Cita donostiarra con Dorothy Arzner

hacia las alturas

Hasta la llegada de Kathryn Bigelow, Dorothy Arzner (1900-1979) era la más importante directora en la historia del cine americano. Su contacto con el séptimo arte le venía de pequeña: su padre regentaba un modesto café en Hollywood que frecuentaban las celebrities, como ahora se dice, o los artistas, como decían nuestras abuelas. De joven fue conductora de ambulancias y más tarde periodista. Hasta que, en 1919, fue contratada por William De Mille, el hermano de Cecil, como taquígrafa. Poco después fue montadora, y llamó la atención por su vigoroso trabajo en Sangre y arena (1922), el melodrama taurino protagonizado por Rodolfo Valentino (excusen el ripio). James Cruze la fichó para la edición de La caravana de Oregón (1923). Y en 1927, la Paramount accedió a sus deseos de pasarse a la realización, en la que se mantuvo desde esa fecha hasta 1943.

Arzner, pues, entró por la puerta grande, amoldándose a las reglas del juego de los grandes estudios. Poca broma con los apellidos que figuraron como productores en los créditos de sus obras: Selznick, Goldwyn, Zukor, Lasky, Pommer, Mankiewicz, Berman… Como mujer, se decantó por los retratos femeninos antes que por los masculinos, y por el objetivo de su cámara desfilaron luminarias del jaez de Clara Bow, Rosalind Russell, Katharine Hepburn, Sylvia Sidney, Claudette Colbert, Merle Oberon, Maureen O’Hara, Joan Crawford o Lucille Ball, un surtido cuantitativamente superior al de galanes, entre quienes hallamos a Franchot Tone, Robert Young, William Powell o Fredric March, su preferido en tanto que protagonista de cuatro de sus largometrajes. Su apuesta por la mujer le mereció el reconocimiento de las corrientes feministas de los años sesenta y setenta, una tardía pero justa reivindicación de su talento artístico.

Abordó temas de muy distinta catadura. La maternidad en Sarah and Son (1930), por cuya interpretación Ruth Chatterton obtuvo una nominación al Oscar a la mejor actriz protagonista. La prostitución en La reina del boulevard (1933), una espléndida adaptación de la novela Nana, de Zola, realizada siete años después de la de Jean Renoir e interpretada por una resplandeciente Anna Sten, actriz de origen ruso lanzada como una nueva Greta Garbo, una nueva Marlene Dietrich. El adulterio en Hacia las alturas (1933), un compuesto puro de comedia sofisticada y melodrama de ribetes trágicos protagonizado por Katharine Hepburn en el rol de una mujer independiente, aviadora e intrépida. El alcoholismo en Tuya para siempre (1932), con Fredric March pillando memorables cogorzas y Sylvia Sidney como su dulce y comprensiva redentora. Incluso la resistencia contra los nazis en su película postrera, First Comes Courage (1943), un thriller febril coetáneo de los de la misma cuerda de Fritz Lang y anterior a Encadenados (1946), de Alfred Hitchcock, con la que guarda gran parecido: en la Noruega ocupada, Merle Oberon se sacrifica entregándose a un oficial alemán, que incluso le pide matrimonio, para sacarle información esencial para los aliados. Impagable escena inicial: una niña juega en la calle, su pelota cae en la calzada y, en un plano que es pura amenaza, rueda entre las piernas de unos soldados que desfilan.

Dorothy Arzner, en fin, jugó, sin desmerecer, en la liga de los hombres más prestigiosos del cine hollywoodiense de los años treinta. Como directora de actrices, podría compararse con George Cukor: elegancia y sensibilidad como divisas. Algunas audacias en las elipsis son dignas de Ernst Lubitsch: en Hacia las alturas, una noche de amor adúltera entre la Hepburn y Colin Clive está descrita con un único y breve plano, muy iluminado, de la mesita de noche y el brazo de la actriz luciendo una pulsera y un anillo. Esa misma película arranca con la secuencia de unos millonarios que matan el aburrimiento bebiendo sin moderación y jugando a la caza del tesoro, un divertimento tan idiota como el de la búsqueda del hombre olvidado que igualmente abría Al servicio de las damas, rodada por Gregory La Cava tres años después. Y The Bride Wore Red (1937), clásica comedia de triángulo amoroso sustentada sobre el no menos clásico ardid del fingimiento (Joan Crawford, una cabaret girl, se hace pasar por una distinguida dama de la alta sociedad en un lujoso hotel de montaña, en el Tirol), viene a ser una revisión del cuento de la Cenicienta como las que hacía el maestro Mitchell Leisen.

El festival de cine de San Sebastián, que abre sus puertas este viernes 19 de septiembre, dedica una retrospectiva a Dorothy Arzner, acompañada por el habitual y siempre apasionante libro monográfico. Todo cinéfilo a quien todavía le queden unos días de vacaciones tendrá claro que Donostia es el destino ideal.

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