Un verano con Chaplin (II): “El chico”

El chico

El chico (1921) nace como proyecto y se desarrolla en una época en que Charles Chaplin atraviesa una fuerte crisis creativa y personal. El ritmo de trabajo a todas luces inhumano que llevaba, sin interrupción, desde 1914 había cortado las alas de su inspiración. Venturosamente, una noche acudió a una función en la que al final aparecía un niño de cuatro años con un don especial. Era Jackie Coogan, hijo de Jack Coogan, estrella del show. Esa revelación regeneró sus pilas: contrató ipso facto al pequeño e ideó una historia en la que él sería su padre adoptivo; de paso, esa trama le teletransportó a su infancia en Londres: Coogan Jr. sería, de hecho, Charlot niño. El chico tenía que ser otro más de los cortos de dos rollos que había de entregar puntualmente a First National, entonces su compañía distribuidora, pero ahí empezó el problema: su implicación en el proyecto vio nacer esa obsesión perfeccionista que pronto ya no le abandonaría. Y El chico, con la aprobación no exenta de preocupación de la First National, se convirtió en un largometraje de seis rollos, cuyo rodaje duró más de un año: de julio de 1919 a agosto de 1920. Durante la filmación, Chaplin hizo una pausa de quince días para rodar un corto a estrenar de inmediato que contentara a First National, Un día de placer (1919), coprotagonizado por Jackie Coogan.

Otras cosas sucedieron durante el rodaje. Como la fundación de United Artists por Chaplin, David W. Griffith, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, póquer de ases. O la preocupante inclinación por la bebida de su actriz fetiche, Edna Purviance, a quien el cineasta estuvo a punto de sustituir. Su matrimonio con Mildred Harris, por otro lado, hacía aguas, y el proceso de divorcio vino acompañado de una amenaza de la esposa de incautarle el negativo de El chico, motivo por el cual Chaplin montó la película, en secreto, refugiado en un hotel de Salt Lake City. Incorregible en asunto de faldas, a poder ser jovencitas sus portadoras, Chaplin se encaprichó de una niña de doce años, Lita Grey, que interpreta el papel del ángel tentador en la secuencia del sueño, y con quien se casaría en 1924.

Tantas calamidades no impidieron el merecidísimo éxito de El chico, el primer largometraje de un genio del cine que puso en él toda su sabiduría artística, logrando un relato de tintes dickensianos que satisfacía los bajos instintos del público al mezclar el mejor slapstick con la alta temperatura del melodrama lacrimógeno. Los detractores de Chaplin empezarían ahí a castigar al cineasta por su desacarado sentimentalismo. Pero hay algo que les quita la razón de cuajo: es imposible no ver en cada segundo de la película (la mecionada secuencia onírica sería la única, por decirlo así, discutible, quizás sobrante) el más cristalino ejemplo de lo que es la perfección. O la excelencia. En el llanto (el conmovedor abrazo de padre e hijo en la camioneta, un plano frontal que inunda de emoción las plateas) y en las risas: las roturas de cristal y correrías callejeras, las escenas domésticas en el humilde pisito (una de ellas, la del desayuno, algo así como un minuto de proyección, le llevó a Chaplin dos semanas de rodaje) o la muy sutil del refugio de mendigos donde el ladronzuelo que se hace el dormido (por cierto, Jack Coogan, el padre de Jackie) intenta robar los bolsillos vacíos de Chaplin y logra encontrar un centavo, del que nuestro héroe no tenía conocimiento; la reacción de Charlot es inmediata: volver a meter la mano del chorizo en sus bolsillos a ver si encuentra algo más.

 

 

 

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