Darse de bruces (Willis)

Dos días, una noche

El inolvidable Jaume Canivell (grandísimo Sazatornil “Saza”) de La escopeta nacional (1977), sufrido vendedor de porteros automáticos, estaría encantado con Dos días, una noche (2014): Marion Cotillard se pasa la película entera, por razones laborales, llamando timbre por timbre a sus compañeros de trabajo. Con su proverbial estilo directo, inmediato, de observación al dente, los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne proponen una trama mínima (y un gesto reiterativo) cuyo eco se torna continental, por no decir universal. El tema central de Dos días, una noche es la dificultad del ciudadano medio europeo por llegar a final de mes, salpicado por otros paralelos: la solidaridad incierta, el talante depredador del empresario, las profundas angustias cotidianas derivadas de la precariedad económica… Está claro que la película de los Dardenne nos sacude, habla de nosotros, nos indigna un poquito más. Una obra civilizada y ecuánime, cuya propia existencia hace pensar en la frase que cierto personaje de Surcos (1951), cargado de sabiduría popular, pronunciaba a la salida de un cine, tras ver un filme neorrealista: “No sé que interés encuentran en sacar a la luz la miseria. ¡Con lo bonita que es la vida de los millonarios!”.

En cualquier caso, Dos días, una noche es la más notable de las películas estrenadas el pasado viernes, un ecléctico alud de títulos donde, una vez más, una semana más, constatamos el lamentable estado de salud del cine americano estándar. Un cine de géneros que, años ha, mantenía su dignidad aun en sus manifestaciones más discretas. Hoy toca fondo en, por ejemplo, la impresentable Vamos de polis, idiotizante buddy movie en la que una pareja sin una sola molécula de carisma (Jake Johnson y Damon Wayans Jr.) parece quererle enmendar la plana a la algo más lucida pero no más lúcida formada por Jonah Hill y Channing Tatum en Infiltrados en clase y su secuela Infiltrados en la universidad. La escena en que estos dos merluzos disfrazados de policía sin serlo disfrutan del inédito gustirrinín de la simulación, detienen a un grupo de mafiosos y Wayans Jr. se marca un baile apayasado invita al desprevenido espectador a no volver a pisar una sala de cine hasta el próximo cambio de siglo.

No es peor pero sí es más dura la experiencia de asistir a la insípida y liliputiense The Prince, por cuanto el reparto lo encabezan Jason Patric, John Cusack y Bruce Willis, triple dilapidación. Particularmente triste es el caso de Willis, quien no da pie con bola en los últimos lustros. Echando un vistazo por el retrovisor, la última jungla (2013) fue un desastre, Red (2010) y Red 2 (2013) dos memeces, lo de la saga de Los mercenarios un simpático pasatiempo entre colegas de geriátrico sin mayores consecuencias, y filmes como Fuego cruzado (2012), La fría luz del día (2012), Setup (2011) o Vaya par de polis (2010), bisutería indigna de una estrella de su categoría, un gigante tiempo atrás. Sí, es cierto que Looper (2012) y su secundario de Moonrise Kingdom (2012) salvaguardan su estatura, pero la sensación de que Willis (un poco como Robert DeNiro) ha decidido irse sin marchar (o marchar sin irse) es palmaria. Hace ya más de diez años que Sean Connery decidió irse, y lo hizo con la cabeza bien alta y una filmografía intachable hasta el último minuto. Willis debería hacer lo mismo o cambiar de agente.

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