“Los apuros de un pequeño tren” (“The Titfield Thunderbolt”, 1952), de Charles Crichton

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En Posesión (2002), de Neil LaBute, hay una imagen bellísima: el coche de hoy que pasa por debajo de un puente en el momento en que por éste circula un precioso tren de vapor de ayer. Un único plano une los dos tiempos distintos (los dos siglos distintos) que articulan alternativamente el argumento de la película. El atrevimiento del plano inaugural de Los apuros de un pequeño tren es todavía mayor, pues también en una única toma, también con un puente en su centro, Charles Crichton sabe hacernos ver, palpar, presente y pasado, sólo que inscritos en un mismo tiempo histórico. Por la parte superior del puente pasa un tren de vapor moderno; la cámara desciende levemente para mostrar que por debajo transita otro tren de vapor, mucho más antiguo, pequeño, de vía estrecha. En exactamente cinco segundos, tenemos expuesto el tema de la película: el diálogo entre lo viejo y lo nuevo.

Los apuros de un pequeño tren es una de las deliciosas comedias fabricadas por los británicos Estudios Ealing que comandó el insigne productor Michael Balcon (años antes el descubridor de Alfred Hitchcock, nada menos) y funcionaron entre finales de los años 30 y finales de los 50. Comedias de una ironía inmaculada y un pintoresquismo entrañable, humildes, ubicadas en mundos muy cerrados habitados por gente orgullosa y testaruda. En un artículo publicado en la revista Casablanca, José María Carreño exponía los ingredientes básicos de la gran cocina Ealing: “Fidelidad descriptiva y costumbrista, realismo documental al reflejar la vida cotidiana, una trama cuyo arranque sea un hecho insólito, ilógico e inverosímil y cuyo desarrollo sea absolutamente natural, lógico y verosímil, y personajes fácilmente reconocibles tocados de un cierto ramalazo excéntrico”. Todos estos elementos se dan cita en El hombre del traje blanco (1951), La bella Maggie (1954) y El quinteto de la muerte (1955), la tres de Alexander Mackendrick; en Ocho sentencias de muerte (1949), de Robert Hamer y, entre otras joyas, en Passport to Pimlico (1949), de Henry Cornelius, donde el hallazgo de un viejo documento oficial revela que el popular barrio londinense es independiente de Inglaterra (la película que alguien con sentido del humor debería regalarle a Rajoy en el día de su cumpleaños).

Escrita por T. E. B. Clarke (la nómina de guionistas de Ealing es igualmente pródiga en orfebres) y fotografiada en hermoso Technicolor (la primera comedia Ealing en color) por Douglas Slocombe treinta años antes de ayudar visualmente a Spielberg a encontrar el arca perdida, Los apuros de un pequeño tren glosa la épica resistencia de una pequeña comunidad, Titfield, al cierre de su modesta línea ferroviaria (la más longeva del mundo), amenazada con ser sustituida por una compañía de autobuses. El apego a las tradiciones, a conservar aquello que es no ya útil todavía sino sentimentalmente intransferible, unido a un intuitivo y muy comprensible recelo al progreso, conforman la esencia de ésta y otras muchas comedias Ealing. Huelga decir que el trenecito de marras es más bien refractario a cumplir sus horarios; vamos, pintiparado a los que tan exquisitamente filmó John Ford en El hombre tranquilo (1952) y The Rising of the Moon (1957). El caso es que los habitantes de Titfield se unen para privatizar la línea, la única manera de mantenerla en activo, cosa que consiguen gracias a un inversor amigo del whisky, a quien prometen un vagón-bar permanentemente abierto. Su empecinamiento no admite marcha atrás: cuando la locomotora se precipita por un barranco, fruto del sabotaje perpetrado por la compañía de autobuses, y queda inservible, ni cortos ni perezosos deciden sacar del museo la más antigua de todas, la Thunderbolt, y ponerla de nuevo en funcionamiento: Titfield es Fuenteovejuna. Como en todas las comedias Ealing, los personajes conciben la vida a su libre albedrío, sin corsés: el fogonero de la locomotora, amante de la caza, no duda un instante, cuando ve un faisán, en parar el tren, bajar de la máquina escopeta en ristre y no volver a subir si no es con su presa.

Algunos años después del film de Crichton, entre 1963 y 1969, una serie de televisión estadounidense recogía su herencia: Petticoat Junction, que en nuestra blanquinegra caja tonta vimos como El expreso de Petticoat. Un pueblo rural, un pequeño hotel y el antiquísimo tren local eran las bases que sostuvieron sus 148 episodios, de 25 minutos cada uno. El primero arrancaba con un panegírico de los ultramodernos y aerodinámicos trenes de entonces, de tracción Diesel. En una escena divertidísima, asistíamos a una reunión de altos ejecutivos de la compañía, cuyo presidente enseñaba casi babeando un mapa de Estados Unidos con todas sus líneas de ferrocarriles marcadas con líneas gruesas; de repente, un cabello enganchado en el panel le molestaba e intentaba quitarlo con las manos, hasta descubrir que no, no era un cabello, sino una corta, vieja línea de tren todavía en funcionamiento, presidida por una locomotora como la que simbólicamente cabalgaba Richard Widmark en La conquista del Oeste (1962). El conflicto estaba planteado desde ese momento: acabar con esa máquina jurásica unos (los malos), conservarla los otros (los héroes cotidianos).

La lección que hoy nos obsequian Los apuros de un pequeño tren y El expreso de Petticoat es sencilla: menos alta velocidad en estos tiempos de agitación descabellada y más sosiego para poder contemplar (y asimilar) el paisaje sin prisas ni agobios. Lo que no resulta tan sencillo, claro está, es ponerla en práctica.

P.D.: Exactamente eso, contemplar sosegadamente el paisaje fílmico a lo largo de su historia (de Winsor McCay a Bong Joon-ho, por poner dos ejemplos al azar), de quienes la han escrito y la siguen escribiendo (con letra pequeña o grande, da igual: la pasión no comulga con jerarquías) y de todo aquello que circula a su alrededor es el propósito del blog que aquí inauguramos.

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