Un verano con Chaplin (V): “Tiempos modernos”

tiempos modernos

Con motivo del estreno de Luces de la ciudad (1931), Charles Chaplin hizo una larga gira promocional que le mantuvo fuera de los Estados Unidos durante año y medio. De regreso, encontró un país irreconocible, material y moralmente hundido por la Gran Depresión. No lo dudó: el hambre y la pobreza, el desempleo, las huelgas y la deshumanización a la que conducía el auge imparable del maquinismo serían los temas de su próxima película, cuya preparación y prolijo rodaje (del 11 de octubre de 1934 al 30 de agosto de 1935) le tendrían ocupado varios años. Reacio todavía al cine hablado dos lustros después de su invención, cuando ya todos los astros del firmamento hollywoodiense graznaban a todo volumen, Chaplin volvió a emplear los recursos del cine mudo (uso de intertítulos, filmación a 18 fotogramas por segundo y no a los 24 ya de rigor, etc.) aunque, como en su anterior largometraje, utilizó los efectos sonoros con intencionalidad burlesca: la órdenes del jefe de la fábrica, un gramófono, unos intestinos en fase de digestión pesada o la ininteligible canción que él mismo canta en la escena del café: “Se bella piu satore, je notre so catore, je notre qui cavore, je la qu’, la qui, la qua! Le spinash or le busho, cigaretto toto bello, ce rakish spagoletto, si la tu, la tu, la tua!…”, etc.

El resultado, que recoge influencias de S. M. Eisenstein (La huelga, 1924), Fritz Lang (Metrópolis, 1926), King Vidor (Y el mundo marcha, 1928) y René Clair (¡Viva la libertad!, 1931), es Tiempos modernos (1936), un magistral ejemplar de cine social de primera magnitud expuesto sin el menor aroma de panfleto. Una obra visionaria, avanzada a su tiempo: se permite, por ejemplo, una lectura de la vigilancia del individuo por el poder, a través de las pantallas, doce años antes de que George Orwell publicara Gran Hermano. Contiene varios de los momentos cómicos más sublimes de la obra chapliniana: el enloquecimiento del infeliz héroe a causa de su trabajo en cadena, el test de la máquina de alimentar obreros, los efectos euforizantes de una droga oculta en un salero, la sesión de patinaje sobre el vacío en los grandes almacenes… Su estructura episódica revierte en que no sea una obra maestra, sino muchas obras maestras en una, que, como escribía José Luis Guarner, “parece la yuxtaposición de una sucesión de películas cómicas cortas que podrían titularse Charlot obrero, Charlot en la cárcel, Charlot vigilante nocturno, Charlot camarero, etc.”. Cada una de ellas, por supuesto, y Tiempos modernos en su conjunto, son piedras preciosas del séptimo arte de un resplandor inigualado.

Como de costumbre, Chaplin filmó algunas escenas que luego descartó. Como una, muy divertida, en la que intenta cruzar una tupida calle por un paso de peatones regulado por un semáforo. En otra, ubicada en los grandes almacenes, su antiguo compañero en la fábrica Big Bill, ahora ladrón, hurta unos collares en la sección de joyería; Chaplin la desestimó considerando que daba la idea de que Big Bill robaba para enriquecerse y no para matar la hambruna. También rodó un final que no acabó de satisfacerle, con la chica convertida en monja. La chica era Paulette Goddard, a quien Chaplin había conocido en 1932, y que sería su compañera a lo largo de los diez años posteriores: se casaron en 1936, y Goddard volvió a ser la protagonista femenina de la siguiente película del artista, El gran dictador (1940).

El final que acabó imponiéndose, uno de los más hermosos de la historia del cine, es el de la carretera solitaria por la que avanzan juntos los protagonistas, de espaldas al espectador, hacia un horizonte (un futuro) incierto, después de haberse prometido salir adelante en ese mundo en ruinas y de que Charlie, con un gesto muy expresivo, le pidiera a ella una sonrisa. Esa imagen emotivísima sería también la despedida del hombrecillo del bastón, el bombín y los zapatones: Charlot ya no comparecería más en la pantalla. De hecho, el público le dio la espalda: Tiempos modernos recibió una tibia acogida (¡ni una sola nominación a los Oscar!) y le valió a su creador la acusación de filocomunista, inicio de un injusto calvario que a la larga le llevaría al exilio.

 

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