Un verano con Chaplin (I): “Charlot en la Calle de la Paz”

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En 1917, cuando realizó y protagonizó Charlot en la Calle de la Paz, Charles Chaplin llevaba poco más de tres años haciendo cine, pero era ya patrimonio de la comedia gracias al personaje de Charlot, el eterno vagabundo, al que había dado vida hasta esa fecha en casi sesenta cortometrajes. Y es que el ritmo de producción en aquellos tiempos era supersónico. Sólo en 1914, el año de su debut, Chaplin había aparecido en 35 películas de la Keystone, destacando de inmediato entre los distinguidos cómicos que en esa etapa le acompañaron: Roscoe “Fatty” Arbuckle, Mabel Normand, Chester Conklin, Charles Chase, Al St. John, Edgar Kennedy, Mack Swain… Al año siguiente entró en la Essanay, donde hasta mediados de 1916 dirigió e interpretó 14 títulos, ahora con nuevos colegas: Ben Turpin, Billy Armstrong, Charles Insley, Fred Goodwins… y la proverbial  Edna Purviance, una de sus actrices predilectas, que le acompañaría hasta 1923 y aún aparecería como extra en dos de los largometrajes sonoros del autor, Monsieur Verdoux (1947) y Candilejas (1952).

Finalizado su contrato con la Essanay, Chaplin realizó una docena de cortos en la Mutual, algunos de los más famosos de su carrera: Charlot noctámbulo (1916), Charlot prestamista (1916), Charlot en la Calle de la Paz, Charlot en el balneario (1917), Charlot emigrante (1917), El aventurero (1917), etc. En esta etapa destaca la presencia, como antagonista de Charlot, del inefable Eric Campbell, actor grandullón con aspecto de ogro enfurecido, de pronunciadas cejas apuntando como flechas hacia el cielo. El macrofestival de patadas que Chaplin y Campbell se llegaron a propinar en estos cortos no tiene parangón en la historia del slapstick. La escena de Charlot en la Calle de la Paz en la que el Chaplin policía, tras golpear insistentemente la cabezota de Campbell con la porra sin que éste se inmute, logra reducirlo con el gas de la farola que el propio matón ha doblado con su exhibición de fuerza (el clásico combate entre David y Goliat, tan recurrente en el cine cómico silente), es uno de los momentos imborrables de la obra chapliniana. Que, por cierto, le costó una hospitalización a Chaplin, pues durante el rodaje se golpeó accidentalmente la cabeza con esa farola.

Revisar una y otra vez la obra de Chaplin es una necesidad que el amante del cine se autoimpone sin esfuerzo alguno. Como decía André Bazin, “es significativo que los mejores filmes de Chaplin puedan ser revisados indefinidamente sin que disminuya el placer de verlos; al contrario, sucede sin duda que la satisfacción causada por algunos gags es hasta tal punto profunda que resulta inagotable, pero sobre todo que la forma cómica y el valor estético nada deben al factor sorpresa. Éste, agotado en la primera visión, cede el sitio a un placer mucho más delicado que consiste en la espera y el reconocimiento de una perfección”.

Con motivo de los cien años de la primera aparición de Chaplin en la pantalla, vamos a dedicar estas semanas veraniegas al gran cineasta. Seguirán a este texto otros seis concernientes, por orden cronológico, a El chico (1921), La quimera del oro (1925), Luces de la ciudad (1931), Tiempos modernos (1936), Monsieur Verdoux (1947) y Candilejas (1952).

 

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