Un verano con Chaplin (y VII): “Candilejas”

Candilejas

Charles Chaplin ambientó Candilejas (1952) en Londres, su ciudad natal, y en 1914, el año de su debut en el cine. En la película todo remite a él, Chaplin habla de sí mismo a través de Calvero, esa vieja gloria de las variedades que ahora ve cómo el público al que tanto hizo reír antaño le da la espalda. Por primera vez, el cómico (salvo cuando sube al escenario) aparece a cara descubierta, sin bigote, con el rostro envejecido. Candilejas es una película triste y nostálgica sobre el crepúsculo, pero también aporta, como contrapunto, una historia de signo contrario, la de la joven bailarina que despega a la fama. Es bellísima la escena de la prueba de ballet, cuando el empresario le da la enhorabuena a la chica mientras Calvero, sentado en un banquillo, contempla el momento en silencio y las luces del escenario se van apagando, una a una hasta dejar su faz en la penumbra: en un mismo instante catamos hondamente los sabores del triunfo y del fracaso. Otro ejemplo de este combate entre contrarios: todavía postrada la bailarina en la cama tras su intento de suicidio, un Calvero sonriente sostiene frente a ella dos apetitosos arenques, uno en cada mano, maravillosa y sutil imagen de la afirmación de la vida.

Candilejas, rodada en el tiempo récord (para Chaplin) de 55 días, es la película más austera de su carrera (pocos decorados, aunque espléndidos: la calle que reproduce el Londres de la época, obra de Eugène Lourié; trama minimalista; uso de transparencias en un tiempo en que empezaban ya a antojarse anticuadas, etc.), de una pasmosa simplicidad expositiva: ni un solo plano grandilocuente, ninguna floritura narrativa. Un honestísimo ejercicio de clasicismo, visualmente en la raya del mejor cine de Carl Th. Dreyer, conmovedor por la sinceridad y lucidez de su discurso sobre la vejez, sobre la tristeza del payaso y las difusas fronteras que separan las risas de las lágrimas. Hay mucho de expulsión de demonios en Candilejas, una obra que denota la realidad inmediata del autor, que no lo estaba pasando bien: su película anterior, Monsieur Verdoux (1947), no había sido comprendida por el público y ahora, en ese mismo año de 1952 (tras varios de acoso por la caza de brujas), Chaplin emprendía el exilio, primero en Inglaterra, después en Suiza. Aunque suene exagerado, no iba desencaminado André Bazin cuando sostenía que “al lado de Candilejas, todas las demás películas, incluso las que más admiramos, parecen artificiosas y convencionales”.

Al margen de la familia Chaplin (su hijo mayor Charles Chaplin Jr. aparece acreditado como coreógrafo; Sydney Chaplin interpreta al apuesto Neville, y los pequeños Geraldine, Josephine y Michael pueden reconocerse en la primera secuencia de la película, los tres al pie de una escalera), el realizador hizo aparecer en una escena a su musa del cine mudo Edna Purviance, reclutó a una leyenda del slapstick, Harry “Snub” Pollard, para encarnar a uno de los tres músicos callejeros (el que toca la pianola), y a su máximo rival histórico, Buster Keaton, para que compartiera con él un número cómico en el clímax de la película, que es excelente pese a que siempre se ha dicho que Chaplin cortó algunas tomas temiendo que su colega (que en el camerino, maquillándose, espeta con sorna: “Nunca pensé que llegaría a ver esto”) le robara el protagonismo.

Charles Chaplin, como compositor, y Ray Rasch y Larry Russell como arreglistas, ganaron el Oscar a la mejor banda sonora. Pero eso fue en la edición correspondiente a 1972, pues en Los Ángeles, para su vergüenza eterna, hasta esa fecha no se estrenó Candilejas.

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