Un verano con Chaplin (VI): “Monsieur Verdoux”

monsieur verdoux

Poco después de estrenar su resplandeciente y revolucionaria Ciudadano Kane (1941), Orson Welles le comentó a Charles Chaplin la idea de hacer una película sobre el notorio asesino Henri Désiré Landru. Welles quería dirigirla, con el título de The Ladykiller, y que Chaplin la protagonizara. Pero Chaplin, entusiasmado con el proyecto, decidió llevarlo él mismo a buen puerto: en julio de 1941 le compró la idea, por 5.000 dólares, a Welles y entre noviembre de 1942 y mayo de 1946 se dedicó casi ininterrumpidamente a la escritura del guión, que disgustó a la Breen Office, el organismo censor de la Motion Picture Association, por su elevado grado de crítica social, aceptando Chaplin algunos pequeños retoques. Monsieur Verdoux (1947) la filmó en 77 días, ajustándose al plan de rodaje, a un meticuloso story board y sin el margen habitual para las improvisaciones. Se estrenó en Nueva York en abril de 1947 y fue masacrada por la crítica, aunque tuvo algún que otro entusiasta defensor, como el prestigioso James Agee. En Europa, en cambio, sería un succès d’estime.

El fracaso del filme en Estados Unidos es fruto, por un lado, del acoso que padecía Chaplin en los días en que la caza de brujas comenzaba a recrudecerse: es sabido que el FBI le había estado vigilando, y las acusaciones de comunista, adheridas a su piel desde el estreno de Tiempos modernos (1936), no habían hecho otra cosa que arreciar. Por otro lado, la osadía de enterrar definitivamente al bondadoso vagabundo Charlot, del que quedaban todavía rasgos en la silueta del barbero de la precedente El gran dictador (1940) y sustituirlo por un asesino en serie estaba claro que no sería del gusto del público. Y es que Verdoux es un personaje deliberadamente complejo en su dimensión moral. Es un ser refinado, cortés, de buenos modales y extremadamente sensible: en la (sarcástica) escena en que corta amorosamente unas flores de su jardín mientras, al fondo, junto al muro, vemos la negra humareda del crematorio donde está incinerándose el cuerpo de su última esposa asesinada, Verdoux recoge del suelo una oruga a la que ha estado a punto de pisar y la posa suavemente sobre una hoja. Si es un criminal, es porque la sociedad le ha empujado a esa suerte de negocios, como él los llama. Al final, tanto en la escena del juicio como en la de la cárcel, minutos antes de su ejecución (que no veremos, del mismo modo que tampoco hemos visto sus crímenes; de hecho, sólo asistiremos a uno de ellos, pero en pudoroso fuera de campo después de subir unas escaleras en un plano digno de Alfred Hitchcock), Verdoux explica sus razones, argumentadas con el rigor de un filósofo: “Un asesinato te convierte en un villano, millones en un héroe…¡Los números santifican!”, expone.

Monsieur Verdoux, en fin, propone un discurso audaz y lúcido sobre la disolución de fronteras entre lo benigno y lo maligno. Aunque teñida de un sentimiento trágico, amargo, de la vida y de la especie humana, y de un humor glacial, que congela la sangre, la película no deja de ser una comedia (“A comedy of murders”, como reza el rótulo inicial), y como tal brilla en las escenas protagonizadas por Chaplin y una admirable Martha Raye, la única de las esposas a la que este émulo de Barba Azul no logra matar, especialmente memorables la de la pesca en la barca y la de la nueva (y frustrada) boda de Verdoux, a la que Raye se presenta inesperadamente. Quizás adelantada a su tiempo, Monsieur Verdoux es, de todas las suyas, la obra que Chaplin consideraba más notable.

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