¿Quién quiere monos?

El amanecer del planeta de los simios

Las grandes sagas llevan en sus moléculas el elixir de la inmortalidad. Pueden padecer periódicos constipados y hasta agonizar en un momento dado, pero están llamadas a renacer fenixianamente de sus cenizas. Hoy mismo vivimos una de las etapas más felices del largo ciclo de películas de James Bond, únicamente comparable a la inicial en los años sesenta. Star Trek ha reverdecido en los últimos años con un vigor y capacidad de arrastre como ningún trekkie hubiera podido soñar, y cabe suponer que el hacedor de tal milagro, J. J. Abrams, igualmente insuflará savia nueva a la esperadísima nueva trilogía de Star Wars. Y esta semana, de la mano de Matt Reeves, que estrena El amanecer del planeta de los simios, la continuación de El origen del planeta de los simios (esto es: la secuela de una precuela), confirmamos que la saga simiesca, tan magníficamente relanzada en el título de Rupert Wyatt, atraviesa un envidiable estado de salud.

John Gregory Dunne lo contaba en El estudio: durante el rodaje de El planeta de los simios (1968), el productor Arthur P. Jacobs recordaba los tres años largos que le costó levantar el proyecto y cómo, hasta llegar a la Fox, que lo aprobó no sin reticencias, todos los estudios lo rechazaban: “¿Quién quiere monos?”, decían sistemáticamente los prebostes de las majors (Jacobs también cortejó a Samuel Bronston, que de haber dicho sí habría rodado la película en España, casi seguro que con Fernando Sancho y José María Caffarel disfrazados de chimpancés). Pues al parecer mucha gente quería y sigue queriendo monos. Por su originalidad en el campo de la ciencia-ficción (que habría que repartir equitativamente entre Pierre Boulle, autor de la novela original, y los insignes guionistas Rod Serling y Michael Wilson) y sin duda por el tirón comercial que por aquellas fechas tenía Charlton Heston, El planeta de los simios fue un éxito de campanillas. Su final sorpresa se nos clavó en la memoria como la espada Excalibur en la roca. Al año siguiente llegó la primera secuela, y otras tres en los primeros años setenta, además de un par de series de televisión (una con personajes de carne y hueso, otra de animación) y, ya en el despuntar del nuevo siglo (2001), el remake firmado por Tim Burton, tan brillante como irregular. Algo más de diez años, pues, han dormido los simios plácidamente, pero aquí están de nuevo, bien despiertos, llamados a inocular fascinación en las nuevas generaciones de cinéfilos. Quedan, sin embargo, en la semioscuridad, muy olvidadas, las secuelas del original, de interés desigual pero en líneas generales reivindicables. Echemos un vistazo.

En Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1969), James Franciscus interpretaba a un astronauta que seguía los pasos del encarnado por Charlton Heston en el título precedente, llegaba como él al año 3955 y vivía una peripecia no tanto con los simios, sino con una raza o secta de mutantes humanos oculta en (las ruinas de) los pasillos, andenes y túneles del metro neoyorquino. Se diría que los guionistas (Paul Dehn y Mort Abrahams) concibieron el argumento después de una sobredosis de ácido, tal es su delirio e insensatez. Alucinógeno similar se tomarían Ted Post y el cámara, a tenor del superávit de zooms. Heston aceptó comparecer en el filme como favor personal a Richard Zanuck, a la sazón presidente de la Fox. Al final, una bomba atómica hacía puré nuestro planeta (y el de los monos).

Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) es la entrega más fresca y salada de la saga. Resulta que los epónimos Kim Hunter y Roddy McDowall, en compañía de otro doctor chimpancé, accedieron a la nave de Heston antes de la hecatombe y retrocedieron en el tiempo, plantándose en los años setenta. La primera parte es una divertida comedia que juega con el contraste entre humanos y simios parlantes, diserta con alegre filosofía de salón sobre la evolución de las especies y especula sobre las paradojas temporales. La aventura postula luego el mal inherente al género humano frente al pacifismo a ultranza de la pareja de chimpancés, abatida a tiros no sin antes dar a luz un bebé que garantiza continuidad a la serie. Eficaz dirección de Don Taylor, un antiguo y discreto actor (en los cincuenta fue el novio-marido de Liz Taylor en El padre de la novia y El padre es abuelo) que realizó otras estimables cintas de raíz fantástica: La isla del Dr. Moreau (1977), La maldición de Damien (1978) y El final de la cuenta atrás (1980).

La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) sitúa su acción veinte años después de la obra anterior, en el futuro 1991. El hijo de Roddy McDowall y Kim Hunter (que interpreta igualmente McDowall) ha crecido en el circo donde fue adoptado. Su cuidador (Ricardo Montalbán) ha ocultado celosamente la inteligencia del animal, así como su capacidad de hablar. El chimpancé se llama César, como el protagonista de El origen del planeta de los simios y El amanecer del planeta de los simios, y no casualmente, porque esta película y las de Wyatt y Reeves inciden en otorgar a ese personaje el liderazgo que, poco a poco, llevará a los cuadrúmanos a dominar el planeta y esclavizar a los humanos. La desobediencia y la revolución en un mundo descrito como totalitario y policial convierten a esta entrega en la más abiertamente política de todo el ciclo. Y en un alegato antirracista: intencionadamente, será un hombre de raza negra (el secretario del malvado gobernador) quien comprenda y ayude al acorralado César a emprender su cruzada contra nuestra especie.

Battle for the Planet of the Apes (J. Lee Thompson, 1973), rebautizada en televisión y DVD como La conquista del planeta de los simios (es la única que no llegó a estrenarse en nuestros cines), exprime un limón ya muy gastado en anteriores frituras. El lema que ahora esgrime El amanecer del planeta de los simios (“Ape shall never kill ape”) ya se podía leer hace cuarenta años en esta película. La trama es también parecida a la de la obra de Matt Reeves: la ciudad de los simios por un lado, la de los humanos supervivientes por otro, y el enfrentamiento provocado por los más extremistas de ambos frentes, con César debatiéndose entre el bien y el mal. Sin ser particularmente creativa, es una película de evasión muy aceptable. En el reparto, maquillados de simios, gente tan diversa como John Huston, Claude Akins, el veterano Lew Ayres o Paul Williams. Y, en un breve papel secundario, John Landis, justo el año en que debutaba como director con, precisamente, El monstruo de las bananas, una de simios de muy distinto signo.

 

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