El grupo salvaje de Cantet

FOXFIRE

Jean Renoir muy probablemente habría dado su bendición a Recursos humanos (1999), el magnífico largometraje de Laurent Cantet, que, como las obras maestras del patrón del cine francés, aúna verdad humana y claridad expositiva. Recursos humanos nos lleva al cine social más radical sin destilar en ningún momento perfume panfletario ni edificante. Hay en el filme obreros y una fábrica, incidentes laborales, reuniones de sindicatos y relaciones familiares algo tensas a raíz de ese desfase que obliga al padre a vestir mono (desde tiempos inmemoriales) y al hijo traje y corbata y a departir con el director de la empresa. Salvo el del joven protagonista, todos los personajes están encarnados por actores no profesionales, la mayoría desempeñando en la vida real el mismo rol que en la ficticia. El punto de vista de Cantet es honrado y civilizado. Estamos ante un cine de la ecuanimidad también muy renoiriano, que echa mano del famoso lema “todos tienen sus razones” para configurar su mapa humano. Pocas veces hemos visto, en las películas que desarrollan una trama paternofilial, un plano tan emotivo como el del hijo mirando a su padre trabajar en la fábrica (poner piezas, una a una, a razón de 700 por hora y a lo largo de más de treinta años); una mirada en la que se confunden el reconocimiento y la compasión, mientras en las espaldas ya encorvadas del progenitor se puede leer una vida gris monopolizada por la abnegación.

El motivo laboral centra también la siguiente película de Cantet, El empleo del tiempo (2001), asfixiante colección de tiempos muertos inspirada en el caso verídico conocido como affaire Romand (la historia del tipo que se inventó una doble vida ante su familia, a la que acabó matando, aunque el cineasta y su habitual coguionista Robin Campillo omiten este desenlance), y, a su modo, también la posterior, Hacia el sur (2005), ambientada en Haití en los años setenta, que versa sobre el turismo sexual entre aguas tan cristalinas que parecen fabricadas en Murano, y aun La clase (2008), protagonizada por un maestro, François Bégaudeau, a quien seguimos en sus tareas docentes y graves conflictos con sus indisciplinados alumnos a lo largo de todo un curso. En esta última película, Cantet dio un contundente giro estético: si en sus tres títulos anteriores prevalecía una caligrafía reposada, una planificación de índole clásico, en La clase la cámara (o cámaras) se torna más nerviosa y suelta y espontánea, proponiendo un trazo más directo, persiguiendo la inmediatez del documental.

Más llamativo es el cambio de tercio de su última película, Foxfire (2012), adaptación de una novela de Joyce Carol Oates que esta semana aterriza en nuestros cines y de la que ya vimos una versión en 1996, con el título de Jóvenes incomprendidas. Cantet viaja a los Estados Unidos, a la década de los años cincuenta, para dar cuenta de las andanzas de un grupo de chicas adolescentes que se rebelan contra la sociedad y forman una suerte de secta que se enfrenta a todo orden constituido en un crescendo delictivo cada vez más peligroso. Doris Day reina en las pantallas, pero ellas prefieren alinearse en la órbita de la Peggy Cummins de El demonio de las armas (1949). La película aborda muchas cuestiones sobre el sueño americano, obviamente no para cantar sus excelencias, y aspira también al fresco histórico, pero esta vez Cantet se queda a medio camino de sus propósitos, lo que no impide que constatemos dos cosas: 1) que el personaje de Legs, la líder del grupo salvaje, óptimamente interpretada por la debutante Raven Adamson (superior a Angelina Jolie, que asumió ese papel en Jóvenes incomprendidas), es fascinante en su complejidad: revolucionaria atraída por los movimientos más extremos de la izquierda, es una de esas criaturas que siempre avanzan hacia adelante, movida por el impulso antes que por la razón, cayendo una y mil veces y levantándose otras tantas hasta un destino incierto que las páginas de un diario revelan al final, y 2) que pese a sus defectos, a su falta de fuerza e ímpetu lírico (el que por esas calendas recreadas le habría dado un Nicholas Ray), Foxfire sigue acreditando a Cantet como autor atento a los conflictos humanos, de mirada adulta y sensible y mucho más honesta que la de la gran mayoría de sus colegas hoy en activo.

 

 

Anuncios