Liberty balance (de verano)

el lobo detrás de la puerta

1: “Blockbusters” y cocina “mainstream”: El verano acabará (el 23 de septiembre a las 4.29 horas) con, si no cae otro gran goce inesperado, una única obra maestra insoslayable: la extraordinaria Boyhood, de Richard Linklater (casi tres horas que pasan como soplo), que se estrena esta semana. En este apartado, el de para todos los gustos, algunos productos veraniegos han mantenido con dignidad la cabeza sobre los hombros, de la megalómana y elefantiásica (casi tres horas que no pasan como un soplo precisamente) Transformers: La era de la extinción a la juguetona y desenfadada Guardianes de la galaxia, que es como un exploit de La guerra de las galaxias, sólo que a lo grande; es decir, que gravita ya en otra órbita de lo que, treinta y tantos años atrás, hubiera facturado Roger Corman desde la New World. También los forzudos han lucido la mar de salados y simpáticos (Sabotage, Los mercenarios 3 y Hércules) sin que en ningún caso deba hablarse de hitos memorables. Las producciones de más alto nivel, sin asomo de duda, han sido El amanecer del planeta de los simios, de Matt Reeves, y El Niño, de Daniel Monzón, dos obras de género en su más diáfana expresión. Y para los amantes de los platos ligeros pero gratamente refrescantes, dos deliciosas pequeñas comedias: Chef y Begin again.

2: Delicatessen: De Jia Zhang-ke ya era previsible una obra potente y desasosegadora. Un toque de violencia, en este sentido, no es una sorpresa, aunque sí sorprende el cambio de registro del autor de Naturaleza muerta al abordar una película con tanta salpicadura de sangre, a la que únicamente cabe reprochar una leve capa de afectación, propia de quien ya hace cine pensando más en los festivales que en el espectador de a pie. Las dos auténticas sorpresas estivales han sido Locke, de Steven Knight, un verdadero desafío estético y conceptual, y la brasileña El lobo detrás de la puerta, de Fernando Coimbra, algo así como la versión carioca y espeluznante de Atracción fatal (1987) dotada, como bien dice Mr. Belvedere, de “un montaje modélico, una dosificación inteligente de la información y unas actrices memorables”. Y como no hay dos sin tres, un saludo a la emotiva Destino Marrakech, de Caroline Link.

3: La rareza: La pieza de coleccionista para el gourmet sibarita es de confección ibérica, aunque hablada en inglés, y como era de prever pasó desapercibida por el gran público: The Extraordinary Tale, de Laura Alvea y José F. Ortuño, que cuenta con escenario único, dos únicos personajes centrales, una primera parte festiva, pintada con la paleta cromática de Jeunet, y un segundo tramo de atmósfera asfixiante, seudopolanskiana, para concluir con la visión más cruel jamás contemplada de la maternidad.

4: La actriz del verano: Antes de que todos (protas y espectadores) empecemos a alucinar, El congreso arranca con un hermoso plano de Robin Wright inundada en lágrimas. Wright da el do de pecho en esta fábula lisérgica de Ari Folman, se autocaricaturiza y abre todos sus poros a la fantasía, como si retrocediera en el tiempo (aunque en El congreso avanza en él) al papel que la encumbró, el de la heroína de La princesa prometida (1987), un filme que se cita explícitamente y cuya aura de cult movie crece año tras año, y como muestra, este curioso botón: el mismo día en que aterrizaba El congreso, el viernes 29 de agosto, llegaba también a las pantallas una olvidable comedia romántica, Amigos de más, en una de cuyas escenas Daniel Radcliffe y Zoe Kazan van al cine a ver… ¡La princesa prometida! Wright, por cierto, reaparece esta semana en El hombre más buscado, sobre la novela de John Le Carré.

5: Psicotronía de alta graduación: Lucy, de Luc Besson, es la joya psicotrónica no ya del verano sino del año, de la década, quizás del siglo: un irresistible thriller de ciencia-ficción progresivamente chiflado, con una superheroína memorable, Scarlett Johansson, a caballo entre la Sissy Spacek de Carrie y la Alexandra Bastedo de Los invencibles de Némesis. Ni Brian Yuzna se habría atrevido a tanto. Sin embargo, hay quien se la toma en serio: el ubicuo, excelente, pero cada día más temible Morgan Freeman recita sus frases (las de la parte final son delirantes, demenciales) y actúa con una compostura sobria y un rictus trascendente, como si todavía estuviera en Sin perdón (1992). Se está pasando, sin darse cuenta, al deadpan style, y después de verlo en Lucy le adjudicamos, ya, el trono que Leslie Nielsen dejó vacante en este negociado.

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