El estado del bienestar: Sitges

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El festival de cine de Sitges debería durar unos cuantos días más. Por ejemplo, que cada edición empezara el 1 de enero y finalizara el 31 de diciembre. De paso, aleluya alquímico, daríamos con el elixir de la inmortalidad, pues a nadie se le ocurre palmarla en plena fiesta. Y Sitges es una fiesta perpetua, de 24 horas al día. Es una fiesta tragarse cuatro o cinco películas al día. Es una fiesta pasear junto al mar y el cielo eterno y sentir el peso de los cuatro elefantes que sostienen el mundo, conscientes de estar en su centro. Es una fiesta tomarse por la mañana un café en el Roy, una cerveza en los jardines del Retiro entre sesión y sesión y una copa (tras otra) en la calle del Pecado ya de madrugada. Es una fiesta husmear en los tenderetes de la playa de Sant Sebastià y caer en la tentación de un pin, un dvd, una camiseta friqui, lo que sea. Es una fiesta zamparse una pizza en la Plaça Cap de la Vila al mediodía y, por la noche, un romesco de raya con mongetes del ganxet en La Nansa. Es una fiesta, claro está, el ya ritualizado y cada año más masivo Zombie Walk. Hay otras fiestas, faltaría más, pero son privadas y de sonrisa vertical. Y es una fiesta, huelga decirlo, encerrarse en esa benemérita campana de cristal y olvidarse cuanto más tiempo posible mejor del ébola, el paro, la consulta, las tarjetas de los ejecutivos desalmados y todas esas inacabables pesadillas.

En Sitges hace ya muchos lustros que se desterraron las jerarquías y se democratizó el placer de ver cine sin coartadas intelectuales: aquí, en la Blanca Subur, David Lynch y Juan Piquer Simón comparten la misma suite. Este año, la programación acoge una vez más esa variedad tan higiénica para mente, cuerpo y espíritu. Ahí donde Roland Emmerich y Franco Nero conviven en armonía como invitados de lujo y, en las pantallas, se abrazan Cronenberg y Godard, David Michôd y Fruit Chan, Takashi Miike (¡cómo no!) y Jonathan Glazer, Bruno Dumont y Peter Strickland y Joe Dante… Y toda la animación imaginable, de los consagrados Isao Takahata y John R. Dilworth a novedades como la muy salada, divertidísima Pos eso, de Sam. Balagueró, que ya es un clásico, comparece con REC 4, pero los novísimos de aquí también tienen su podio: Carlos Vermut, Carlo Padial, Sergio Caballero… Y como en Sitges todo vale, todo entra, la en su día denostadísima Cannon Films, de Yoram Globus y el recientemente fallecido Menahem Golan, es objeto de un homenaje a través de un documental. El menú es inagotable y pantagruélico, aunque ya sólo le quedan cuatro días.

Cuando esta manifestación de vitalidad y alegría concluye, cada festivalero se lleva a casa no pocos momentos inolvidables. Este bloguero pisó por primera vez el festival en 1981, y ha vivido en él, con él y para él mil y una experiencias imborrables. Del orden cinematográfico, por supuesto, y del extracinematográfico. De este último, quizás la más pintoresca la constituya la imagen de un turista visiblemente ebrio que caminaba (torpemente) por el vestíbulo del hotel Calípolis al tiempo que (como suena) defecaba. Lo testimoniaban, además de un pestazo considerable, las bolitas que expedían intermitentemente los bajos de su pantalón. Vamos, como Steve McQueen y sus cuates en La gran evasión (1963), cuando disimuladamente iban dejando caer la arenilla del túnel excavado, sólo que aquí lo que el turista soltaba a discreción era directamente mierda. En cuanto a cine, el momento más emotivo jamás vivido fue la proyección, una tarde de 1986, de A vida o muerte (1946), con la presencia de su anciano autor, el venerable Michael Powell (y, en el patio de butacas, su esposa, Thelma Schoonmaker, la tres veces oscarizada montadora de Scorsese), quien en el escenario fue presentado primero por otra criatura entrañable, Luis Escobar (guionista de Powell en Luna de miel, del 59), y acto seguido por el totémico Christopher Lee, que había trabajado varias veces a sus órdenes antes de ser Drácula. Irrepetible.

 

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