Un verano con Chaplin (IV): “Luces de la ciudad”

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En 1983, Kevin Brownlow y David Gill incluyeron en su imprescindible Chaplin Unknown una escena descartada de Luces de la ciudad (1931), de unos siete minutos de duración, en la que Charlot intenta hacer caer, con su bastón, un taco de madera atascado en una rejilla de ventilación de una acera, llamando la atención de los transeúntes. Que una escena tan extraordinaria fuera excluida del montaje final da la medida de la escrupulosidad con que Charles Chaplin se planteó la estructura de su película, el endiabladamente perfecto equilibrio, como en El chico (1921), entre momentos cómicos y momentos dramáticos. El filme se abre con dos secuencias cómicas (las autoridades que inauguran una estatua, celebración saboteada por la imprevista aparición del vagabundo, y éste contemplando una figura desnuda en un escaparate, mientras un elevador en la acera está a punto de precipitarlo al subsuelo), a las que siguen otras dos de índole sentimental (su primer encuentro con la muchacha ciega y ésta llegando a la humilde casa de su abuela). La aparición del millonario suicida y borracho propicia otras tantas de comicidad desatada, seguidas de nuevo por otras, concernientes siempre a la cieguita, en las que prevalece la ternura. Y así hasta la imborrable escena final del reencuentro y reconocimiento.

Luces de la ciudad constituyó para Chaplin otro rodaje tantálico: casi tres años (concretamente dos y ocho meses) de esfuerzo ininterrumpido. Cuando comenzó a filmarla, en 1928, el cine sonoro era ya una realidad, aunque un tanto incierto su futuro. Cuando vio la luz, en enero de 1931, en un clima de gran expectativa (Albert Einstein acudió al estreno de Los Ángeles, George Bernard Shaw al de Londres), el público ya lo había aceptado y dado la espalda al cine silente. Sin embargo, Chaplin, aunque la sonorizó y aprovechó los efectos sonoros en algunos pasajes (los parlamentos de las fuerzas vivas en la escena de arranque, el silbato que el protagonista se traga en la fiesta…), continuó detestando el cine hablado entonces y aun en 1936: Tiempos modernos seguiría siendo, de facto, una obra muda. Que el acompañamiento musical ya no procediera de un pianista o una orquesta en la sala, tocando en directo, sino que formara parte de su banda sonora, también le trajo un quebradero de cabeza: el leit motiv melódico que arropa a la joven florista, supuestamente una creación de Chaplin, no es otro que La violetera, de los maestros Padilla y Montesinos, que obviamente pusieron (y ganaron) una demanda por plagio.

Severo en sus ansias de perfeccionismo, Chaplin tardó semanas en rodar la escena del encuentro inicial entre el vagabundo y la cieguita (más de 300 tomas), pero el resultado es inmejorable: la chica confunde a Charlot con un millonario a causa del ruido de la puerta de un coche que no oímos pero que un raudo movimiento de cámara nos hace oír. La escena, milimetrada en su planificación, conjuga magistralmente el melodrama (Charlot recoge una flor del suelo y descubre, al verla a ella intentando todavía recogerla, que es ciega) con una pizca de comedia (creyendo que el hombre ha partido con el coche, cuando en realidad está sentado a su lado, contemplándola, la muchacha vacía un tiesto de agua arrojándolo sobre su rostro). Más complicada todavía resultó la elaboración de la culminante secuencia final. Insatisfecho con el resultado, Chaplin despidió a la actriz, Virginia Cherrill (que en 1933 se convertiría en la primera esposa de Cary Grant), y la sustituyó por Georgia Hall, la protagonista de La quimera del oro (1925), pero el proceso de filmación estaba ya demasiado avanzado y tuvo que recurrir de nuevo a Cherrill (sí había sustituido, en cambio, al actor Henry Clive, en el rol del millonario, por Harry Myers). Viendo ese momento de inmaculado, emocionantísimo cine puro (el primer plano de Cherrill diciendo “Ya puedo ver ahora”, y el contraplano de Chaplin, con los ojos húmedos, un rictus de timidez y un aura de felicidad), el enfermizo perfeccionismo del autor se justifica con todas las de la ley.

 

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