa. Convenció como el sargento enfermo de guerra de En tierra hostil y ha demostrado un esqueleto idóneo para el agente secreto (Misión: Imposible. Protocolo fantasma y El legado de Bourne) o el superhéroe (Ojo de Halcón en la saga de Los Vengadores).

Este año hemos asistido a otras dos indiscutibles confirmaciones. Una, la del actor londinense Tom Hardy, capaz de codearse precisamente con Gandolfini sin desmerecer en La entrega y de impresionarnos con su recital, su memorable one man show, en Locke. El próximo año lo veremos como relevo de Mel Gibson en el esperadísimo retorno de George Miller a la serie Mad Max. El otro actor prodigioso al que nos referimos es el escocés James McAvoy, a quien en los últimos meses hemos visto en X-Men: Días del futuro pasado, en el rol del juvenil Charles Xavier, en el denso melodrama La desaparición de Eleanor Rigby y, desde el pasado viernes, como protagonista arrollador de Filth, la película de Jon S. Baird inspirada en la novela de Irvine Welsh Escoria. La contraportada de la nueva edición del libro (Anagrama) define así el personaje interpretado por McAvoy: “El sargento Bruce Robinson no es precisamente un policía modélico. Es un tipo corrupto, misántropo, violento, machista, homófobo y racista. Es un consumidor compulsivo de pornografía, servicios de prostitutas, fast food de lo más grasiento, alcohol y cocaína. Y además se dedica a lanzar rumores malévolos sobre sus compañeros del cuerpo; practica con una de sus amantes peligrosos juegos eróticos que incluyen la asfixia y es capaz de inducir a una menor a la que ha pillado con éxtasis a que le haga una felación”. Una joya, vamos. Y esa joya la pule el versátil McAvoy con una cascada de registros que transitan del exceso sin límites al reposo interiorizado. Porque su personaje tiene mucha miga. Es, sin duda, un ser detestable, despreciable, pero hay algo oculto bajo su piel, que sale a la superficie en los momentos finales del filme y, si no lo redime, por lo menos lo medio humaniza. Y es mérito del actor modular esa transición y hacernos ver la otra cara de la moneda. Deudora en parte de la otra célebre adaptación de Welsh, Trainspotting, la película de Baird está narrada con la febril electricidad que contagia tan excéntrico personaje. Un descenso al infierno con el efecto de un puñetazo en el estómago para los espectadores no avisados.

Y ya que de actores hablamos, no está de más señalar la otra perla actoral que Filth contiene: el magnífico Eddie Marsan, que encarna al amigo, por así decirlo, del protagonista, que lo putea y humilla a conciencia.  Marsan, éste sí, es uno de los grandes secundarios del cine actual (aunque pronto lo veremos como protagonista principal en Nunca es demasiado tarde), inolvidable en películas de Mike Leigh (el modesto, retraído e introvertido solterón de El secreto de Vera Drake, el profesor de autoescuela de Happy: Un cuento sobre la felicidad) o formando cuarteto imperecedero con Simon Pegg, Nick Frost y Martin Freeman en la más reciente e irresistible Bienvenidos al fin del mundo, aunque también ha trabajado en el cine americano, en prestaciones para Scorsese, Allen o Spielberg. Es uno de esos monstruos que el gran público reconoce de inmediato por su físico singular pero cuyo nombre nunca retiene.

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