Un maestro clausuró Sitges

Burying the Ex movie (1)

Los franceses siempre han adorado a Joe Dante. Ya hace décadas, Jean Tulard lo saludó en su diccionario de realizadores como “l’un des nouveaux maîtres de l’épouvante”. La tripulación de Cahiers du Cinéma ha dedicado puntual atención no únicamente a los estrenos de cada nueva película suya, sino también a sus tránsitos televisivos y a las ediciones en dvd. Aquí, la fiebre Dante ha dado menos grados en el termómetro de la crítica, salvo las excepciones pertinentes, como Fausto Fernández, que definió atinadamente al cineasta como “el genio de la fantasía humorística tremendamente seria”. Como todo el mundo sabe, Dante se fogueó en la factoría de Roger Corman y alcanzó cierta notoriedad con la película de serie B Piraña (1978), un exploit de Tiburón (1975) escrito nada menos que por John Sayles. Precisamente Steven Spielberg fue quien lo fichó para primera división, primero ofreciéndole un episodio de En los límites de la realidad (1983) y luego el espaldarazo definitivo con Gremlins (1984).

Tres décadas más tarde, a punto de cumplir 68 años, Joe Dante es un clásico del cine fantástico cuya obra ofrece muchos alicientes al especialista. A primera vista, es un adalid del cine familiar, como certifican Gremlins, Gremlins 2 (1990), El chip prodigioso (1987) o Pequeños guerreros (1998). Pero bajo su capa de alegre fabricante de fantasías, hay un estricto observador del ciudadano yanqui y la sociedad del consumismo desaforado que arroja toneladas de sarcasmo y mordacidad (los dos Gremlins), incluso de cinismo agrio (Pequeños guerreros), y cuya cúspide son algunos de sus trabajos televisivos elaborados en clave de sangrantes sátiras políticas, como la feroz The Second Civil War (1997) y la magistral Homecoming (2005), una de sus dos contribuciones a la serie Masters of Horror y la más implacable crítica a la guerra de Irak jamás filmada: el humor tremendamente serio aludido por Fausto Fernández. En Dante, su incontinencia de cinéfago recalcitrante, cultivada ya en su juventud precormaniana en la experiencia extrema (siete horas) del collage heterodoxo The Movie Orgy, se manifiesta de diversas maneras. En Aullidos (1981), hay que reparar en los nombres y apellidos de sus personajes: Terry Fisher, Erle Kenton, Fred Francis, George Waggner… Matinée (1993), uno de sus títulos mayores, es todo él un tributo al insigne William Castle. Entre los actores que prestan sus voces a los muñecos de Pequeños guerreros figuran Jim Brown, Ernest Borgnine, George Kennedy y Clint Walker, héroes veteranos de Doce del patíbulo (1967). José Luis Guarner detectó dos posibles guiños, muy sutiles, en la deliciosa comedia negra No matarás…al vecino (1989): el inesperado parecido de los personajes que interpretan Bruce Dern y Brother Theodore con Eric Rohmer y Sam Fuller, respectivamente. Por no hablar de la espléndida y minusvalorada Looney Tunes: De nuevo en acción (2003), donde el caudal de referencias era hemorrágico: la soberbia escena de la ducha de Psicosis (1960) protagonizada por Bugs Bunny; el robot de Planeta prohibido (1956), que ya había comparecido en Hollywood Boulevard (1976), la ópera prima de Dante; Kevin McCarthy himself transportando una enorme vaina, etc.

Dantelandia es un país multicolor cuyo calendario marca todas las fechas en rojo. Un país propenso al nonsense, a las historias más descocadas, y refractario a la edad: todas sus películas, las caras y las baratas, parecen realizadas en la misma época. Tal vez por eso, el pasado sábado, en Sitges, Burying the Ex (2014), su última realización, que clausuró el festival, fue recibida por cierta parte del público con franca tibieza: “Parece vieja, de los ochenta”, decía un espectador. Otros, en cambio, ese reproche lo pueden tomar como un piropo, pues es obvio que Dante no ha pretendido hacer una obra evolutiva, sino otro de sus cócteles de comedia y terror, en esta ocasión de muy bajo presupuesto. Un cóctel sabrosón y jocoso a costa de la zombiemanía imperante, anclado de nuevo en la cultura popular más friqui, filmado con una encomiable economía narrativa (Burying the Ex no llega a la hora y media, es modélica en ritmo y progresión, eficacia expositiva, sentido de la proporción) y, cómo no, derrocha amor por el género y reconocimiento: citas a George Romero, Christopher Lee, Roger Corman… El maestro, que en Sitges presentó tanto esta película como Gremlins en compañía de su actor secundario fetiche, el venerable octogenario Dick Miller, sigue por lo tanto fiel a sí mismo y en plena forma.

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